Lian es un omega recesivo con un aroma tan tenue que casi nadie lo nota. Y así lo prefiere. En el Conglomerado Valerius es el mejor analista del área de ventas y, al mismo tiempo, el padre soltero de dos gemelos de seis años con cabello blanco como la nieve y ojos de un gris imposible de olvidar.
Hace siete años, una noche de tormenta y un alfa dominante sin rostro lo cambiaron todo. Por la mañana, Lian despertó solo. Desde entonces ha guardado ese secreto con uñas y dientes.
Hasta que llega Dominic Valerius, el heredero del imperio: frío, implacable, de ojos de tormenta y un aroma a tierra mojada que Lian conoce demasiado bien.
Dominic sospecha de él. Lian le huye. Pero hay olores que el cuerpo no olvida, y una noche de lluvia, en la habitación 408 de un hotel, ya no habrá modo de seguir fingiendo.
Cuando la verdad salga a la luz, también saldrán a la luz los enemigos que esperan en la sombra de la familia Valerius. Porque proteger a los hijos de un alfa poderoso tiene un precio... y no todos están dispuestos a que esa familia siga unida.
¿Podrá un omega que lo perdió todo defender la familia que nunca se atrevió a soñar?
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Capítulo 17
La luz suave del sábado iluminaba la sala del departamento mientras Lian terminaba de cerrar la última maleta. La decisión de mudarse a la residencia de Dominic había nacido casi por completo del entusiasmo desbordante de los gemelos. Yuri y Ren, felices con la idea de tener más espacio y, sobre todo, la presencia constante de su papá, no veían la hora de explorar la casa nueva.
Sin embargo, antes de cruzar la puerta, Lian sujetó a Dominic por la muñeca y clavó sus ojos verdes en la mirada tormentosa del alfa.
—Dominic... necesito que me prometas algo —pidió Lian, con voz suave pero cargada de una firmeza absoluta—. En la oficina nadie puede saber de los niños. Ni de nosotros.
Dominic frunció el ceño, a punto de protestar, pero Lian siguió antes de que pudiera hablar.
—Si descubren que son tus hijos, su vida se volverá un espectáculo. Van a decir que usé a los niños para subir en la empresa, que los usé para conseguir estabilidad. Pasé años construyendo mi carrera con mi propio esfuerzo y protegiendo a mis hijos de las miradas malintencionadas. Por favor, mantén todo en secreto en el trabajo por ahora.
Dominic observó el rostro delicado del omega. Odiaba la idea de esconder a su familia, pero respetó el trauma y la dignidad de Lian.
—Si eso es lo que te hace sentir seguro, lo haremos a tu manera —cedió Dominic, y selló la promesa con un beso tranquilo en la frente de Lian—. Pero que quede claro que es solo temporal.
Ese mismo día, el departamento de Dominic —un penthouse espacioso y moderno que antes parecía frío y sin vida— cobró un alma nueva. El aroma de limón fresco se mezcló de forma definitiva con la tierra mojada. Las risas de Yuri y Ren resonaban por los pasillos mientras se disputaban el mejor cuarto, y llenaban la casa de una energía cálida que Dominic nunca había conocido.
El lunes, la realidad corporativa del Conglomerado Valerius volvió a imponerse.
En las primeras horas de la jornada, Dominic recibió una convocatoria directa a la sala de juntas de la dirección ejecutiva. Quien lo esperaba no era el consejo de accionistas, sino su hermano mayor, Carlos Valerius.
Carlos era un alfa dominante, pero su presencia era claramente distinta a la de Dominic. Mientras Dominic emanaba una autoridad serena, precisa e inquebrantable, Carlos cargaba con un aura pesada, arrogante e impaciente. Le faltaban el talento analítico y la visión estratégica de su hermano menor, carencias que intentaba compensar con malas alianzas, intimidación y juegos de poder tras bambalinas.
—Me alegra que hayas encontrado un hueco en tu valiosa agenda de ventas para hablar conmigo, hermano —se burló Carlos, sirviéndose un vaso de whisky a pesar de que apenas comenzaba la mañana.
—Sé directo, Carlos. Tengo informes que revisar —respondió Dominic, con la postura impecable y la voz fría, mientras se sentaba a la mesa.
Carlos le dio un trago a la bebida, con los ojos oscuros clavados en Dominic y una envidia mal disimulada.
—Papá está empeorando. Los médicos dijeron este fin de semana que su cuadro degenerativo avanzó. Ya no estará en condiciones de dirigir el consejo por mucho más tiempo.
La mirada de Dominic siguió neutra, aunque una fracción de tensión le recorrió los hombros.
—La salud de papá es la prioridad. Las decisiones de la empresa deben seguir ajustándose a los estatutos hasta que se recupere o decida retirarse oficialmente.
—¡No seas ingenuo! —Carlos golpeó el vaso contra la mesa de madera y alzó la voz—. El consejo va a exigir un sucesor definitivo antes del próximo trimestre. La redistribución de las acciones ordinarias empieza el mes que viene. ¡Yo soy el hijo mayor, ese puesto debería ser mío por derecho! Pero el viejo se empeña en ver en ti al niño prodigio de la familia.
Dominic se recostó en la silla y miró a su hermano sin inmutarse por el tono agresivo.
—Ni los accionistas ni papá se fijan en la edad, Carlos. Se fijan en los números, en los márgenes de ganancia y en la estabilidad. Si quieres el liderazgo de la matriz, presenta mejores resultados en la división de logística en vez de quejarte por la sucesión.
Carlos apretó los dientes, y sus feromonas de alfa oscilaron en una nota ácida e irritada. Sabía que no podía competir con Dominic en capacidad técnica ni en rendimiento. Sus intentos anteriores de impulsar la empresa habían terminado en pérdidas financieras que solo se habían encubierto gracias a la intervención de su padre.
—Crees que eres el único inteligente aquí, ¿verdad? —Carlos sonrió con malicia, inclinándose sobre la mesa—. Cuidado, Dominic. En el mundo de los negocios no se gana solo con hojas de cálculo perfectas. Un pequeño escándalo, una falla en tu equipo impecable... y los accionistas cambian de opinión en un abrir y cerrar de ojos.
Dominic se levantó de la silla, y su figura imponente proyectó una sombra fría sobre Carlos. La fragancia de tierra mojada a su alrededor se espesó e impuso una presión aplastante en la sala.
—Si eso es una amenaza, hermano, te sugiero que lo pienses dos veces. Cualquier maniobra contra la estabilidad de la empresa se tratará con tolerancia cero.
Sin esperar tregua alguna, Dominic dio media vuelta y salió de la sala de conferencias.
Al otro lado de la mesa, Carlos siguió con una mirada venenosa la salida de su hermano menor. Sabía que, para derribar a Dominic, necesitaría encontrar una grieta, cualquier punto débil en la vida impecable de su hermano. Y Carlos era la clase de hombre que no dudaría en recurrir a los métodos más sucios para descubrir dónde debía hundirse la hoja.