Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 19: Las Cartas del Norte y la Melancolía de Lyra
Transcurrieron seis largos y tortuosos meses.
En el reino de Arendor, la prosperidad y la paz eran absolutas. La Reina Aria y el Príncipe Consorte Erik gobernaban con una sabiduría impecable, y el amor entre ellos se fortalecía con cada día que pasaba. La magia de Aria era ahora una fuente de orgullo y estabilidad para el pueblo.
Sin embargo, en el ala privada de la Princesa Lyra, el tiempo había dejado de medirse por días o semanas; se medía por la llegada de los halcones mensajeros del norte.
Puntualmente, cada seis o siete días, una majestuosa ave rapaz del norte aterrizaba en el balcón de Lyra, trayendo consigo un pequeño tubo de cuero sellado con la cera azul del Rey Lian.
Cada carta era una obra de arte y una fuente inagotable de motivación. En sus primeras semanas, el intercambio epistolar se convirtió en el motor de ambos: Lian encontraba en las respuestas de Lyra la fuerza necesaria para enfrentar las largas sesiones del consejo en Vaeloria, y Lyra leía los relatos del rey con una sonrisa dibujada en el rostro. Lian le escribía sobre sus victorias políticas, sus bocetos de esculturas y sobre el amor inmutable que le profesaba:
«Mi dulce y rebelde Lyra: Hoy la primera nieve del otoño ha caído sobre el balcón del palacio. Los ancianos del consejo me hablan de tratados y matrimonios convenientes, pero yo cierro los ojos y solo puedo oler el perfume de las rosas de tu jardín. Tu última carta me dio el valor para rechazar otra propuesta del senescal. Te amo con un amor que destruye la distancia, pero esta soledad se vuelve insoportable...»
Sin embargo, a medida que los meses avanzaban, la dinámica cambió drásticamente. Aunque cada pergamino traía una dosis instantánea de ilusión, la nostalgia y la añoranza crecían a una velocidad mucho más voraz que el amor que se profesaban a la distancia. La alegría momentánea de leer una carta se evaporaba en cuestión de horas, dejando tras de sí un vacío cada vez más profundo.
Poco a poco, la chispeante, risueña e indomable Princesa Lyra comenzó a apagarse.
La joven que antes corría por los pasillos llenando el castillo con sus risas sonoras se transformó en una sombra melancólica. Dejó de asistir a las fiestas de la corte, rechazaba las invitaciones a los paseos a caballo y perdió casi por completo el apetito. Sus ojos avellana, habitualmente llenos de fuego y curiosidad, perdieron su brillo característico para volverse apagados, tristes y lejanos. Pasaba días enteros encerrada en sus aposentos, apoyada contra el alféizar de la ventana, contemplando el mar del norte con una de las cartas de Lian apretada contra las manos.
Aria observaba la transformación de su hermana menor con el corazón destrozado por la impotencia. La reina intentó de todas las formas imaginables reanimar su espíritu: preparaba sus postres favoritos del mercado, organizaba banquetes íntimos e incluso le pedía a Erik que conversara con ella para distraerla. Pero nada daba resultado. Lyra esbozaba sonrisas débiles e impostadas solo para no preocuparla, pero la tristeza en su mirada era un abismo impenetrable.
Lo que más martirizaba a Aria era el desconocimiento total de la causa. Lyra jamás le había contado sobre la propuesta de matrimonio de Lian ni sobre su rechazo por culpabilidad, manteniendo ese peso en secreto. Aria sufría al ver cómo la luz de su hermana se extinguía día a día, sin entender qué mal invisible o qué pena oculta le estaba arrebatando la vida.