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UNA VUELTA PROHIBIDA

UNA VUELTA PROHIBIDA

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:559
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

En el mundo de la Fórmula 1 no existen los amigos, solo rivales. Gael Rainer es la promesa de Mercedes: frío, calculador, imparable. Mara Varela es el orgullo de Ferrari: brillante, valiente y dueña de cada secreto de su equipo.

Se encontraron en una noche donde no existían los colores ni las reglas. Una noche de pasión que lo cambió todo. Pero cuando amaneció y se reveló la verdad, comprendieron que su amor es una traición para todos: para sus equipos, para sus familias, para el mundo entero.

Entre la velocidad de la pista y el silencio de los escondites, deberán elegir: ¿obedecer las leyes que los separan o arriesgarlo todo por una vuelta que nunca debió existir?

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 1 LA ELECCIÓN Y EL INICIO

El silencio en el pasillo del paddock pesaba más que el ruido de mil motores juntos. El sol caía con fuerza sobre el asfalto, reflejándose en las carpas y los monoplazas, pero aquí, entre las paredes grises y el aire cargado de tensión, todo parecía helado. Me sostuve la mirada con él, sintiendo cómo las lágrimas me quemaban los ojos sin atreverme a caer, como si soltarlas fuera admitir que ya lo habíamos perdido todo.

—Elige —repitió Gael, su voz baja, firme, sin un solo titubeo. Sus dedos apretaban con fuerza la correa de su bolso, los nudillos blancos—. ¿Yo o tu trabajo?

Me quedé helada, las manos temblando a los costados, la respiración entrecortada.

—¿Me vas a hacer elegir? —susurré con la voz rota, apenas un hilo de sonido—. ¿Después de todo lo que hemos pasado? ¿Me pones contra la pared como si fuera una traición, como si no importara nada de lo que sentimos?

Él no apartó la mirada, aunque vi cómo se le apretaba la mandíbula, cómo una sombra de dolor cruzó sus ojos oscuros. No dio un paso adelante, no suavizó el tono, no me abrazó para calmarme. Esa dureza era parte de él, la misma que lo hacía imparable en la pista, y ahora me golpeaba de lleno.

—Es la única forma —dijo secamente, tragando saliva como si le costara decirlo—. Si te quedas conmigo, te quedas sin equipo. Si te quedas con ellos… te pierdo a ti. Elije Mara yo o el trabajo.

Me di la vuelta despacio, miré hacia el brillo del asfalto donde unos mecánicos pasaban arrastrando neumáticos, indiferentes a nuestra catástrofe. Y por un segundo todo lo que habíamos construido pareció desvanecerse como humo entre los motores.

¿Quieren saber cómo llegamos hasta aquí? ¿Cómo dos personas destinadas a ser rivales, a vivir en bandos opuestos, terminaron atadas de esta forma? Todo esto pasó mucho tiempo antes, mucho antes de que los colores de los equipos nos dividieran la vida…

 

—¡Papá, ya me voy! —grité desde la puerta, ajustándome el bolso al hombro.

Mi papá apareció en el marco de la cocina, limpiándose las manos en el delantal manchado de grasa, con esa mirada de preocupación que nunca se le iba. Llevaba treinta años trabajando en el taller de la escudería de Ferrari, las manos agrietadas, las canas que le salieron junto con cada carrera que vio pasar.

—¿A dónde vas? Es peligroso andar sola a estas horas, ya comienza la temporada y tienes que estar al cien.

—Falta un mes, pa —me reí, acercándome para darle un beso en la mejilla—. Tengo que demostrar por qué estoy ahí, ya lo sabes.

—Ya lo sé, ya lo sé —meneó la cabeza, pero sonrió—. Pero no llegues tarde, ¿eh? ¿Con quién vas?

—Con Cristal —mentí un poco, guiñándole un ojo—. Y ya sabes que no me meto en problemas.

Salí a la calle, el aire fresco de la tarde me golpeó la cara. Me subí al taxi que me esperaba, y mientras el coche arrancaba, me quedé mirando por la ventana.

Se preguntarán quién soy, pensé, señalándome con el pulgar a mí misma, como si estuviera hablando con todos los que me juzgarían después. Soy Mara Varela. Y estoy orgullosa de ser italiana, con la sangre de la Fórmula 1 corriendo por las venas. Toda mi familia ha trabajado para Ferrari desde que la categoría nació, allá por 1950: mi tatarabuelo, mi abuelo, mis tres primos, todos hombres, todos mecánicos que aprendieron a amar cada tornillo, cada ruido de motor. Durante décadas nadie imaginó que una mujer pudiera estar ahí, hasta que llegué yo. En el año 2030, a mis veintidós años, me convertí en la primera mujer mecánica de monoplaza en toda la historia de la escudería. Estudié noches enteras, practiqué hasta que me dolieron las manos, demostré a todos que si se podía. Y ahora, faltando exactamente un mes para el seis de marzo, día en que arrancaba la temporada, y ahora tenía una fiesta a la que no podía faltar.

El taxi me dejó frente a Il Paradiso, el antro más famoso de Milán esa temporada. Las luces parpadeaban al ritmo de la música, el ruido salía disparado por las puertas abiertas. Antes de que pudiera tocar el timbre, alguien me tomó del brazo:

—¡Mara, por fin llegaste!

Era Cristal, mi amiga de la preparatoria, con esa energía que nunca se le acababa. Me miró de arriba abajo y soltó un silbido bajo:

—¡Dios mío, ese vestido tinto te queda increíble! Se te ve espectacular.

Me reí, acomodándome la tela que me ajustaba al cuerpo, el mismo que me había comprado a los dieciocho para una fiesta que nunca se dio.

—Gracias, todavía me queda, ¿ves? Y tú estás preciosa.

Ella llevaba un conjunto entero de mezclilla, ajustado y cómodo, como siempre. Al entrar, el ruido me golpeó de golpe: el DJ ponía Traer You Better, las luces azules y doradas giraban sobre la gente que bailaba pegada, el olor a perfume, alcohol y sudor llenaba el aire. Unos hombres nos miraron al pasar, y Cristal me gritó al oído entre la música:

—¡Vamos a bailar! ¡Para eso venimos!

Y así lo hicimos. Bailamos canción tras canción, riendo, empujándonos entre la multitud. Cuando el vestido se me subía demasiado, ella me lo bajaba con una sonrisa cómplice. Ya llevaba un par de copas encima, la cabeza me daba vueltas suavemente, cuando una mujer rubia de vestido largo se acercó, tomó a Cristal del cuello y le susurró algo al oído. Mi amiga me miró:

—Vengo en un rato, ¿sí? No te muevas mucho.

—Está bien, ve.

Me quedé ahí, moviéndome al ritmo de la música, apoyada en una columna de cristal, cuando sentí que alguien se acercaba. Era un chico muy alto, de hombros anchos, el pelo corto y revuelto, esa mirada seria que parecía verlo todo, pero con un brillo divertido en los ojos que se le escapaba. reservado, con esa fuerza tranquila, pero con una sonrisa que desarmaba cualquier cosa.

Se inclinó hacia mí para hablarme al oído, su voz profunda y cálida:

—Hola. Qué hermosa te ves. Llevo más de una hora mirándote, y no me atrevía a acercarme.

Me reí, tomándolo del cuello con descaro, sintiendo su piel caliente bajo mis dedos. Él apoyó las manos en mi cintura, despacio, como si temiera asustarme.

—¿Ah sí? Qué acosador —le dije burlona, acercándome más hasta que nuestras frentes casi se tocaban.

Él soltó una risa baja, sincera, y nos quedamos mirándonos un rato largo, como si la multitud alrededor hubiera desaparecido.

—¿Nos vamos? —me preguntó, tomándome de la mano de repente, sus dedos entrelazándose con los míos—. ¿A un hotel o nos quedamos aquí?

Se le escapó una risa traviesa, y yo apreté su mano con fuerza.

—A un hotel —respondí, y sin esperar más, lo saqué conmigo abriéndonos paso entre la gente.

 

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Ana Gonzalez
más capitulos excelente novela ❤️
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