"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."
Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.
Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.
Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.
Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.
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Capítulo 7: El Desafío de Sangre
Pasé la noche en vela.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Dorian. Su sonrisa. Sus ojos azules. La forma en que me había mirado cuando me dijo que no llevaba zapatos. Había algo en él que me helaba la sangre. Algo que no era solo crueldad. Era algo más. Algo antiguo. Algo oscuro.
Me levanté antes del amanecer. Me vestí con ropa cómoda —pantalones de cuero, una camisa de manga larga, botas resistentes— y salí por el balcón. La enredadera me llevó al jardín, y desde allí, me dirigí hacia los bosques que rodeaban la propiedad.
Alexander ya estaba allí.
Llevaba pantalones negros y una camisa sin mangas que mostraba sus brazos musculosos, marcados por cicatrices que contaban historias de batallas pasadas. Su cabello estaba recogido en una coleta baja, y su expresión era seria, concentrada. Cuando me vio, algo en sus ojos se suavizó.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Dije que vendría —respondí, acercándome—. Y cumplo mis promesas.
—Eres más valiente de lo que aparentas —dijo—. La mayoría de las mujeres habrían huido al primer signo de peligro.
—No soy la mayoría de las mujeres —respondí.
Alexander sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que le iluminó el rostro.
—No, no lo eres —admitió—. Y eso me gusta.
El entrenamiento fue brutal.
Alexander me enseñó a moverse, a atacar, a defenderme. No era un instructor paciente —sus métodos eran duros, exigentes—, pero cada vez que fallaba, me levantaba y me hacía intentarlo de nuevo.
—Otra vez —ordenaba, cuando mis golpes no daban en el blanco.
—Otra vez —repetía, cuando mis patadas no tenían suficiente fuerza.
—Otra vez —insistía, cuando mis movimientos eran demasiado lentos.
Pasamos horas en el bosque, sudando y luchando, hasta que mis músculos ardían y mi respiración era agitada. Pero no me rendí. No podía rendirme.
—¿Por qué lo haces? —Preguntó Alexander, durante una pausa para beber agua—. ¿Por qué te esfuerzas tanto?
—Porque quiero protegerte —admití, sin pensar.
Alexander me miró, y algo en su expresión cambió.
—Nadie me ha protegido nunca —dijo, con una voz apenas un susurro—. Desde que era niño, siempre he sido yo quien protegía a los demás. Mi madre, mis hermanos, mi manada. Nunca nadie me ha protegido a mí.
—Entonces es hora de que alguien lo haga —dije, con firmeza.
Alexander me miró largamente. Luego, inesperadamente, me atrajo hacia él y me abrazó.
Fue un abrazo diferente a todos los anteriores. No había deseo en él, ni urgencia. Solo... consuelo. Como si durante años hubiera estado esperando a alguien que le dijera esas palabras.
—Gracias —susurró contra mi cabello.
—No tienes que agradecerme —respondí, aferrándome a él—. Solo... no mueras. Por favor.
Alexander se apartó lo suficiente para mirarme a los ojos.
—Haré todo lo posible —dijo—. Te lo prometo.
Esa tarde, mientras descansábamos junto a un arroyo, Alexander me contó más sobre su familia.
—Mi padre, el Alfa anterior, era un hombre cruel —dijo, con la mirada perdida en el agua—. Nos crió para que compitiéramos entre nosotros. Para que nos odiáramos. Decía que solo el más fuerte merecía sobrevivir.
—¿Y tu madre? —Pregunté.
—Mi madre era... diferente —dijo Alexander, con una sonrisa triste—. Era amable. Cariñosa. La única persona en esa casa que me trataba como un ser humano. Pero mi padre la despreciaba. La humillaba constantemente, la menospreciaba delante de todos.
—¿Qué le pasó? —Pregunté, aunque temía la respuesta.
—La desterré —dijo Alexander, con una voz quebrada—. Cuando tenía dieciséis años, mi padre me ordenó que la enviara al exilio. Dijo que era una traidora, que había conspirado contra él. Y yo... —Tragó saliva—. Yo lo creí. La envié lejos, sabiendo que no sobreviviría sola. Y nunca volví a verla.
—¿Crees que sigue viva? —Pregunté.
—No lo sé —admitió Alexander—. He pasado años buscándola, pero no he encontrado nada. Ni un rastro, ni una pista. Es como si se hubiera desvanecido.
—Lo siento —dije, tocando su brazo.
—No lo sientas —respondió Alexander, apartando la mirada—. No merezco tu compasión. Lo que hice fue imperdonable.
—Todos cometemos errores —dije—. Pero lo importante es lo que hacemos después. ¿Estás arrepentido?
—Cada día de mi vida —dijo Alexander, con una sinceridad que me partió el corazón.
—Entonces eso es lo que importa —dije—. El arrepentimiento es el primer paso hacia el perdón.
Alexander me miró, y por un momento, vi algo en sus ojos que nunca había visto antes. Esperanza.
—Eres demasiado buena para mí —dijo.
—No —respondí, con una sonrisa—. Soy exactamente lo que necesitas.
Esa noche, de vuelta en la mansión, me encontré con Kael en la capilla abandonada.
—Has estado entrenando con Alexander —dijo, sin preámbulos.
—¿Cómo lo sabes? —Pregunté, sorprendida.
—Tengo mis fuentes —respondió Kael, con una sonrisa enigmática—. Pero eso no es lo importante. Lo importante es lo que he descubierto.
—¿Qué has descubierto? —Pregunté, con el corazón acelerándose.
—Dorian no está actuando solo —dijo Kael, con una expresión sombría—. Tiene aliados. Poderosos. Y no son de esta manada.
—¿De qué manada? —Pregunté.
—De la Manada Sombra Nocturna —dijo Kael, y el nombre me heló la sangre—. Los enemigos jurados de la Luna Plateada. Los que ayudaron a los Vance a destruirnos.
—¿Y qué quieren? —Pregunté, con el estómago encogido.
—Quieren lo mismo que siempre —dijo Kael—. Poder. Control. Y ahora... —Hizo una pausa—. Ahora quieren algo más. Algo que tiene que ver contigo.
—¿Conmigo? —Repetí, incrédula.
—Eres la última Alfa de la Luna Plateada —dijo Kael—. Si te unes a Alexander, el vínculo de la manada se fortalecerá. Pero si Dorian te captura, si te obliga a unirte a él... —Hizo una pausa—. Entonces la Sombra Nocturna tendría acceso al poder de tu linaje.
—¿Y qué puedo hacer? —Pregunté, con la voz temblando.
—Sobrevivir —dijo Kael—. Y luchar. Pero no sola. Necesitas aliados.
—¿Cómo cuáles?
—Los supervivientes de la Luna Plateada —dijo Kael—. Están dispersos, pero he estado en contacto con ellos. Están dispuestos a luchar. A morir por ti, si es necesario.
—No quiero que nadie muera por mí —dije, con firmeza.
—Entonces lucha por ellos —dijo Kael—. Lucha por tu manada. Lucha por tu hijo. Y lucha por Alexander.
—¿Por Alexander? —Pregunté, sorprendida.
—Sé que no lo entiendes todavía —dijo Kael, con una sonrisa triste—. Pero Alexander Vance no es tu enemigo. Es tu destino. Y si no lo salvas... —Hizo una pausa—. Entonces todo estará perdido.
Volví a la mansión con el corazón hecho un caos y la mente en ebullición.
Mientras caminaba por los pasillos, algo me detuvo. Un olor. Familiar. Peligroso.
Me giré lentamente y me encontré frente a frente con Dorian.
—Buenas noches, Elena —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. ¿Dando un paseo nocturno?
—¿Qué quieres? —Pregunté, manteniendo la distancia.
—Solo charlar —dijo Dorian, dando un paso hacia mí—. Somos casi familia, después de todo.
—No somos nada —respondí, con frialdad.
—Por ahora —dijo Dorian, con una sonrisa cruel—. Pero las cosas cambian. La gente cambia. Y tú... —Me miró de arriba abajo—. Tú vas a cambiar mucho cuando mi hermano esté muerto.
—No permitiré que lo mates —dije, con una determinación que me sorprendió a mí misma.
—¿Y cómo piensas evitarlo? —Preguntó Dorian, con diversión—. ¿Con tus encantos? ¿Con tu astucia? —Soltó una risa amarga—. Eres una mestiza, Elena. Una don nadie. No tienes poder. No tienes aliados. No tienes nada.
—Tengo algo que tú nunca tendrás —dije, mirándolo directamente a los ojos.
—¿Y qué es eso? —Preguntó, con una ceja arqueada.
—Coraje —dije—. Y algo por lo que luchar.
Dorian me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, soltó una risa.
—Eres interesante —admitió—. Lástima que tengas que morir.
Antes de que pudiera responder, se giró y desapareció en las sombras, dejándome sola en el pasillo con el corazón latiéndome desbocado.
La guerra estaba a punto de comenzar.
Y yo, Elena Reed, la última Alfa de la Luna Plateada, estaba en el centro de todo.
Esa noche, mientras me acostaba, un pensamiento me asaltó: Quizás el amor y la venganza no eran tan diferentes después de todo.
Ambos requerían sacrificio. Ambos requerían coraje.
Y ambos, tarde o temprano, requerirían sangre.
Pero mientras cerraba los ojos, no pude evitar pensar en Alexander. En sus manos. En sus labios. En la forma en que me había mirado cuando me dijo que no quería perderme.
Y entonces, lo oí de nuevo.
El susurro. La voz. La advertencia.
No confíes en él. No confíes en nadie.
Cerré los ojos con fuerza. Respiré hondo. Y me obligué a dormir.
Pero en algún lugar de la mansión, alguien más estaba despierto. Alguien que había estado escuchando. Alguien que había estado esperando.
Y esa persona sonrió.