Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 21: El Autogol Emocional
El eco seco de un balón sintético rebotando contra la duela resonaba en la inmensidad vacía del gimnasio. El sol de la tarde ya se había ocultado, dejando el recinto en una penumbra pesada, iluminada únicamente por dos tubos de luz fluorescente que zumbaban con un tono cetrino en el techo alto. El olor a sudor acumulado, caucho quemado y barniz viejo impregnaba el aire, que se sentía frío y denso en la garganta.
Mateo no había ido a la última clase. Tampoco había comido.
Estaba solo en el centro de la cancha, vistiendo una camiseta de entrenamiento gris que la humedad del esfuerzo había vuelto casi negra. Hacía dos horas que el entrenamiento oficial había terminado, pero él continuaba corriendo en ráfagas cortas y violentas: encaraba a conos imaginarios, frenaba en seco marcando las suelas contra la madera y disparaba a portería con una fuerza desmedida que sacudía las redes metálicas del fondo.
Cada disparo era un latigazo. Cada zancada, un intento desesperado por acallar el ruido en su cabeza.
La imagen del patio central lo perseguía con la persistencia de una pesadilla. Veía la sonrisa educada de Andrés, el cartel con el verso perfecto, la elegancia del ramo de lirios y la mirada atónita de Lola. En la mente de Mateo, traumatizada por el cansancio y el orgullo herido, no había dudas: Lola pertenecía a ese mundo pulcro. Ella había nacido para la calma, para los libros sin doblar, para las palabras ricas en matices.
Él solo era un obstáculo ruidoso, un chico que arreglaba los problemas a empujones y que había terminado expulsado en el partido más importante del año.
Dio tres pasos atrás, tomó aire con la boca abierta y pateó el balón con el empeine. La pelota se estrelló de lleno contra el poste derecho con un impacto metálico que retumbó en las gradas vacías.
—Pésima técnica —resonó una voz grave desde la zona de banquillos.
Mateo se congeló. El balón rebotó hacia un costado, rodando lentamente hasta detenerse cerca de los escalones de concreto.
El entrenador Herrera caminaba hacia el centro de la cancha. Llevaba el silbato colgado sobre su chamarra de pana raída y una tabla de acrílico bajo el brazo. No venía a regañarlo con el silbato ni a exigirle vueltas a la cancha; su andar era lento, pesado, con la parsimonia de un hombre que conocía de memoria cada rincón de ese gimnasio y a cada muchacho que intentaba ahogar sus demonios sobre la madera.
Mateo se pasó la manga de la camiseta por la frente, secándose un sudor helado que le escocía en los ojos. Trató de recuperar la postura, hinchando el pecho y bajando la cabeza con esa terquedad habitual que usaba como escudo.
—Estaba ajustando el disparo de tres cuartos, profe —dijo Mateo, la voz rasposa y ahogada por el cansancio físico.
—Estás intentando romper el poste, García —corrigió el entrenador, deteniéndose a solo dos metros de él. Lo observó de arriba abajo con una mirada clínica: las piernas temblorosas, los nudillos rojos, la respiración desordenada y esa mirada perdida que solo tienen los jugadores que han dejado de ver el juego para mirarse hacia adentro—. Y también estás intentando romperte las rodillas antes de las finales.
—Tengo que entrenar. Perdí la capitanía, estoy suspendido y la eliminatoria se nos fue de las manos. Necesito recuperar el ritmo.
—No —dijo el entrenador con un tono seco, sin elevar la voz—. Lo que estás haciendo no es entrenar. Es un castigo. Y en este equipo nadie se castiga solo en mi cancha.
Mateo apretó la mandíbula, buscando el balón con los ojos para evitar el contacto visual.
—Si viene a suspenderme de los entrenamientos individuales también, hágalo de una vez, profe. No tengo problema.
El entrenador soltó una pequeña risa amarga, sacudiendo la cabeza. Dejó la tabla sobre la banca más cercana y se cruzó de brazos, apoyando su peso sobre un pie.
—Siempre tan impulsivo, García. Crees que el mundo te está atacando y tu única respuesta es embestir como un toro ciego —el hombre dio un paso más, reduciendo la distancia—. ¿Crees que te expulsaron contra el San José porque Andrés te provocó? ¿Crees que perdiste la cabeza por un comentario de vestidor?
Mateo apretó los puños, sintiendo que la ira sofocada del día volvía a burbujear en su estómago.
—Usted no sabe lo que pasó en la cancha, profe. Él se cruzó de la raya.
—Sé perfectamente lo que pasó —sentenció Herrera con dureza, apuntándolo con un dedo huesudo—. Te jugaron con la mente porque estás descentrado. Jugaste ese partido como un fantasma porque la mitad de tu cabeza estaba en la tribuna buscando a esa muchacha. Y cuando Andrés te dijo cuatro palabras al oído, te regalaste. Le diste la tarjeta roja en bandeja de plata. Fue un autogol emocional, Mateo. El peor de tu carrera.
Las palabras del entrenador cayeron en el gimnasio con la pesadez de una losa de concreto. Mateo sintió un vuelco en la boca del estómago. Intentó formular una excusa, una defensa basada en la lealtad o en el orgullo deportivo, pero las palabras se le atoraron en el nudo ciego que llevaba días aplastándole la garganta.
—Usted no entiende... —murmuró Mateo, bajando los hombros por primera vez.
—Entiendo más de lo que crees —el tono del entrenador se suavizó apenas un matiz, perdiendo el filo militar para volverse áspero pero paternal—. Te conozco desde que entraste a este equipo a los catorce años.
Eres el jugador con más corazón que he entrenado, pero tu mayor virtud es tu peor defecto: no sabes administrar la pasión. Cuando quieres algo, te lanzas de cabeza sin medir la profundidad. Y cuando tienes miedo... te escondes detrás del ruido o te das a la fuga.
—Yo no le tengo miedo a nada —siseó Mateo, aunque su voz sonó quebrada, despojada de convicción.
—Le tienes un miedo pánico a perder a Lola —disparó el entrenador sin anestesia, mirándolo fijamente a los ojos—. Y lo peor es que, por puro miedo a que ella se dé cuenta de tus fallas, la estás empujando tú mismo hacia afuera. Te repliegas, te rindes antes de tiempo, te encierras a patear balones como un crío castigado y te convences de que no eres suficiente para ella.
Es más fácil jugar al mártir derrotado que ir y plantarte frente a ella sin tu camiseta de capitán.
Mateo se quedó petrificado. La luz fluorescente sobre su cabeza parpadeó con un zumbido molesto, iluminando el desgaste en sus facciones.
El diagnóstico del entrenador era tan preciso que resultaba insoportable. Durante semanas se había escudado en el veneno de Patricia, en la sutileza de Andrés y en su propia torpeza para convencerse de que el alejamiento era inevitable.
Había asumido el papel del atleta tosco que solo estorbaba en la vida de una chica brillante, usando ese papel como un refugio cobarde para no arriesgar lo único que realmente le daba sentido a su vida.
Sus hombros cayeron definitivamente. La postura erguida del capitán se desmoronó por completo. Mateo caminó torpemente dos pasos hacia atrás y se dejó caer sobre el banco de madera de la banda. Apoyó los codos en las rodillas y se escondió el rostro entre las manos temblorosas.
El olor a cuero y sudor de sus guantes de entrenamiento no logró sofocar el nudo ardiente que le subía por el pecho.
El silencio del gimnasio pareció envolverlos a ambos. El entrenador Herrera no habló de inmediato. Se acercó a la banca y se sentó a un metro de distancia, manteniendo la mirada fija en el tablero del aro opuesto.
—No se trata del fútbol, Mateo —dijo el hombre con una calma profunda—. El fútbol se acaba. Las ligas pasan. Lo que te está destruyendo la cabeza no es el torneo regional.
Mateo soltó una respiración entrecortada, un jadeo ahogado que sonó casi como un sollozo reprimido. Se pasó las palmas de las manos por el rostro despejando la frente, pero no levantó la vista. Tenía los ojos rojos, encendidos por un ardor que nada tenía que ver con el esfuerzo físico.
—Ella es la única... —comenzó Mateo, pero la voz se le quebró a mitad de la frase. Tragó saliva con dificultad, sintiendo que el orgullo se le desintegraba en el aire estancado de la cancha—. Ella es la única persona que me conoce de verdad, profe. La única que sabe quién soy cuando no hay nadie gritando en las tribunas.
El entrenador permaneció en silencio, escuchando la confesión con el respeto que se le otorga a un dolor genuino.
Mateo apretó los dientes, sintiendo que la verdad, esa que llevaba meses enterrando bajo gritos, partidos, peleas y libros de poesía incomprendidos, luchaba por salir a la superficie. Miró al suelo de madera, a las líneas blancas que delimitaban el terreno de juego, y soltó las palabras con una mezcla de rendición y alivio desgarrador.
—Estoy enamorado de mi mejor amiga —dijo Mateo en voz alta por primera vez en su vida.
Las palabras flotaron en el aire del gimnasio, resonando en los rincones oscuros de la estructura metálica. Decirlo no le devolvió la calma; al contrario, pronunciarlo le hizo consciente de la magnitud del abismo al que se enfrentaba.
—Y tengo un terror Currently insoportable de que ella se haya dado cuenta de que no soy suficiente —continuó, con la voz temblando sin control, las manos apretadas en puños sobre sus muslos—. La vi esta mañana con Andrés... la vi mirar esas flores, ese cartel perfecto... y supe que yo nunca voy a poder ofrecerle algo así. Yo solo sé hacer ruido, profe. Yo solo sé arruinar las cosas.
El entrenador Herrera dejó escapar un suspiro cansado, se inclinó hacia adelante y le dio un golpe seco pero afectuoso en el hombro con la palma de la mano.
—Si de verdad crees que esa muchacha solo busca carteles bonitos y versos de memoria, entonces no la conoces tan bien como dices, García —dijo el entrenador, poniéndose de pie con lentitud—. Las personas no buscan la perfección en los demás; buscan la verdad.
Y tú llevas semanas escondiendo la tuya detrás de un berrinche.
El hombre tomó su tabla de acrílico, ajustó la correa de su silbato y caminó hacia la puerta de salida. Antes de empujar el portón de metal que daba al pasillo exterior, se detuvo y miró hacia atrás sobre el hombro.
—Levántate de esa banca, lávate la cara y sal de este gimnasio —ordenó con firmeza—. El verdadero capitán no es el que no comete errores, Mateo. Es el que tiene los pantalones para ir a limpiar el desastre que dejó en la cancha.
El portón metálico se cerró con un chasquido pesado, dejando a Mateo solo en el centro del gimnasio en penumbra.
El silencio volvió a instalarse, pero ya no era un silencio aplastante. Mateo se quedó sentado unos segundos más, escuchando el latido acelerado de su propio corazón.
Se levantó lentamente, se limpió el rostro con la camiseta seca que llevaba en la maleta y miró la salida. Por primera vez en semanas, el miedo a perder a Lola no lo paralizó; se convirtió en una urgencia visceral que le quemaba en la sangre. Comprendió que si iba a perderla, no sería por rendirse en la sombra, sino tras haberlo arriesgado absolutamente todo.