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Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Elena: Entre El Deseo Y El Odio.

Status: En proceso
Genre:CEO / Casos sin resolver / Amor-odio
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Elena

Capítulo 1: Elena

"El odio es más fácil de abrazar que el deseo. Porque el deseo te desnuda, y yo llevo diez años sin querer mirarme al espejo."

El notario acababa de leer la cláusula en voz alta, y yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

¿Un año? , pregunté, con la voz más firme de la que me creía capaz. ¿Un año viviendo contigo?

Mateo, sentado al otro lado de la mesa de caoba, no apartó la mirada de la mía. Llevaba el mismo traje gris que la noche del incendio. O quizás era mi memoria jugándome una mala pasada, porque todas sus noches se parecían. Todas olían a humo y a mentiras.

Trescientos sesenta y cinco días, respondió, como si ofreciera un regalo. Una Navidad, un cumpleaños de Lucía, un verano entero. Nada más.

Nada más, repetí, y las palabras supieron a ceniza.

La carpeta que tenía delante contenía el documento que había perseguido durante una década: su confesión. Pero no era una confesión cualquiera. Decía, textualmente: "Yo, Mateo Zaldívar, reconozco mi responsabilidad civil en el incendio del 12 de junio, y me comprometo a firmar ante juez si Elena Parra acepta convivir conmigo y con nuestra hija durante un año en la propiedad de Punta Brava, sin interferencia legal de por medio."

Había leído esa cláusula tantas veces que ya no veía letras, veía cadenas.

¿Por qué?, pregunté, y esta vez mi voz sí tembló. ¿Por qué ahora? ¿Por qué este juego?

Mateo inclinó el torso hacia adelante. El gesto, tan suyo, me trajo el olor de su colonia, la misma que usaba cuando nos conocimos, cuando yo tenía veintiséis años y creía que el amor era un refugio.

Porque tú te estás muriendo, Elena —dijo, y no había sarcasmo en sus palabras, solo una verdad que me heló la sangre—. Duermes tres horas al día, tu abogacía se está desmoronando y Lucía no habla por tu culpa. No por la mía. Por la tuya.

Quise saltar, gritar, romperle la cara con la carpeta. Pero él conocía cada uno de mis puntos débiles, y acababa de atravesar el más profundo.

Si aceptas: continuó, con esa calma de depredador, yo dejo de pelear la custodia. Te doy el documento que quieres. Y además, durante ese año, te prometo que no habrá abogados, ni jueces, ni denuncias. Solo nosotros. Como antes.

Como antes, escupí. ¿Te refieres a antes de que mataras a mis padres?

Por primera vez, algo se movió en su rostro. No era culpa. Era... dolor. Pero desapareció tan rápido como llegó.

No los maté yo.

Dijo, y su voz era grave, casi un susurro. Y si vives conmigo un año, te demostraré que no fue mi mano la que encendió aquella cerilla.

La cerilla. Siempre usaba esa palabra. Cerilla. Como si el fuego que acabó con mi familia hubiera sido un juego de niños.

Miré por la ventana. En el parque de enfrente, una niña de cabello rojo corría detrás de una paloma. Mi Lucía tenía el mismo color de pelo que yo, pero los ojos de él. Esos ojos verdes que ahora me observaban con una paciencia de siglos.

¿Y si no acepto?, pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

Mateo se levantó. Era alto, ancho, y ocupaba la habitación como un huracán que se contiene.

Entonces el lunes presentaré las pruebas de tu inestabilidad emocional. Perderás la custodia. Y no volverás a ver a tu hija hasta que ella cumpla dieciocho años, si es que para entonces quiere verte.

El aire se fue de mis pulmones.

No harías eso.

Hazme una pregunta más difícil, Elena.

Y entonces lo supe. Sabía que no estaba bromeando. Sabía que mi odio no era más fuerte que su determinación. Y supe también, en lo más oscuro de mi pecho, que aquello no era solo una venganza para él.

Había algo más. Algo que no se atrevía a nombrar.

Algo que yo tampoco.

Firmo: Dije, y mi mano tembló al tomar la pluma. Pero te juro por lo que más quiero en este mundo, Mateo, que si descubro que fuiste tú, te voy a matar con mis propias manos.

Él esbozó una sonrisa. No era triunfal. Era triste.

Ya lo sé, mi amor. Ya lo sé.

Cuando estampé mi firma, sentí que vendía algo más que mi orgullo. Vendía el único escudo que me quedaba: la distancia. Y al otro lado de la mesa, él guardó el documento en su maletín con la misma delicadeza con la que un cirujano guarda un bisturí.

Te recojo el sábado a las ocho, dijo. Lleva solo lo esencial. Allí tendremos todo lo demás.

¿Y Lucía?,pregunté, aferrándome a su nombre como a un salvavidas.

Lucía ya lo sabe. Y está contenta.

Esa fue la peor noticia de todas.

Salí de la notaría sin mirar atrás. Pero sentí su mirada en mi nuca, caliente, pesada, como una mano que no se atreve a tocar. Y mientras el viento de junio me golpeaba la cara, supe que no había aceptado un trato.

Había aceptado una condena.

Y también, contra todo mi ser, un deseo que odiaba reconocer.

Porque diez años después, seguía soñando con sus dedos en mi piel.

Y ese era mi verdadero infierno.

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