Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.
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CAPÍTULO 20: EL PRECIO DE LOS 86 MILLONES
Cobrar 86 millones de dólares tarda más que ganarlos.
Orion apeló. Obvio. Una empresa que gana 50 mil millones por año no te deposita 430 millones porque un jurado de San Francisco le dijo que lo haga. Te apela, te contra-apela, te pide nulidad, te pide que revisen al jurado, te acusa de haber manipulado a la prensa. Tiene un departamento entero de 200 abogados cuyo único trabajo es que vos no cobres nunca.
Los primeros dos meses después del casamiento en El Trébol fueron los más raros de mi vida. En los diarios de todo el mundo éramos "los abogados argentinos que vencieron al gigante tecnológico". En la vida real, seguíamos debiendo dos meses de alquiler de Tucumán y el aire acondicionado seguía roto.
Salimos en Forbes Argentina. La nota decía: "De comer fideos en el piso a millonarios: la historia de Rivas & Torres". Mi mamá la imprimió y la pegó en la heladera, al lado de la boleta de la luz que todavía no podíamos pagar.
"¿Viste, hija? Salís en Forbes y todavía no pagaste la luz", me dijo. Y tenía razón.
La plata no llegaba, pero los problemas que trae la plata sí llegaron enseguida.
El primer problema fue la familia de Anaí. No Anaí, que era un sol. Su tío, que se hacía llamar su representante. Vino al estudio un día con un abogado de Misiones con corbata brillante y nos dijo que quería el 50% de la indemnización de Anaí porque él la había "acompañado emocionalmente". Lo sacamos carpiendo, pero nos dejó con miedo. Porque entendimos que ahora que había 430 millones en juego, todo el mundo iba a querer un pedazo.
El segundo problema fue más grande. Se llamaba Richard Coleman. Era el abogado de Orion para Latinoamérica. Un argentino que vivía en Miami, traje impecable, pelo impecable, sonrisa impecable. Nos pidió una reunión "para llegar a un acuerdo amistoso".
Nos citó en el Alvear Palace Hotel. Nosotros fuimos los cinco en subte, con los trajes arrugados y la mochila enorme de Marcos que ya era parte del uniforme. Él nos esperaba con dos abogados más y una carpeta que decía CONFIDENCIAL en dorado.
"Chicos, felicitaciones. Hicieron un gran trabajo. Realmente. Pero saben que esta sentencia no va a quedar firme nunca. Van a pasar 5 años de apelaciones y al final la Corte de Estados Unidos la va a dar vuelta. Les propongo algo: Orion les paga 10 millones de dólares ahora mismo, en efectivo, a ustedes, como honorarios. Ustedes convencen a Anaí y a los 12 mil moderadores de que acepten 20 millones en total y firmen un acuerdo de confidencialidad. Todos ganan. Ustedes se llevan 10 millones limpios hoy, sin esperar, sin riesgo".
Santi casi se cae de la silla. Diez millones de dólares. Hoy. Limpios. Sin esperar. Con esa plata podíamos comprar 20 estudios en Tucumán, pagarle la casa a mi mamá, comprarle remedios a Tiziano para 100 años.
Marcos me agarró la mano por debajo de la mesa. Me apretó fuerte. Sabía que yo estaba dudando.
"Richard, ¿vos cuánto ganás por mes?", le pregunté de la nada.
Él se rió, sorprendido. "¿Yo? Bastante bien, por suerte".
"¿Cuánto? ¿50 mil dólares? ¿100 mil?".
"Más o menos por ahí, sí".
"¿Y vos revisaste alguna vez un video de un nene abusado a las 3 de la mañana para que una empresa que gana 50 mil millones pueda mostrar publicidad de pañales al lado?".
Se quedó callado.
"Anaí sí. Durante 8 horas por día, por 180 mil pesos por mes. Y vos querés que le diga que acepte 1600 dólares y que se calle para siempre. No, Richard. No hay trato. Vamos a esperar los 5 años si hace falta. Pero Anaí va a cobrar lo que le corresponde y Orion va a tener que cambiar. No solo pagar".
Nos levantamos y nos fuimos. Dejamos el café sin tomar, porque en el Alvear un café salía más que nuestro alquiler.
Esa noche, en el estudio, nos peleamos por primera vez en serio desde que éramos socios.
"¡Elena, eran 10 millones de dólares! ¡10 millones! ¡Podíamos asegurar el estudio para siempre!", gritó Santi. No de enojo, de miedo. Tenía miedo de volver a Rosario sin nada.
"¡Y cagar a Anaí! ¡Cagar a los 12 mil! ¿Para eso abrimos Rivas & Torres? ¿Para ser como Beccar?", le gritó Flor, que lloraba.
"¡Yo no quiero ser como Beccar! ¡Quiero no morirme de hambre! ¡Mi vieja me pregunta todos los días cuándo le voy a poder mandar plata!", le contestó Santi.
Se hizo un silencio horrible. El peor silencio de nuestra historia.
Marcos se paró. Agarró el balde con agua que todavía teníamos para los pies y lo tiró por la ventana, aunque no hacía calor.
"¡Se terminó el balde!", gritó. "¡Se terminó! Mañana arreglamos el aire. Con plata nuestra, no con plata de Orion. Y si Santi se quiere ir, se va. Y si Flor se quiere ir, se va. Pero yo me quedo con Elena, aunque tengamos que volver a comer fideos con manteca. Porque yo no me casé con una mina que acepta 10 millones para callar a una piba de Misiones".
Yo lo miré. Mi marido. Con su traje arrugado y su mochila enorme.
"¿Alguien más se quiere ir?", pregunté, con la voz temblando.
Nadie se movió.
Santi se largó a llorar. "Perdón. Perdón, boludos. Tengo miedo, nada más. No me quiero ir. No me quiero ir nunca".
Nos abrazamos los cinco, en el medio del estudio de 40 metros, llorando como cuando éramos estudiantes y nos iba mal en un parcial.
Y ahí entendí el precio de los 86 millones. No era la espera. Era que te ponían a prueba todos los días para ver si te vendías.
Dos semanas después, pasó algo que no esperábamos.
Anaí nos llamó llorando, pero de felicidad. Una fundación de Estados Unidos, la misma que había ayudado a los moderadores de Kenia, había visto lo que hicimos en el Alvear - porque Richard Coleman lo había contado en un asado de abogados de Miami para hacerse el canchero y alguien lo había grabado y filtrado - y nos quería donar 2 millones de dólares para que el estudio no se funda mientras esperamos la apelación. Sin pedir nada a cambio. Solo con una condición: que sigamos defendiendo a los que sobran.
Con esos 2 millones, arreglamos el aire. Compramos 10 escritorios iguales. Alquilamos el local de al lado y tiramos la pared abajo. Ahora teníamos 80 metros. Contratamos a una secretaria, a Mirta, de 60 años, que había sido secretaria de un juzgado toda la vida y que nos ordenaba a todos.
Y pusimos, por primera vez, un cartel luminoso afuera. No de madera. Luminoso. Que decía RIVAS & TORRES.
Lo prendimos un viernes a la noche. Estábamos los cinco en la vereda de Tucumán, con Mirta y con Anaí que había venido de Misiones, y con Ramona y Tiziano que ya era nuestro amuleto.
Cuando Mirta apretó la perilla y el cartel se prendió, todo Tucumán se iluminó.
"Parece de verdad", dijo Tiziano.
"Es de verdad, campeón", le dije yo.
Marcos me abrazó por atrás.
"¿Viste, doctora Rivas? Ahora sí somos millonarios".
"No, Torres. Ahora sí tenemos aire. Millonarios vamos a ser cuando cobremos los 86 y le compremos una casa a mi mamá en El Trébol".
"¿Y una mochila nueva para mí? Porque esta ya tiene olor".
"Una mochila nueva no. Esa mochila no se tira nunca".
Y nos reímos, abajo del cartel luminoso, con 38 grados pero con aire adentro, esperando que Orion se canse de apelar y entendiendo, por fin, que la fama mundial no sirve para nada si no tenés a 4 locos al lado tuyo que te bancan cuando querés agarrar 10 millones y mandar todo a la mierda.
El caso Orion todavía no estaba cerrado. Faltaban años.
Pero Rivas & Torres ya no era un estudio de 40 metros con un balde.
Era un estudio de 80 metros con aire, con secretaria, con cartel luminoso y con una causa de 430 millones de dólares que todavía no habíamos cobrado, pero que ya nos había enseñado lo más importante:
Que hay plata que te hace pobre.
Y hay pobreza que te hace millonario.