Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
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136 días
Luna Bianchi
Estaba sentada frente a Thiago intentando ignorarlo mientras desayunábamos.
Desde que habíamos llegado a aquella cafetería, él no había dejado de comportarse como si lo que estaba ocurriendo fuera completamente normal.
Como si no me hubiera obligado a comprometerme.
Como si la noche anterior no hubiera escapado de mi casa para estar con Nicolás.
Como si yo no estuviera sentada frente al hombre que había decidido convertirse en mi esposo sin importarle que mi corazón perteneciera a otra persona.
Tomé mi café y miré hacia la ventana.
No quería hablar con él.
No quería mirarlo.
No quería estar allí.
Entonces mi teléfono vibró.
Mi corazón dio un salto.
Miré rápidamente a Thiago.
Él estaba revisando algunos documentos, así que aproveché para tomar mi teléfono debajo de la mesa.
Era Nicolás.
Abrí el mensaje.
Nicolás:
Luna, nos vemos en la estación de tren. Esta vez sí vamos a escapar. No importa lo que pase, no voy a dejarte sola.
Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.
Era mi oportunidad.
Tal vez esta vez sí podríamos escapar.
Tal vez podríamos irnos lejos.
No sabía a dónde.
No sabía cuánto dinero necesitaríamos.
No sabía qué nos esperaba.
Pero sabía que quería estar con él.
Guardé el teléfono rápidamente.
—¿Qué sucede? —preguntó Thiago.
—Nada.
—Estás nerviosa.
—Tengo ganas de ir al baño.
Thiago me observó durante unos segundos.
—Ve.
Me levanté.
—Gracias.
Caminé hacia los baños intentando no correr.
Cuando llegué al pasillo, miré hacia atrás.
Thiago seguía sentado.
Respiré aliviada.
Pero no entré al baño.
Seguí caminando hasta encontrar una puerta que daba hacia la parte trasera del establecimiento.
La abrí.
Y mi corazón se detuvo.
Había dos hombres vestidos de negro esperando afuera.
Los reconocí inmediatamente.
Eran guardias de Thiago.
Uno de ellos dio un paso hacia mí.
—Señorita Bianchi.
Retrocedí.
—¿Qué hacen aquí?
—El joven Thiago está adentro.
—Ya lo sé.
—Tiene una sorpresa para usted.
—No quiero ninguna sorpresa.
El hombre mantuvo una expresión seria.
—Debe regresar.
—No.
—Señorita...
—Tengo que irme.
Intenté pasar entre ellos.
El guardia se movió para bloquearme.
—Si no regresa por voluntad propia, tendremos que llevarla de regreso a la fuerza.
Lo miré incrédula.
—¿Me están amenazando?
—No queremos hacerle daño.
—Entonces déjenme salir.
—No podemos.
Apreté los puños.
Era imposible.
Thiago había pensado en todo.
No tenía salida.
—Está bien —dije finalmente.
Regresé al interior.
Mientras caminaba hacia la mesa, sentía una mezcla de rabia y frustración.
Cuando llegué, me detuve.
Sobre la mesa había un enorme ramo de rosas.
Mis rosas favoritas.
Eran preciosas.
Había tantas que apenas se podía ver el recipiente donde estaban colocadas.
Thiago levantó la mirada y sonrió.
—Mi hermosa y linda Cerecita, mira lo que acaba de llegar.
Lo miré sin ninguna emoción.
—¿Y qué quieres lograr con eso?
—¿Qué?
—¿Quieres que te ame?
Me acerqué a la mesa.
—¿Quieres que cuando te mire desaparezca el odio de mis ojos?
Thiago guardó silencio.
—¿Quieres que deje de sentir asco por todo lo que estás haciendo?
Él me sostuvo la mirada.
—Solo quiero que las tomes.
—No las quiero.
—Luna...
—Y tampoco te quiero a ti.
La sonrisa de Thiago desapareció.
Pero no parecía sorprendido.
—No me importa si me amas o me odias.
Tomó el ramo y me lo acercó.
—Este regalo es para ti. Lo quieras o no.
Lo miré.
—Así como voy a ser tu esposa, ¿verdad?
—Exactamente.
Me reí con amargura.
—No tengo otra opción.
Mi voz se quebró.
—Aunque odie esta idea, voy a tener que hacerlo.
Thiago se inclinó un poco hacia mí.
—Cerecita, esto es un sueño.
—Para ti.
Lo miré directamente.
—Para mí es una pesadilla.
—Sea sueño o pesadilla, se volverá realidad.
Su voz fue tranquila, pero sus palabras me hicieron sentir un escalofrío.
—En unos meses vamos a ser esposos.
Tomó mi mano.
—Y tú vas a ser la señora Del Monte.
Aparté mi mano.
—No quiero ese apellido.
—Lo tendrás.
—No quiero una boda.
—La tendrás.
—No quiero estar contigo.
—Eso todavía puede cambiar.
Negué con la cabeza.
—Nunca.
Thiago me observó durante unos segundos.
—Ya veremos.
Después de un rato, terminamos el desayuno.
Thiago pagó la cuenta y se levantó.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A un lugar.
—Qué específico.
Él sonrió.
—No me digas "don nadie".
—¿Por qué?
—Porque no soy un don nadie.
—Para mí lo eres.
Thiago negó con la cabeza.
—Mejor dime "mi Thi".
Lo miré horrorizada.
—¿Qué?
—Mi Thi.
—Nunca.
—Vamos, Cerecita.
—Jamás voy a llamarte así.
—Algún día lo harás.
—Antes me muero.
Él soltó una pequeña risa.
—Eres increíble cuando te enojas.
—Y tú eres insoportable.
Salimos de la cafetería.
Mientras caminábamos hacia el automóvil, no pude evitar preguntarme cómo había terminado mi vida así.
Un día antes estaba preocupada por mi cumpleaños.
Ahora tenía un anillo en el dedo, un prometido que no amaba y una boda planeada.
Y Nicolás...
Nicolás seguía esperando que escapáramos.
No podía dejar de pensar en él.
Thiago
La observaba en silencio mientras conducía.
Luna estaba mirando por la ventana.
No me hablaba.
No me importaba.
Sabía que estaba furiosa conmigo.
Incluso podía ver el odio en sus ojos cada vez que me miraba.
Pero no iba a retroceder.
Jamás la había visto tan molesta conmigo.
Siempre había sido mi amiga.
La conocía desde hacía años.
Sabía cómo sonreía cuando estaba feliz.
Sabía cómo fruncía el ceño cuando estaba molesta.
Sabía cómo mordía su labio cuando estaba nerviosa.
Y sabía que, en ese momento, me odiaba.
Pero también sabía algo que ella todavía no comprendía.
Yo estaba haciendo aquello porque creía que era lo mejor para ella.
Nicolás no podía darle lo que yo podía ofrecerle.
No tenía mi posición.
No tenía mi dinero.
No podía protegerla como yo.
Quizá había tenido que mentir.
Quizá había tenido que obligarla a aceptar.
Quizá había tenido que presionarla para que dijera que sí.
Pero estaba convencido de que algún día Luna entendería.
No quería que ella tuviera una vida llena de problemas.
Quería darle todo.
Una casa.
Seguridad.
Una familia.
Un futuro.
Aunque para conseguirlo tuviera que convertirme en el villano de su historia.
Luna
El silencio dentro del automóvil era insoportable.
Después de varios minutos, mi curiosidad terminó ganándome.
—¿Cómo sucedió?
Thiago me miró brevemente.
—¿Qué cosa?
—¿Cómo te enamoraste de mí?
No respondió.
—Y quiero saber cómo se te ocurrió esta terrible idea de casarnos.
—No puedes saberlo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero hablar de eso.
—Thiago.
—No.
—Dime algo.
—No.
—Solo quiero saberlo.
—Luna, ya dije que no.
Lo miré con frustración.
—Entonces dime al menos a dónde vamos.
—Al lugar donde será nuestra boda.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Vamos a elegir el salón.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Y después?
—Pasaremos por nuestras familias.
—¿Para qué?
—Para informarles que la fecha está decidida.
Me quedé en silencio.
Thiago continuó:
—Y mañana se celebrará otra fiesta de compromiso.
—¿Otra?
—Esta será más grande.
—No pienso ir.
—Sí vas a ir.
Apreté los dientes.
—¿Cuándo?
—Mañana.
Lo miré con incredulidad.
—¿Mañana?
—A las seis de la tarde pasaré por ti.
—No pienso estar lista.
—Espero que sí.
Después de un largo viaje, finalmente llegamos.
El automóvil se detuvo frente a un enorme salón.
Era elegante.
Moderno.
Tenía grandes ventanales y una entrada rodeada de jardines.
Bajé del automóvil.
Miré el lugar.
Aunque no quería admitirlo, era hermoso.
—¿Este es?
—Sí.
Entramos.
El salón todavía no estaba decorado.
Sin flores.
Sin mesas.
Sin luces especiales.
Solo era un espacio enorme y vacío.
Pero podía imaginar cómo se vería el día de la boda.
Y eso me produjo un nudo en el estómago.
Un organizador se acercó a nosotros.
—Señor Del Monte.
Thiago estrechó su mano.
—Buenas tardes.
—Es un placer recibirlos.
El hombre nos mostró diferentes espacios.
Yo caminaba detrás de ellos sin prestar demasiada atención.
Hasta que Thiago se detuvo.
—Sonríe.
Lo miré.
—¿Qué?
—Están observándonos.
—No quiero sonreír.
Su mano rodeó mi cintura.
Sentí inmediatamente que aquello era una advertencia.
No necesitaba decir nada.
Lo entendí.
Forcé una sonrisa.
—Muy bien —dijo él.
El organizador sonrió.
—Y bien, ¿qué les parece el lugar?
Thiago me miró.
—Aquí la opinión que importa es la de mi bella prometida.
Apretó ligeramente mi cintura.
—¿Te gusta, amor?
Tragué saliva.
—Sí.
—¿Te encanta?
—Sí.
Sonrió satisfecho.
—Perfecto.
El organizador tomó algunas notas.
—¿Y para cuándo están planeando la boda?
Thiago respondió sin dudar.
—Para el cinco de diciembre.
El hombre levantó la mirada.
—¿El cinco de diciembre?
—Sí.
Thiago me miró.
—¿Verdad, amor?
Sentí que todos estaban observándome.
—Sí.
—Excelente —dijo el organizador—. Entonces tenemos bastante tiempo para preparar cada detalle.
Yo sonreí.
Pero por dentro estaba contando.
Hoy era el 22 de julio.
Faltaban exactamente 136 días.
Ciento treinta y seis días.
Ciento treinta y seis días para mi sentencia.
Ciento treinta y seis días para convertirme en la esposa de Thiago Del Monte.
Miré el anillo que llevaba en mi dedo.
No podía quitármelo.
No podía escapar.
No podía elegir.
Pero una cosa sí podía hacer.
No iba a enamorarme de él.
Podía obligarme a caminar hacia el altar.
Podía obligarme a sonreír.
Podía obligarme a decir "sí".
Pero nadie podía obligar a mi corazón a sentir algo que no sentía.
O eso creía.
Porque mientras observaba a Thiago hablando con el organizador, no imaginaba que aquellos 136 días serían suficientes para cambiar absolutamente todo entre nosotros.