Un alma implacable despierta en un cuerpo ajeno.
Tras el trágico final de la antigua Aria Thorne, un espíritu frío, astuto y deslumbrante toma el control de su vida. Decidida a vengar el humillante pasado de la chica tímida, desmantela la arrogancia de Pietro y destroza la envidia de su hermanastra Chloe.
En la élite universitaria, la nueva Aria se convierte en una pesadilla intocable y despierta el peligroso deseo de Dante Vance. Sin romanticismos ni piedad, un juego de seducción y poder comienza.
La víctima murió... hoy reina la destructora.
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CAPÍTULO 21: El pacto de las sombras
La penumbra del reservado VIP de L'Ombre parecía aislar el espacio del resto del club. La música sorda retumbaba en las paredes mientras la luz tenue se reflejaba en el cristal de las copas. El efecto del vino y la adrenalina acumulada tras un día de confrontaciones comenzaron a ablandar, de forma imperceptible, la armadura de hierro de Aria.
Dante no se movió un solo centímetro. Mantuvo la mano firme sobre su barbilla, acorralándola contra la felpa del sillón, con la mirada clavada en sus ojos oscuros como un depredador que se niega a soltar a su presa.
—Baja los muros un segundo, Aria —murmuró Dante con una voz grave, baja y seductora que resonó en el pecho de ella—. Deja de pelear contra mí. No vine a juzgarte ni a pedirte cuentas por lo que pasó en la universidad; vine porque me rehúso a dejarte sola en medio de la guerra que estás armando.
Aria soltó un suspiro ahogado, apoyando la cabeza contra el respaldo. La calidez del aliento de Dante y su proximidad constante estaban empezando a desarmar el control que tanto le había costado construir. Por primera vez en mucho tiempo, el agotamiento de sostener una fachada perfecta pesó sobre sus hombros.
—No necesito que nadie me proteja, Dante —respondió ella, aunque su voz ya no sonaba tan distante, sino impregnada de una peligrosa intimidad.
—No hablo de protegerte, fiera —corrigió Dante, dibujando una leve sonrisa en sus labios mientras deslizaba los dedos desde su barbilla hacia su cuello—. Hablo de pelear juntos. Sé que estás tramando algo grande y no vas a parar hasta ver arder a todos los que te han molestado. Déjame entrar. Cuéntame qué estás haciendo.
Aria lo miró fijamente. El alcohol y la tensión acumulada crearon una brecha en su discreción. Miró el rostro de Dante, buscando algún rasgo de duda o debilidad, pero solo encontró una fascinación oscura y una lealtad absoluta.
—Acabo de salir de mi departamento —confesó Aria en un susurro áspero, acortando ella misma la distancia entre sus rostros—. Contraté a un investigador privado de alto nivel esta misma tarde. Le pagué para que rastree y desentierre cada secreto, cada fraude y cada trapo sucio de las personas que se han dedicado a joderme la vida.
Dante arqueó una ceja, intrigado, sin apartar los dedos de la piel suave de su cuello.
—¿A quiénes pusiste en tu lista?
—A todos —soltó Aria con una frialdad sanguinaria que le erizó la piel a Dante—. A la familia de Pietro le voy a aplicar la adenda del contrato para embargarles hasta el último centavo, pero quiero la investigación completa de sus fraudes fiscales para que no tengan de dónde levantarse. Sobre Victoria, mandé a rastrear las transferencias ilegales que le ha estado haciendo a la empresa de mi padre mientras él está fuera, sus amantes y sus cuentas secretas. A Chloe le voy a destrozar la reputación revelando cada manipulación que ha intentado cubrir. Y a Alexia... a su familia le voy a desarmar los negocios para que aprenda a cerrarle la boca a su hija.
Dante la escuchó en silencio, fascinado por la claridad táctica con la que Aria estructuraba su venganza. No había rastro de victimismo en ella; era la mente de una ejecutora meticulosa que estaba preparando el terreno antes de dar el golpe final.
—Apenas mandé a recolectar los expedientes —continuó Aria, clavándole la mirada—. El investigador tiene setenta y dos horas. Cuando me entregue esos papeles, no va a quedar nada en pie. Eso es lo que estoy haciendo, Dante. Eso es lo que soy.
Dante soltó una risa baja, cargada de una devoción oscura, e inclinó la cabeza hasta que sus frentes se tocaron.
—Eres una criatura magnifica —murmuró él, tomándola de la cintura con una fuerza posesiva que hizo que el aire se le escapara a Aria—. Me encanta tu crueldad, Aria. Y si eso es lo que vas a hacer, no vas a mover un solo dedo sola. Todo el peso de la familia Vance y mis recursos están a tu disposición. Vamos a aplastarlos juntos.
El ambiente dentro del reservado cambió de golpe. La complicidad del secreto y la alianza de sangre que acababan de sellar encendieron una chispa eléctrica en el aire. La tensión sobrecargada de odio y competencia se transformó en un deseo puro, denso e incontrolable.
Aria levantó las manos y, por primera vez, no usó la fuerza para alejarlo. Sus dedos se enredaron en el cabello oscuro de Dante, tirando de él hacia abajo.
—No juegues conmigo, Vance —advirtió ella sobre sus labios, sintiendo el latido acelerado del corazón de él contra su pecho.
—Ya dejamos de jugar hace mucho tiempo, fiera —respondió Dante.
Sin esperar un segundo más, Dante la tomó por la nuca y la selló en un beso voraz, apasionado y dominante, eliminando cualquier rastro de la distancia que los había separado durante días. Aria respondió al beso con la misma intensidad salvaje, entregándose al fuego que llevaba semanas intentando sofocar.
El contacto de la piel, la respiración agitada y la química desbordada terminaron de romper las últimas barreras. Ya no había espacio para las instrucciones, las precauciones ni los muros de contención.
Dante la tomó de la mano, la puso de pie sin romper el contacto visual y la guio fuera del club bajo la penumbra de la noche. Minutos después, las puertas de la suite privada de Dante se cerraban tras de ellos. En el silencio de la habitación, las palabras quedaron olvidadas mientras la pasión contenida estallaba por completo, eran días de un distanciamiento tortuoso y de reprimir sus deseos, todo se mezclaba a hecho de estar solo y sin interrupciones de nada.