Micaela es una joven humilde y llena de sueños que gana una beca para estudiar Literatura en una de las universidades más importantes del país.
Allí conoce a Nicolás, el director: un hombre atractivo, poderoso y verdadero dueño de la universidad.
Todos conocen su fama: relaciones ocultas con alumnas y un corazón que nunca se queda con nadie.
Pero cuando Micaela llega, algo empieza a cambiar.
Ella no quiere dinero ni poder, solo estudiar y salir adelante.
Aun así, el amor aparece cuando menos se espera, incluso donde no debería existir.
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capítulo 21: Corazón confundido
Micaela salió de la oficina con el corazón apesadumbrado. Realmente había creído que el director la amaba, pero lo que escuchó esa mañana, sumado al silencio que guardó ante su pregunta, la llevó a esa dolorosa conclusión.
Iba tan apresurada y con la mente nublada que tropezó con doña Estela, quien, lejos de molestarse, le dedicó una sonrisa amable y percibió la tristeza en la joven.
Alzando un poco más la vista, Micaela pudo mirar bien a la señora elegantemente vestida, que le pareció encantadora y que aún conservaba la sonrisa en su rostro.
—Perdón, señora, venía distraída y no la vi —murmuró Micaela, intentando ocultar su estado.
—No se preocupe, jovencita—Contestó, con una mirada tranquila hacia ella.
Micaela, como ya no quería estar en presencia de nadie, solo asintió y continuó su camino. Estela la observó alejarse, sin poder quitarse de la cabeza que aquella chica estaba atravesando algo muy profundo. Sin embargo, dejó de lado esos pensamientos y entró a la oficina de su hijo.
—Amor, tu padre y yo nos iremos a la casa familiar —le dijo a su hijo Nicolás—, y notó que su mirada estaba distante; normalmente pensativo, pero esta vez con un dolor interno evidente.
Él solo la miró y asintió. La verdad era que estaba confundido por sus sentimientos hacia Micaela, y que ella lo hubiera rechazado cuando intentó besarla le dolía profundamente.
—Nicolás Alejandro de la Vega Mora, mírame y dime qué te ocurre. Te conozco, hijo —dijo su madre, al principio con fuerza, pero luego suavizó la voz y se acercó a él, llena de preocupación.
—Nada, mamá cosas de hombres —respondió Nicolás, claramente desalentado.
—Te conozco, hijo, pero no insistiré. Hay batallas que cada guerrero debe librar solo —dijo—. Sin embargo, permíteme darte un consejo: si algo te confunde, especialmente por lo que nace aquí —añadió, tocando su corazón—, no te quedes con la duda ni con la posibilidad. Ve por ello, hijo.
Concluyó su madre, como si comprendiera la razón de su estado; su experiencia de vida la había convertido en una mujer sabia.
Nicolás asintió, dándole vueltas a lo que su madre le había dicho y perdiéndose aún más en sus pensamientos. Su madre, al verlo así, le sonrió con comprensión y salió de la oficina.
Al caer la tarde, Micaela terminó las actividades que, aunque complejas, resolvió en pocos minutos gracias a su capacidad intelectual. Su urgencia era irse a casa y no cruzarse con nadie, especialmente con el director.
Salió de la universidad y tomó la buseta de tablilla verde. Esta vez, por suerte, encontró una silla vacía; casi siempre le tocaba ir de pie. Agradecida, no dudó en sentarse, y menos ahora que estaba embarazada. Apoyó ambas manos sobre su vientre, en un gesto protector hacia el pequeño ser que crecía dentro de ella.
Dos horas después, llegó a casa y encontró a su madre en la cocina, como si nunca se moviera de ahí. La saludó y se fue a su habitación, procurando no llorar para evitar las preguntas de sus padres si luego la veían con el rostro hinchado.
Al servirse la cena, pedía a Dios que no le dieran náuseas, más aún porque su padre la observaba con desconfianza, como si intentara descubrir lo que ella ocultaba.
Después de la cena, Micaela agradeció que su padre no le preguntara nada, tal como temía. Se sintió un poco más tranquila cuando Sisi fue a verla a su habitación, aunque los nervios seguían ahí. Caminaba despacio de un lado a otro, con las manos entrelazadas, dudando si contarle o no sobre su embarazo.
Sisi la miraba con atención y, cuando estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, Micaela se acercó, la tomó de la mano, la hizo sentarse en la cama y luego se sentó junto a ella.
—Sisi, hay algo que necesito decirte. Es hermoso, sí, pero también da miedo —dijo Micaela, después de tanto pensarlo.
—¿Qué te pasa, Mica? Así como estás me estás asustando —preguntó Sisi, asustada.
—Es que.. me enamoré, Sisi —confesó Micaela en voz baja.
—¿Te enamoraste? —repitió Sisi, como si no lo hubiera escuchado bien.
—Sí, Sisi, shhh —le dijo Micaela, llevándose un dedo a los labios para que bajara la voz.
Sisi comprendió la señal de Micaela. Era tan expresiva que cualquier emoción fuera de su contorno la sorprendía y, a veces, le hacía perder la prudencia.
—Me enamoré de alguien que no debería, alguien distinto a mí, tan atractivo, tan admirable, tan fuera de mi alcance —continuó Micaela, dejando que sus sentimientos hablaran por ella.
Sisi la miró con ojos abiertos y pronto sonrió, llena de travesura
—¡Ay, Mica! Eso de enamorarse es lindo, aunque sí, puede ser complicado para chicas como nosotras —comentó Sisi, dejando atrás su sonrisa inicial para mostrar un gesto más pensativo—. Pero dime de quién se trata, porque por la forma en que lo cuentas, parece un galán de esas novelas que veíamos de niñas. ¡A ver, dime! ¿Quién es? —preguntó, recuperando su entusiasmo.
—Si supieras, Sisi, en la que me he metido. El hombre al que amo con locura es el director de la Vega —respondió Micaela, con pesar al pronunciarlo.
—¿¡Que el director de la universidad el mismo que casi te mata por tomar su libro qué!? —su reacción fue un carraspeo de sorpresa.
—Sí, Sisi, pero shh que nadie nos escuche. Y eso no es lo que más me preocupa. Me entregué a él por amor ¡y ahora estoy embarazada!
Terminó de contarle con un tono de voz suave, pero lo suficientemente claro como para que su madre, que en ese momento entró a la habitación, lo escuchara. El miedo la invadió tanto que el vaso de jugo que sostenía tembló en sus manos.