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La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: La casa de Leonardo

El silencio dentro del automóvil se extendió durante casi todo el trayecto. Amelia iba en el asiento del acompañante, con las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada fija en la carretera. Gael conducía con la misma concentración con la que firmaba contratos: sin gestos innecesarios, sin prisa aparente.

Habían salido de la Torre Santoro apenas media hora después de recibir la respuesta del Grupo Llorente. No había tiempo que perder. Si Victoria y Esteban estaban dispuestos a presentar declaraciones juradas tan rápido, también podían estar dispuestos a hacer desaparecer cualquier rastro físico que todavía existiera.

—La casa está en las afueras —dijo Amelia cuando el paisaje urbano comenzó a quedar atrás—. Mi padre la compró cuando yo tenía doce años. Nunca quiso venderla, aunque después de su muerte casi nadie la visitaba.

Gael asintió sin apartar la vista de la carretera.

—¿Quién tiene las llaves?

—Yo. Las recuperé hace tres años, cuando mi madre decidió mudarse con su hermana. Nadie más debería tener acceso.

La palabra “debería” quedó flotando entre ambos.

Llegaron al anochecer. La propiedad se alzaba al final de un camino de grava, rodeada de árboles altos que proyectaban sombras largas sobre la fachada. No era una mansión, pero tampoco una casa modesta. Tenía el aspecto de un lugar pensado para alguien que valoraba la privacidad por encima de las apariencias.

Amelia bajó del automóvil y se quedó unos segundos observando la entrada. La última vez que había estado allí fue para recoger algunas cajas después del funeral. Desde entonces, había preferido no regresar.

Gael se colocó a su lado.

—¿Estás lista?

—No —respondió ella con honestidad—. Pero vamos a entrar de todas formas.

La llave giró con dificultad. El aire en el interior olía a madera cerrada y a polvo antiguo. Amelia encendió la luz del recibidor. Todo permanecía casi igual: los mismos muebles oscuros, la misma mesa de consola junto a la escalera, el mismo reloj de pared que ya no funcionaba.

—La oficina de mi padre está arriba —dijo—. Si guardó algo importante, estará allí.

Subieron en silencio. La planta alta estaba en penumbra. Amelia abrió la puerta de la oficina y se detuvo en el umbral.

El escritorio de Leonardo Ferrer seguía frente a la ventana. Los estantes todavía contenían libros de arquitectura, carpetas viejas y algunos objetos personales que nadie se había atrevido a tirar. Sobre una de las repisas había una fotografía enmarcada: Leonardo y Alessandro Santoro, mucho más jóvenes, firmando un documento.

Gael se acercó a la imagen.

—Mi abuelo tenía una copia de esta misma fotografía en su estudio.

Amelia no respondió. Se dirigió directamente al escritorio y comenzó a abrir los cajones. La mayoría contenían papeles sin importancia, facturas antiguas y libretas con anotaciones técnicas. En el cajón inferior, sin embargo, encontró una caja metálica pequeña, del tamaño de un libro grueso.

La reconoció de inmediato.

Era la misma caja que su padre no permitía que nadie tocara.

Amelia la colocó sobre el escritorio. Estaba cerrada con un candado sencillo. Probó varias combinaciones de fechas importantes. Ninguna funcionó.

Gael observó en silencio.

—¿Quieres que la forcemos?

—Todavía no.

Amelia se quedó mirando el candado. Entonces recordó algo. Su padre solía usar el mismo número para varias cosas: el código de la alarma de la casa antigua, el de una caja de seguridad que tuvo durante un tiempo, incluso el de su maletín.

Probó la combinación.

El candado se abrió.

Dentro de la caja no había dinero ni joyas. Solo un sobre grueso de color crema y una libreta pequeña de tapa negra. Amelia abrió el sobre con cuidado. Contenía varios documentos doblados y una carta manuscrita.

La letra era de su padre.

Se sentó lentamente en la silla del escritorio y comenzó a leer.

Gael permaneció de pie, a una distancia respetuosa.

La carta no era larga, pero cada línea pesaba.

Leonardo Ferrer escribía que, si Amelia llegaba a leer aquellas palabras, significaba que algo había salido mal. Explicaba que el Proyecto Legado no era solo un activo empresarial. Era un conjunto de derechos sobre una ruta estratégica de desarrollo que, en el momento de su creación, tenía el potencial de cambiar el equilibrio de poder entre varios grupos económicos. Por esa razón, él y Alessandro Santoro habían decidido estructurarlo de forma que solo pudiera activarse bajo condiciones muy específicas.

Y una de esas condiciones era que la heredera legítima de Leonardo tuviera conocimiento pleno y capacidad de decisión.

Amelia levantó la vista hacia Gael.

—Mi padre sabía que alguien intentaría ocultarme esto.

Gael se acercó y leyó por encima de su hombro. Su expresión se endureció.

—Hay más —dijo Amelia, pasando a la siguiente hoja.

Se trataba de un documento societario original. En él aparecía claramente el nombre de Amelia Ferrer como beneficiaria de una participación vinculada al Proyecto Legado. La fecha coincidía con los últimos meses de vida de Leonardo.

Debajo había una anotación adicional, escrita a mano:

Si los Llorente intentan intervenir, busca a Alessandro. Él sabrá qué hacer.

Amelia sintió un nudo en la garganta.

—Tu abuelo —susurró.

Gael no respondió de inmediato. Tomó el documento con cuidado y lo examinó bajo la luz.

—Este papel no está registrado en ningún archivo público que hayamos encontrado. Si es auténtico, cambia por completo la posición legal.

Amelia abrió la libreta negra. Contaba con varias páginas de anotaciones, fechas, nombres y números de cuenta. En la última hoja había una dirección que no reconocía y un nombre subrayado dos veces:

Martín Rivas.

—¿Te suena ese nombre? —preguntó ella.

Gael negó con la cabeza.

—No. Pero lo vamos a investigar.

Amelia cerró la libreta y guardó todo dentro de la caja metálica. Antes de levantarse, miró una última vez la fotografía de los dos hombres.

—Mi padre me protegió ocultándome la verdad —dijo en voz baja—. Ahora no sé si eso fue un acto de amor o un error.

Gael guardó silencio unos segundos.

—Tal vez fue ambas cosas.

Salieron de la oficina con la caja bajo el brazo de Amelia. Bajaron la escalera con cuidado, conscientes de cada sonido que hacían. Cuando llegaron al recibidor, Gael se detuvo de golpe.

—Espera.

Amelia se quedó inmóvil.

La puerta principal no estaba exactamente como la habían dejado. El pestillo estaba en una posición ligeramente distinta. Y sobre el suelo, junto al felpudo, había una pequeña marca de tierra que no estaba allí cuando entraron.

Alguien había estado dentro de la casa mientras ellos estaban arriba.

O, peor aún, alguien seguía dentro.

Gael hizo un gesto para que Amelia se colocara detrás de él. Sacó el teléfono y marcó un número en silencio. Habló apenas unas palabras. Después guardó el aparato y miró hacia el pasillo que conducía a la cocina.

—No estamos solos —dijo en voz muy baja.

Amelia apretó la caja metálica contra el pecho.

Por primera vez desde que había comenzado aquella guerra, sintió que el peligro había dejado de ser solo legal.

Ahora era físico.

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