Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 4
Cap 4 — La infiltrada
Valentina sonrió.
Era una sonrisa ensayada frente al espejo del baño a las tres de la mañana, cuando Martín ya dormía y Gladys roncaba en la habitación de al lado. Había practicado durante horas hasta que le salió natural. La curvatura justa de los labios. Los ojos entrecerrados con un brillo que podía pasar por cariño.
Ahora la usaba como un arma.
—Martín, estuve pensando... quiero dejar mi trabajo y entrar a la empresa. Podría ayudarte en el área de finanzas.
Estaban sentados a la mesa del comedor. Gladys servía un caldo de pollo que olía a cilantro y a grasa. Martín masticaba un pedazo de pan con la vista fija en su celular.
Cuando escuchó las palabras de Valentina, levantó los ojos. La mandíbula tensa. Las cejas juntas. El cálculo rápido detrás de la sonrisa falsa.
—Mi amor, acabas de salir del hospital. No deberías trabajar todavía, necesitas descansar.
—Ya me siento bien. Además, tengo unos ahorros que quería invertir en la empresa. Como doscientos mil. Sería bueno ponerlos a trabajar, ¿no?
La reacción fue instantánea.
Martín y Gladys intercambiaron una mirada. Rápida. Codiciosa. Casi imperceptible.
Valentina la atrapó al vuelo. Conocía esa mirada. Era la misma que ponían cuando hablaban de dinero a sus espaldas.
—Bueno... si tú insistes —dijo Martín, fingiendo reluctancia—. Puedo ponerte en el departamento de contabilidad. Pero no te vayas a presionar demasiado, ¿eh?
—No te preocupes. —Le puso la mano en el brazo y apretó suavemente. Por dentro sintió que se le revolvía el estómago—. Solo quiero ayudarte.
Gladys masticó un trozo de pollo con expresión satisfecha.
—Mira, hasta que por fin se le ocurre algo útil.
Valentina bajó la cabeza y siguió comiendo. Debajo de la mesa, su otra mano estaba cerrada en un puño.
El departamento de contabilidad de Empresas Reyes ocupaba un cuarto piso sin ventanas que olía a café viejo y a tóner.
Valentina llevaba dos semanas ahí. Sentada en un escritorio arrinconado junto a la impresora. Haciendo el trabajo que nadie más quería hacer: conciliar facturas, archivar recibos, actualizar hojas de cálculo que nadie revisaba.
Los compañeros la trataban con una mezcla de indiferencia y sospecha. Sabían que era la esposa del dueño, lo cual la convertía en alguien a quien respetar y vigilar al mismo tiempo.
El jefe de contabilidad —un hombre calvo llamado Rogelio que sudaba mucho y hablaba poco— pasaba por su escritorio tres veces al día para asegurarse de que no estuviera tocando nada que no debiera.
Valentina no tocaba nada. No todavía.
El jueves de la tercera semana, Rogelio salió temprano. Tenía una cita con el dentista, o eso dijo. Valentina vio cómo guardaba las llaves de su oficina en el segundo cajón de su escritorio antes de irse. El mismo cajón que nunca cerraba con llave porque nadie en esa oficina se atrevería a abrirlo.
Nadie excepto ella.
Esperó una hora. Luego otra.
A las ocho de la noche, el último empleado apagó su computadora, le deseó buenas noches y se fue. Valentina contó hasta cien. Luego se levantó, caminó hasta el escritorio de Rogelio, abrió el cajón y sacó las llaves.
Le temblaban las manos. Tanto que tuvo que apretarlas con las dos manos para que no tintinearan mientras caminaba por el pasillo vacío.
Abrió la puerta de la oficina. Encendió la computadora. Mientras el sistema cargaba, sacó el celular y abrió la cámara.
Lo que encontró le heló la sangre.
La empresa había sido registrada a nombre de ambos tres años atrás, cuando se casaron. Pero en algún momento de los últimos dieciocho meses, la representación legal había sido transferida únicamente a Martín.
Sin su firma. Sin su consentimiento. Sin siquiera una notificación.
Fue pasando archivos uno por uno. Con la meticulosidad de quien sabe que solo tiene una oportunidad.
Balances que no cuadraban. Facturas de proveedores que no existían —empresas fantasma con direcciones en zonas industriales abandonadas—. Transferencias a cuentas bancarias que ella nunca había visto. Algunas a nombre de Gladys. Otras a nombre de personas que no conocía.
Los números contaban una historia que ningún contador honesto habría dejado pasar: evasión fiscal sistemática, gastos inflados, dinero que entraba por una puerta y salía por otra sin dejar rastro.
Valentina fotografió cada pantalla. Cada documento. Cada cifra.
El corazón le latía tan fuerte que sentía los latidos en los oídos. Cada vez que un ruido sonaba en el pasillo —el zumbido del aire acondicionado, el crujido de una tubería— se le cortaba la respiración.
Estaba en la cuarta carpeta de archivos cuando escuchó el sonido.
Ding.
El elevador.
Valentina cerró la pantalla de golpe. Apagó la luz. Se quedó inmóvil en la oscuridad, con el teléfono apretado contra el pecho y la boca seca.
Pasos en el pasillo. Lentos. Pesados. Con el ritmo inconfundible de alguien que no tiene prisa.
La puerta de la oficina estaba entreabierta.
Contuvo la respiración. Se deslizó detrás del archivero metálico y rezó —por primera vez en años, rezó de verdad— para que quien fuera no entrara.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Un segundo. Dos. Tres.
Luego siguieron de largo.
Valentina esperó cinco minutos antes de moverse. Salió de la oficina, cerró con llave, devolvió las llaves al cajón de Rogelio y caminó hasta su escritorio. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que sentarse un momento.
Sacó el teléfono. Abrió el correo encriptado que Sebastián le había configurado y envió las fotografías, una por una, con un mensaje breve:
Cambió la representación legal sin mi consentimiento. Hay evasión fiscal y posible lavado de dinero. Las pruebas están en las fotos.
La respuesta llegó en menos de un minuto:
Recibido. No vuelva a entrar a esa oficina hasta que yo le diga. Buen trabajo.
Valentina guardó el teléfono. Se permitió, por primera vez en semanas, cerrar los ojos y soltar el aire que llevaba conteniendo.
Buen trabajo.
Dos palabras. Le bastaron.
Pasó un mes.
Un mes de sonrisas falsas en los desayunos. De buenas noches, mi amor dichos con la mandíbula apretada. De soportar las órdenes de Gladys y los silencios de Martín. Un mes de fingir que seguía siendo la misma mujer que ellos creían haber domesticado.
Por las noches, cuando la casa estaba en silencio, se encerraba en el baño con el celular y revisaba los mensajes de Sebastián. Él le pedía datos específicos —fechas de transferencias, números de cuenta, nombres de proveedores— y ella los conseguía.
Cada noche, antes de dormir, se tocaba el vientre plano y pensaba en su hijo. No para llorar. Para recordar por qué estaba haciendo todo esto.
Fue durante una de esas noches que recibió otro mensaje. Pero no de Sebastián.
Era del investigador privado.
Tengo lo que necesita. Hotel Palomar, habitación 512. Hoy entraron juntos a las 19:40. Fotos adjuntas.
Abrió las fotos.
Martín y Camila caminando por el lobby del hotel, él con la mano en la cintura de ella, ella riéndose con la cabeza echada hacia atrás. En la segunda foto estaban frente al elevador. En la tercera, entrando a la habitación.
Se quedó mirando las fotos un largo rato.
La mano en la cintura. La risa. La puerta cerrándose.
Esperó a que le doliera. Esperó el pinchazo en el pecho, la punzada de celos, la humillación.
No llegó.
Lo único que sintió fue algo frío, metálico, preciso. Como el clic de un cerrojo que se abre.
Se miró en el espejo del baño. Ojos secos. Mandíbula firme. Ni una sola lágrima.
Abrió el correo encriptado:
La tengo. Habitación 512. ¿Cuándo actuamos?
La respuesta fue inmediata:
Mañana. Yo me encargo de la logística. Usted solo tiene que estar lista.
Valentina apagó el teléfono. Se lavó la cara con agua fría y se miró una vez más en el espejo.
Estaba lista.
que le consiguió ese trabajo?