Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 24
Todo ocurrió una tarde cualquiera, sin previo aviso. Omar buscaba un documento importante en el cajón de su mesa cuando se topó con una carpeta que no era suya: tenía el membrete de la inmobiliaria más exclusiva de la ciudad, y en la primera hoja aparecía el nombre de Annie Williams como heredera y propietaria de varios edificios y fincas. Se quedó helado, leyendo una y otra vez, sin dar crédito a lo que veía.
En ese momento entró ella, con una taza en la mano, y se detuvo en seco al ver lo que él sostenía. El color se le fue del rostro.
—¿Qué… qué haces con eso? —susurró.
Omar levantó la vista, con los ojos llenos de dolor y confusión.
—¿Es verdad? ¿Todo este tiempo has fingido que apenas tenías para pagar el alquiler? ¿Que te esforzabas por sobrevivir cuando en realidad eres dueña de medio barrio?
—Omar, espera, déjame explicarte —empezó ella, acercándose con voz temblorosa.
—¿Explicar qué? —la cortó él, alzando la voz—. ¿Que te divirtiste viéndome ahorrar cada centavo? ¿Que te pareció gracioso ver cómo me preocupaba por ti pensando que pasabas apuros? ¡Me mentiste! Me hiciste creer que éramos iguales, que los dos empezábamos de cero… ¡y no fue más que una mentira!
Antes de que ella pudiera responder, sonó el teléfono de él sobre la mesa. Annie miró sin querer la pantalla: el nombre de su padre aparecía junto a la leyenda “Grupo Moretti – Fortaleza Empresarial”. Y al lado, una factura abierta por un coche de lujo que costaba más que todo el apartamento entero.
Ahora fue ella quien dio un paso atrás, sintiéndose como si le hubieran dado un golpe en el estómago.
—¿Y tú? —dijo con voz quebrada—. ¿Tú también me mentiste? ¿No eres el chico que tuvo que trabajar duro para salir adelante? ¿Eres el heredero de uno de los mayores imperios de Italia?
Omar cerró los ojos, vencido.
—Sí. Lo soy. Pero no quería que me vieras por lo que tengo, sino por lo que soy. Tenía miedo de que pensaras que solo era un hombre rico que se aburría. De que te acercaras a mí por interés…
—¿Y tú pensaste lo mismo de mí? —gritó ella, con lágrimas que ya no podía contener—. ¿Crees que me importa tu dinero? ¿Crees que te quise por lo que tienes? ¡Yo huí de mi fortuna para ser yo misma! ¡Y tú me hiciste sentir que te estaba mintiendo cuando lo único que quería era que me vieras a mí, no a la hija de los Williams!
—¡Pues lo hiciste muy bien! —replicó él, herido en su orgullo—. ¡Hiciste que creyera que compartíamos lo mismo, que nuestra lucha era igual! ¡Y todo fue una farsa!
—¡No fue una farsa! —insistió ella—. Lo que sentimos no fue mentira. Solo… solo tuvimos miedo. Los dos tuvimos miedo de que el dinero ensuciara lo nuestro. Pero ahora parece que lo único que vemos es el engaño.
Se quedaron en silencio, separados por metros que parecían kilómetros, con los secretos al descubierto y el corazón destrozado. Ambos se sentían traicionados, aunque en el fondo sabían que sus mentiras habían nacido del mismo miedo: perder al otro. Pero en ese momento, el dolor era más fuerte que cualquier explicación.
—No sé en qué creer ya —murmuró Omar, dejando la carpeta sobre la mesa con descuido—. Todo lo que construimos… parece que se sostuvo sobre mentiras.
—Yo tampoco sé —respondió ella bajito, apartando la mirada—. Solo sé que duele mucho saber que no confiaste en mí lo suficiente para decirme la verdad.
Pasaron unos minutos eternos, en los que solo se oyó el tic-tac del reloj de pared. Ninguno se movió, ninguno supo cómo romper ese silencio que pesaba como plomo. Annie se sentó en el borde del sofá, se cubrió el rostro con las manos y dejó salir todo el llanto que había estado reteniendo. Omar la miró, y poco a poco la rabia se le fue transformando en una tristeza profunda, en la certeza de que él también había fallado.
—Yo… yo te juro que nunca quise engañarte —dijo ella al fin, con la voz ahogada—. Cuando llegaste a mi puerta, perdido y sin alojamiento, no pensé en ocultar nada por maldad. Solo… llevaba años escapando de mi apellido. De que todos me miraran solo como la hija de los Williams, como si no tuviera nombre propio. Tenía tanto miedo de que tú también hicieras lo mismo… de que pensaras que era una niña mimada que jugaba a ser pobre por capricho. Quería que te enamoraras de mí, de la chica que se levanta temprano a trabajar, que se enfada por el desorden, que se ríe de sus propios errores. No de mi dinero.
Omar suspiró profundamente, y su postura rígida se fue relajando, vencido por sus propias razones. Se sentó lejos de ella, pero la miró con los ojos llenos de culpa.
—Y yo tenía miedo de lo contrario —confesó él—. Toda mi vida la gente se me ha acercado buscando algo: negocios, favores, lujos. Nadie nunca se había quedado conmigo cuando no tenía nada que ofrecerle. Cuando llegué aquí, sin maletas, sin contactos, sin mi nombre… por primera vez alguien me trató como a un hombre normal. Me regañaste, me ayudaste, me escuchaste sin pedir nada a cambio. Y me aterrorizó que al saber la verdad, todo cambiara. Que vieras al heredero y no al hombre que duerme en tu sofá y que se le quema la pasta.
—¿Así que… los dos mintimos por el mismo motivo? —preguntó ella, levantando la vista con los ojos hinchados—. Por miedo a no ser amados tal como somos?
—Parece que sí —admitió él con una media sonrisa triste—. Somos dos idiotas que hicimos lo peor que se puede hacer en el amor: ocultarnos la verdad para intentar parecer más dignos. Sin darnos cuenta de que ya éramos perfectos el uno para el otro tal como éramos.
Annie se secó las lágrimas con la manga y se atrevió a acercarse un poquito más.
—¿Crees que puedes perdonarme? Sé que te fallé al no confiar en ti.
—Y tú a mí —respondió él, extendiendo la mano despacio, hasta que ella la tomó—. Pero no hay nada que perdonar, porque entiendo tu miedo como si fuera el mío propio. Lo único que importa ahora es que ya no hay secretos. Ya no hay máscaras. Soy Omar Moretti, con todo lo que eso implica, pero sobre todo soy el hombre que te quiere. Y tú eres Annie Williams, la mujer más valiente y maravillosa que he conocido. Nada de lo que tenemos cambia lo que sentimos. ¿Verdad?
—Nada —respondió ella con firmeza, apretando su mano—. Ni el dinero, ni los apellidos, ni las mentiras del pasado. Lo que hay entre nosotros es más fuerte que todo eso. Y la próxima vez que tengamos miedo… lo decimos. No lo guardamos.
—Trato hecho —dijo él, atrayéndola hacia sí para abrazarla con alivio—. Ya no hay más mentiras. Solo nosotros.