Brooklyn, 1986. Dante Rizzuto tiene doce años cuando presencia el funeral de su padre, Enzo, un capo de la mafia asesinado en un callejón. Su tío Salvatore, el nuevo jefe de la familia, lo cría bajo el código de la Cosa Nostra: el respeto se gana con poder, el poder se mantiene con miedo. Bajo la tutela de su tío, Dante se convierte en "Il Fantasma", un asesino frío y calculador que se mueve entre las sombras del bajo mundo de Nueva York.
Pero el pasado nunca muere del todo. Cuando Dante conoce a Elisa, una fotógrafa de arte que ve más allá de su fachada de hombre de negocios, comienza a cuestionar todo lo que ha aprendido. El amor se convierte en su primer acto de rebeldía, y la traición de su tío desencadena una guerra que lo enfrentará a su propia sangre.
En una carrera contrarreloj entre la venganza y la redención, Dante deberá infiltrarse en la fortaleza de su tío durante la Noche de las Máscaras, una velada veneciana donde los capos de las cinco familias celebran una tregua fic
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EL PESO DE LA CORONA
Capítulo 11
La noticia del atentado se extendió como un reguero de pólvora por todo el bajo mundo. La guerra había comenzado de nuevo. Dante, a pesar de su retiro, se vio obligado a regresar a Nueva York para enfrentar a su tío. Era una cuestión de honor, de sangre, de lealtad.
Se reunió con Marco Jr. y los capitanes de la familia en el sótano de la panadería, el mismo lugar donde todo había comenzado. "Mi tío ha declarado la guerra," dijo Dante, su voz firme a pesar de su herida. "No podemos permitir que su venganza destruya todo lo que hemos construido."
"¿Qué planea hacer, Don Rizzuto?" preguntó Marco Jr.
"Planearé su funeral," respondió Dante, con una frialdad que helaba la sangre. "Esta vez, no habrá tregua. Esta vez, será hasta la muerte."
Dante orquestó una operación masiva para localizar a Salvatore. Usó todos sus contactos, todos sus recursos, toda su influencia. Finalmente, descubrió que su tío se escondía en una mansión en las afueras de Nueva York, rodeado de hombres leales.
La noche del ataque, Dante lideró personalmente a sus hombres. Entraron en la mansión como sombras, eliminando a los guardias con silenciadores. Fue una batalla sangrienta, un baile de muerte que duró horas. Finalmente, Dante llegó al despacho de su tío, donde Salvatore lo esperaba, sentado detrás de un escritorio, con una pistola en la mano.
"Has llegado, sobrino," dijo Salvatore, con una sonrisa amarga. "Sabía que vendrías."
"Es hora de terminar esto, tío," dijo Dante, apuntando su pistola. "Por mi padre. Por Marco. Por todos los que has destruido."
"¿Crees que matarme te dará paz?" preguntó Salvatore, riendo. "Siempre serás un esclavo de tu pasado."
Dante no respondió. Disparó, un tiro limpio en el pecho. Salvatore cayó al suelo, su rostro aún con una sonrisa burlona. Dante se acercó a su cuerpo, sintiendo una mezcla de alivio y vacío. La venganza estaba completa.
Mientras miraba el cuerpo de su tío, Dante sintió una oleada de emociones contradictorias. Había esperado este momento durante años, pero ahora que había llegado, no se sentía victorioso. Solo sentía cansancio.
"Descansa en paz, tío," murmuró, en voz baja. "Que Dios tenga piedad de tu alma."
Marco Jr. entró en la habitación, con el rostro ensangrentado pero victorioso. "Ha terminado, Don Rizzuto. Hemos ganado."
Dante asintió, pero su mirada estaba perdida en el horizonte. "Sí, Marco. Hemos ganado. Pero a qué costo."
La batalla había dejado un saldo de más de veinte muertos, incluyendo a varios de los hombres más leales de Dante. La mansión de Salvatore estaba en ruinas, y la guerra había causado un daño irreparable a la estructura de la familia. Dante sabía que la reconstrucción sería larga y dolorosa, pero también sabía que era necesario.
Se sentó en el escritorio de su tío y comenzó a escribir una lista de los capitanes que habían sobrevivido, de los negocios que aún funcionaban, de las deudas que debían pagarse. Era el comienzo de una nueva era, y Dante estaba decidido a hacerlo bien.
Esa noche, mientras los hombres de la familia celebraban la victoria, Dante se retiró a su habitación. No podía compartir su alegría. Sabía que la guerra había terminado, pero también sabía que las cicatrices que dejaba nunca sanarían por completo. Se sentó en la cama, con la foto de su padre en las manos, y lloró en silencio. No era un llanto de tristeza, sino de liberación.
La noche se cernía sobre Nueva York, y las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas en un cielo artificial. Sin embargo, en el interior de la mansión de Salvatore, la atmósfera era densa, impregnada de sangre y pólvora. Dante se quedó sentado en el escritorio de su tío, sintiendo el peso de la historia sobre sus hombros. Sabía que la victoria tenía un precio, y el costo era alto.
Mientras la celebración resonaba en el piso de abajo, con risas y brindis que ocultaban el dolor de la batalla, Dante se sumergió en sus pensamientos. La imagen de su padre lo atormentaba. Recordaba las historias que le contaba sobre la familia, sobre cómo habían llegado a ser lo que eran. Su padre siempre había hablado de honor, respeto y lealtad. Pero ahora, todo eso parecía un eco distante en medio del caos.
Con la foto de su padre aún en las manos, Dante sintió una punzada de nostalgia. "¿Qué habrías hecho, papá?" murmuró al aire. La respuesta nunca llegó, pero en su corazón sabía que su padre habría deseado una familia unida, no una manada de lobos devorándose entre sí.
Decidido a honrar su memoria, se levantó y salió de la habitación, dejando atrás el despacho de Salvatore y su legado de destrucción. Al descender las escaleras, se encontró con Marco Jr., quien lo esperaba en el vestíbulo con un vaso de whisky en la mano.
"Don Rizzuto," comenzó Marco, su rostro aún manchado con los restos de la batalla. "La mayoría de los hombres están celebrando, pero algunos quieren hablar contigo. Están preocupados por el futuro."
Dante asintió, sintiendo la responsabilidad que recaía sobre él. "Llévalos a la sala principal," dijo con firmeza. "Es hora de que hablemos."
Al entrar en la sala, se encontró con los rostros cansados pero determinados de sus capitanes. Algunos habían perdido a amigos cercanos en la batalla; otros llevaban cicatrices visibles y ocultas. Dante sintió una oleada de respeto por ellos. Eran hombres que habían estado a su lado en los momentos más oscuros.
"Gracias a todos por estar aquí," comenzó Dante, su voz resonando con fuerza. "Hoy hemos ganado una batalla, pero la guerra por nuestro futuro apenas comienza."
Un murmullo de asentimiento recorrió la sala. Marco Jr. se colocó a su lado, listo para respaldar cada palabra.
"Salvatore ha sido eliminado," continuó Dante. "Pero eso no significa que nuestros problemas hayan terminado. Hay quienes esperan aprovecharse de nuestra debilidad. Debemos ser astutos y unidos. Esta familia ha sido dividida durante demasiado tiempo."
Uno de los capitanes, un hombre robusto llamado Franco, se adelantó. "Don Rizzuto, ¿qué pasará con los negocios? Muchos de nosotros hemos perdido hombres leales esta noche."
Dante respiró hondo. "Reestructuraremos todo. Cada negocio que aún funcione será priorizado. Necesitamos mantener nuestra influencia y demostrar que somos más fuertes que nunca. Pero también debemos recordar a los que hemos perdido y honrar su memoria."
Las palabras resonaron en el corazón de los presentes. Sabían que las cicatrices serían profundas, pero también comprendían que la lealtad y el honor eran más importantes que nunca.
"¿Y qué hay de los enemigos que quedan?" preguntó otro capitán, con preocupación en su mirada. "Salvatore tenía aliados."
Dante asintió. "Sí, y debemos actuar con cautela. La inteligencia es nuestra mejor arma ahora. Vamos a enviar mensajes claros: aquellos que se alineen con nosotros tendrán nuestro apoyo; aquellos que nos desafíen enfrentarán las consecuencias."
La reunión continuó durante horas, discutiendo estrategias y planes para el futuro. Dante se sintió revitalizado al ver la determinación en los rostros de sus hombres. Era un nuevo comienzo, una oportunidad para reconstruir lo que había sido destruido.
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