Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 6
Emilia encendió el anillo de luz y acomodó la cámara frente a su mesa de trabajo. El taller que Sebastián había preparado en el departamento era perfecto para las transmisiones — luz natural por el ventanal, fondo limpio, y la acústica justa para que el sonido de la gubia contra la madera se escuchara con claridad.
—Buenas noches —dijo a la cámara—. Hoy seguimos con el koi. Voy a trabajar las aletas pectorales, que son la parte más delicada.
Los comentarios empezaron a aparecer. Los de siempre: seguidores que la saludaban, que preguntaban qué madera usaba, que le pedían que mostrara las herramientas nuevas. Una chica de Monterrey le preguntó si las gubias Pfeil eran tan buenas como decían — Emilia levantó la gubia número once, la giró bajo la luz del anillo y dejó que el filo hablara por sí mismo contra la curva de la aleta. La viruta salió entera, fina como papel de arroz.
—¿Ven? —dijo—. Un solo paso. Con la gubia anterior necesitaba tres.
Los leía en voz alta mientras tallaba, respondiendo con naturalidad, riendo cuando alguien decía algo gracioso. El chat se movía rápido esta noche — cuatrocientos espectadores, su mejor cifra hasta ahora.
A los quince minutos apareció el mensaje:
**XL**: Las aletas pectorales del koi deberían tener una curvatura de 15 grados si quieres que capturen la luz lateral. Buen bloque de nogal, por cierto.
Emilia sonrió.
—XL, otra vez tú. —Levantó la pieza para mostrarla a la cámara—. ¿Cómo sabes que es nogal? No lo dije.
**XL**: Por la veta. Y por el sonido que hace la gubia al entrar. El nogal tiene un tono más seco que el cedro.
—Este hombre sabe de madera —les dijo Emilia a los demás seguidores—. XL, ¿eres tallador?
**XL**: No. Solo observo.
Una donación apareció en pantalla: cinco mil pesos. De XL. Emilia parpadeó.
—XL, gracias, pero no necesitas donar tanto. En serio.
Otra donación. Tres mil más.
—Ay, XL…
Los comentarios del chat explotaron en emojis de corazón y en teorías sobre quién era XL — un novio secreto, un millonario aburrido, un acosador generoso. Emilia se rio de todas y siguió tallando.
Cuando terminó la transmisión, revisó el historial de donaciones. XL llevaba ocho meses como su mayor donante. Había comprado tres piezas de sus sorteos — una a través de una cuenta secundaria, otra a través de lo que parecía un intermediario. Y una de esas piezas era un ruyi tallado en madera de sándalo que Emilia había hecho el año anterior como proyecto final.
Marcó a Daniela por videollamada.
—Amiga, tengo un fan que se llama XL. Siempre dona un montón y sabe de madera como si hubiera estudiado carpintería. Me da curiosidad.
Daniela estaba comiendo Cheetos en su dormitorio de la universidad, con el pelo recogido en una toalla y un libro de historia del arte abierto boca abajo sobre la almohada.
—¿XL? ¿No será tu prometido?
Emilia soltó una carcajada.
—Dani, Sebastián no tiene tiempo para ver livestreams. El hombre trabaja hasta las once de la noche. Apenas ve la televisión.
—Ajá. ¿Y cómo sabe qué shampoo usas?
—Eso es diferente.
—¿En qué es diferente?
Emilia no supo contestar.
—Es que piénsalo —dijo Daniela, señalándola con un Cheeto—. El tipo sabe qué madera estás usando con solo escuchar el sonido. ¿Cuántas horas tiene que haberte visto tallar para notar eso?
—Hay gente que sabe de madera, Dani. No todo el mundo tiene que ser mi prometido.
—Ya, pero tu prometido que "no tiene tiempo para ver livestreams" casualmente te regaló las Pfeil que mencionaste UNA VEZ en una transmisión a las diez de la noche. A las diez de la noche, Emilia.
Emilia abrió la boca. La cerró. Daniela se metió otro Cheeto y la miró con una expresión que decía "te lo dije" sin necesidad de decirlo.
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En la torre de Grupo Mendoza, en el piso treinta y dos, Sebastián tenía el livestream de Emilia abierto en una ventana minimizada en la esquina inferior derecha de su monitor. El sonido estaba en silencio — solo la imagen. Emilia tallando con las mangas enrolladas, el cabello recogido en una coleta, los hoyuelos marcándose cada vez que sonreía al chat.
La puerta se abrió. Ramón entró con una carpeta.
—Señor Mendoza, los estados financieros del—
Sebastián cerró la ventana con un clic. La pantalla mostró una hoja de cálculo.
—¿Necesitas algo? —dijo, sin alterarse.
Ramón miró la pantalla. Miró a Sebastián. Dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Nada, jefe. Buenas noches.
Salió cerrando la puerta con cuidado. En el pasillo, con los estados financieros contra el pecho, Ramón Torres miró la puerta cerrada del despacho. Seis años trabajando para ese hombre. Seis años sin verlo distraerse con nada que no fuera un contrato o una cifra.
Por primera vez, se permitió una sonrisa.
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Al día siguiente, Emilia revisó el perfil de XL con más cuidado. Sin foto. Sin biografía. La cuenta tenía ocho meses de antigüedad — creada exactamente la semana en que ella había cambiado de plataforma de streaming. Había donado un total de ciento cuarenta mil pesos. Había ganado tres sorteos: una pieza de cerezo con forma de grulla, un portaplumas tallado en ébano, y el ruyi de sándalo.
El ruyi. Emilia recordaba esa pieza. Le había llevado tres semanas, tallando las nubes y los hongos lingzhi con un detalle que probablemente nadie más que ella apreciaría. La había sorteado por quinientos pesos la participación. XL había comprado sesenta participaciones.
Treinta mil pesos por una pieza de madera que valía, en el mejor de los casos, cinco mil.
Alguien quería ese ruyi. Alguien que sabía exactamente lo que estaba comprando.
Emilia cerró el historial y fue a prepararse un té. El departamento olía a cedro frío — Sebastián había pasado por la mañana a recoger unos documentos — y a lavanda del suavizante que Doña Rosa usaba en las sábanas.
Esa noche, Emilia encontró a Sebastián leyendo en el sillón. Se sentó en el otro extremo con las piernas cruzadas y un tazón de fruta.
—Sebastián.
—Dime.
—¿Tienes novia?
Él pasó la página del libro sin levantar la vista.
—No.
—¿Alguien que te guste?
Pausa. Sebastián bajó el libro un centímetro.
—¿Por qué preguntas?
—Curiosidad de prometida —dijo Emilia, encogiéndose de hombros con una ligereza que no sentía—. Digo, nos vamos a casar. Debería saber si hay alguien.
Sebastián la miró. Los ojos oscuros, fijos, con esa profundidad que ella no lograba tocar fondo.
—No tengo novia —dijo. Y después de un silencio que duró tres latidos—: La persona que me gusta no sabe que existo para ella.
Emilia frunció el ceño.
—¿Cómo que no sabe? Eres Sebastián Mendoza. Todo el mundo sabe que existes.
—No todo el mundo me ve.
El tono no era de autocompasión — era de constatación. Como si hubiera aceptado hace mucho tiempo que la persona en cuestión lo miraba sin verlo, y hubiera construido su vida alrededor de esa ausencia.
Emilia se quedó callada. Algo le pinchó el pecho — debajo del esternón, a la izquierda, en un lugar que no debería doler por algo que no le incumbía. ¿Celos? No podía ser. No tenía derecho a sentir celos de un compromiso que ni siquiera había elegido.
—Bueno —dijo, metiéndose un trozo de mango a la boca—. Ella se lo pierde.
Sebastián la miró un segundo más de lo necesario. Volvió a su libro.
Emilia masticó el mango mirando la pared. No sabía por qué le molestaba tanto la idea de que Sebastián Mendoza estuviera enamorado de alguien que no era ella.
Excepto que sí lo sabía. Y eso era peor.