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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:271
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 21

Capítulo 21: La Prueba de Resistencia

Hay una lista mental de cosas que odio.

Está en constante actualización, pero los primeros puestos se mantienen estables: las cucarachas voladoras, la gente que mastica con la boca abierta, y correr.

Correr está en el puesto número uno.

Y no lo digo en sentido metafórico o filosófico. Digo correr. Mover las piernas. Trotar. Esa actividad inútil que la humanidad inventó cuando todavía nos perseguían los depredadores y que por alguna razón seguimos practicando a pesar de que ya existen los taxis.

Pero la Universidad de Ciudad Lirial, en su infinita sabiduría, decidió que todos los estudiantes deben pasar una prueba de resistencia física cada semestre.

La prueba incluye: abdominales, flexibilidad, salto largo.

Y los mil seiscientos metros.

Mil. Seiscientos. Metros.

A mí me sudaban las manos nada más de pensarlo.

Porque yo ya viví esto.

En mi vida pasada, la prueba de resistencia fue el día en que Valentina Montiel se convirtió en un meme universitario. Me desmayé en la vuelta tres. En la pista. Frente a todo el mundo. Con la cara contra el tartán rojo y la falda deportiva volteada.

Alguien sacó foto.

Alguien la subió.

Y durante dos semanas fui "la chica del piso" en todos los grupos de WhatsApp de la facultad.

«No va a pasar de nuevo.»

«No va a pasar de nuevo.»

«No va a—»

Mi teléfono vibró.

Cami 🌸

oye ya viste que la prueba física es en 12 días

yo voy a fingir un esguince

tengo un primo traumatólogo que me debe un favor

Solté el teléfono en la cama y me quedé mirando el techo.

Doce días.

En mi vida pasada no me preparé nada. Llegué con tacones el día anterior a la prueba porque estaba en un evento social, dormí cuatro horas y me presenté con resaca emocional. Resultado: tartán en la cara.

Esta vez no.

Esta vez iba a pasar esa maldita prueba aunque me costara un pulmón.

Pero necesitaba ayuda.

Y solo conocía a una persona que corriera todos los días como si fuera parte de su religión.

Lo encontré en la cancha de tenis a las siete de la tarde. Estaba recogiendo pelotas con esa eficiencia mecánica que tenía para todo: un movimiento limpio, sin gestos de más, como si hasta recoger pelotas fuera una coreografía ensayada.

—Necesito que me entrenes —dije sin preámbulos—.

Renato levantó la vista. Me miró. Volvió a recoger pelotas.

—Para correr —aclaré—. La prueba física es en doce días y si no paso los mil seiscientos me voy a morir. Literalmente. Me va a dar un infarto en la pista y me voy a morir.

Silencio. Otra pelota al cesto.

—No te vas a morir —dijo al fin—.

—¡Tú no me has visto correr! —Me crucé de brazos—. Renato, te estoy pidiendo un favor. Un favor real. De esos que implican que me debes algo y yo te cobro después.

Me miró de reojo.

—No funciona así.

—Funciona como yo diga que funciona. Soy tu jefa.

—No eres mi jefa.

—Soy tu... —hice un gesto vago con la mano— persona que te da instrucciones y a quien le mandas mensajes de texto cuando quieres.

Las orejas. Vi el cambio. Apenas. Un tono más oscuro que le subió por el cuello hasta las puntas.

«Gracias.»

Ese mensaje de texto seguía grabado en mi pantalla. Su primer mensaje voluntario. Tres días atrás y yo todavía no lo había borrado. De hecho lo había capturado en pantalla. De hecho tenía la captura como fondo de bloqueo.

De hecho soy patética, pero eso no viene al caso.

—Cinco treinta —dijo Renato.

—¿Cinco treinta qué?

—De la mañana. En la pista de atletismo.

Lo miré fijamente.

—¿Me estás tomando el pelo?

—No —se colgó la bolsa de pelotas al hombro—. Si vas a entrenar, se entrena bien.

—Renato, a las cinco treinta de la mañana yo soy un cadáver. No funciono. Mis neuronas no se encienden hasta las nueve.

—Entonces pon alarma a las cinco.

Y se fue.

Así. Sin negociar. Sin discutir. Sin darme la oportunidad de presentar una contrapropuesta civilizada como las siete de la mañana, que es una hora en la que al menos ya existe el sol.

Maldito Renato Solís.

Día 1.

La alarma sonó a las cinco de la mañana y quise llorar.

No metafóricamente. Literalmente sentí las lágrimas formarse detrás de mis párpados mientras el sonido del despertador me taladraba el cráneo. Apagué la alarma. La volví a encender. La apagué. Me senté en la cama como un zombi recién desenterrado.

Me puse unos leggings negros, una camiseta vieja de un concierto al que fui en mi vida pasada, y me amarré el pelo en una coleta alta con el elástico morado que siempre usaba.

Cuando llegué a la pista, Renato ya estaba ahí.

Por supuesto que ya estaba ahí.

Estaba estirando junto a la línea de salida. pantalones deportivos negros, sudadera gris con el cierre abierto, una camiseta blanca debajo. El pelo un poco desordenado por el viento de la madrugada. Se veía...

No. No voy a completar ese pensamiento.

—Llegas tarde —dijo sin mirarme—.

—Son las cinco con treinta y dos.

—Dos minutos tarde.

—Renato, hace dos minutos yo todavía estaba considerando lanzarme por la ventana.

Me ignoró. Se paró frente a mí y me miró de arriba a abajo. No de forma rara. De forma... evaluativa. Como un entrenador mirando a un atleta que claramente no es atleta.

—¿Cuánto corres normalmente? —preguntó—.

—¿Correr correr? ¿Voluntariamente? —Hice una pausa—. Cero. Corro cero.

—¿Resistencia cardiovascular?

—Inexistente.

—¿Última actividad física?

—Subí las escaleras del edificio de humanidades porque el ascensor estaba descompuesto. Casi me muero.

Renato me miró un segundo. Dos. Tres.

—Vamos a caminar primero.

Gracias a Dios.

Caminamos dos vueltas a la pista. Después Renato me hizo trotar. "Trotar" es un término generoso para lo que yo hice, que fue más bien arrastrarme a una velocidad ligeramente superior a la de una abuelita con andadera.

A los cuatrocientos metros me dolían las piernas.

A los seiscientos me ardían los pulmones.

A los ochocientos me detuve, me doblé con las manos en las rodillas, y solté un:

—Carajo. Carajo. Me muero.

Renato se detuvo a mi lado. Ni siquiera estaba respirando fuerte, el desgraciado.

—Respiras mal —dijo—.

—¡Porque me estoy muriendo!

—Inhala por la nariz. Tres tiempos. Exhala por la boca. Cuatro tiempos.

—No puedo contar tiempos. Estoy usando toda mi energía cerebral en no vomitar.

Se quedó callado un momento.

Después se puso a mi lado, ajustó su ritmo al mío — que era básicamente el de una tortuga asmática — y empezó a contar en voz baja.

—Uno, dos, tres. Suelta. Uno, dos, tres, cuatro.

Su voz era baja y regular. Como un metrónomo.

Y por alguna razón, funcionó.

No digo que de repente me convertí en atleta olímpica. Pero pude dar otros doscientos metros antes de morir de nuevo.

Cuando terminamos, me tiré en el pasto al lado de la pista. El cielo estaba pasando de negro a ese azul oscuro que solo existe antes del amanecer. Las estrellas todavía se veían.

—Mañana a la misma hora —dijo Renato, de pie junto a mí—.

—Mañana me voy a morir más rápido porque me va a doler todo el cuerpo.

—Sí.

—¿"Sí"? ¿Ese es tu discurso motivacional? ¿"Sí"?

—Te va a doler. Pero vas a correr más.

Se fue caminando hacia los vestidores. Ni siquiera volteó.

Yo me quedé ahí tirada, mirando cómo el cielo cambiaba de color, preguntándome en qué momento de mi segunda vida decidí que madrugar era buena idea.

Día 3.

—¡No puedo más!

—Sí puedes.

—¡Que no!

—Llevas mil metros. Faltan seiscientos.

—¡Seiscientos metros es una eternidad, Renato!

—Es una vuelta y media.

Me detuve. Me doblé. Puse las manos en las rodillas. Tosí. El aire de la mañana me quemaba la garganta.

Renato se detuvo tres pasos adelante. Se giró. Me miró.

—Camina los últimos seiscientos si quieres —dijo—. Pero no pares.

—¿Y si me da un infarto?

—No te va a dar un infarto.

—¿Y si me desmayo?

—Te llevo a la enfermería.

—¿Cargada?

Silencio.

Las orejas de Renato se pusieron rojas.

—Camina —dijo, y se dio la vuelta—.

Caminé.

Los seiscientos metros más largos de mi vida, pero caminé.

Y cuando crucé la marca que Renato había puesto con una botella de agua en el piso, me desplomé en el tartán rojo con toda la gracia de un saco de papas.

—Mierda —dije contra el piso—. Mierda, mierda, mierda.

Escuché pasos. Renato se acuclilló a mi lado. Puso una botella de agua en mi línea de visión.

Levanté la cara lo suficiente para verlo.

Y ahí estaba.

Una sonrisa.

No. No era una sonrisa. Era el fantasma de una sonrisa. La sombra de la sombra de una sonrisa. Una curvatura de labios tan mínima que si parpadabas te la perdías.

Pero yo no parpadeé.

—¿Te estás riendo de mí? —pregunté desde el suelo—.

—No.

—Mientes. Te estás riendo.

—Toma agua —empujó la botella hacia mí—.

Agarré la botella. Bebí. El agua estaba fresca y me supo a gloria. Me senté despacio, con todos los músculos gritándome insultos.

Renato seguía acuclillado ahí. Cerca. Más cerca de lo que solía estar.

—Mejoraste cuarenta segundos respecto al primer día —dijo—.

—¿Cuarenta segundos? ¿Nada más?

—En tres días. Está bien.

Volvió a ponerse de pie. Me ofreció la mano.

Lo miré. Miré su mano. Dedos largos, nudillos un poco raspados del entrenamiento de tenis. Mano firme, quieta.

La tomé.

Tiró de mí hacia arriba con una facilidad que me recordó que él era un atleta de verdad y yo era un desastre con piernas.

—Mañana descansamos —dijo—.

—¿En serio?

—Día de recuperación activa. Estiramientos. Nada de correr.

Casi lo abrazo.

Casi.

Día 5.

Cami me interceptó en la cafetería con una expresión de profunda preocupación.

—¿Estás enferma? —Me tocó la frente—.

—No, ¿por qué?

—Porque tienes ojeras hasta el piso y hueles a sudor.

—No huelo a sudor, me bañé.

—Hueles a sudor emocional. ¿Qué estás haciendo a las cinco de la mañana?

—Entrenando.

Cami me miró como si le hubiera dicho que estaba criando dragones en el departamento.

—¿Tú? ¿Entrenando? ¿Voluntariamente?

—Es para la prueba física. No quiero reprobar.

—Val, la prueba física la pasa todo el mundo. Caminas los mil seiscientos si es necesario.

No. No la pasa todo el mundo. Yo no la pasé. Yo me desmayé y me convertí en meme.

Pero eso Cami no lo sabía. Eso solo lo sabía yo.

—¿Y quién te entrena? —preguntó Cami, entrecerrando los ojos—.

—Nadie.

—Val.

—Un... conocido.

—¿Renato?

No dije nada.

—¡Renato! —Cami se sentó frente a mí con la energía de alguien que acaba de descubrir una conspiración internacional—. ¿Te levantas a las cinco de la mañana para ir a correr con Renato? ¿Renato "cara de hielo" Solís?

—No le digas así.

—¿Por qué no?

—Porque no tiene cara de hielo. Solo tiene una cara normal que no sonríe mucho.

Cami me miró fijamente.

—Estás perdida —dijo—.

—No sé de qué hablas.

—Perdidísima. Sin remedio.

Cambié el tema. Pero me quedé pensando en lo que dijo mientras revolvía mi café.

No estaba perdida.

Solo estaba... agradecida. De que alguien se levantara a las cinco de la mañana para ayudarme a no hacer el ridículo. Sin pedir nada a cambio. Sin burlarse. Sin quejarse.

Bueno, sí se burlaba. Pero tan poquito que casi no contaba.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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