En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.
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ES EL NUCLEO DE TODA LA FUERZA.
—Siempre supimos que nuestras casas estaban ligadas —explicó Karim, mientras miraba los grabados antiguos que adornaban las paredes de la sala—. Nuestros antepasados juraron permanecer unidos hasta el fin de los tiempos para mantener el equilibrio. Pero cuando Velarion cayó y desapareció, quedamos incompletos. Fuertes, sí, pero solos. Ahora, contigo de nuevo, la rueda se ha cerrado.
Amara, con su sabiduría y su conocimiento de las magias antiguas, añadió con voz seria:
—Malakor no solo quiere dominar el mundo. Él quiere apagar la luz para siempre, porque solo en la oscuridad absoluta puede él ser poderoso. Pero hay algo que él olvidó, o que nunca entendió: la luz no se destruye, solo se oculta. Y cuando regresa, regresa con más fuerza que nunca. Él creyó haber borrado a Velarion, pero ahora Velarion ha vuelto, y trae consigo la fuerza de Al-Jazair y la sabiduría de Zoraya. Y además… —miró a Layla y a Caelen con una sonrisa llena de significado—… trae el amor que une todo ese poder y lo hace invencible. Porque vuestra unión no es casual, ni solo amorosa. Es mágica. Es el núcleo de toda esta fuerza.
Caelen miró a Layla, y al cruzar sus miradas, una chispa brillante pasó entre ellos, visible para los otros dos, que asintieron con respeto y comprensión. Era evidente para todos que esos dos eran el centro de todo, que su amor era la fuente de donde nacía todo el poder.
—Tenemos que prepararnos —dijo Caelen, con la voz firme y decidida de un líder—. Ahora que estamos todos juntos, ahora que sabemos la verdad, debemos actuar. Malakor vendrá aquí. O nos buscará en Aethyr. No nos dará tiempo. Pero si nos unimos, si combinamos mi luz, tu fuerza Karim, tu sabiduría Amara, y el poder inmenso que Layla y yo hemos despertado juntos… podemos ir a buscarlo a su propio territorio y acabar con esto de una vez por todas.
—Estamos contigo —respondieron Karim y Amara al unísono, con total seguridad y determinación—. Somos hermanos en sangre, en magia y en destino. Lo que es tuyo es nuestro. Lo que te amenaza a ti, nos amenaza a nosotros. Y juntos, escribiremos la historia definitiva de nuestras estirpes.
Esa noche, hubo una gran celebración privada en el palacio, entre familia. Se habló de reinos, de magia, de estrategias, pero también se habló de amor, de recuerdos y de todo lo que habían vivido. Por primera vez en veinte años, las tres grandes casas estaban representadas, vivas y unidas bajo un mismo techo.
Pero cuando la fiesta terminó y todos se retiraron a sus aposentos, Layla y Caelen quedaron finalmente solos en la hermosa habitación que les habían preparado, una habitación con vistas a los jardines reales, llena de luz y paz.
Al cerrar la puerta, el aire cambió inmediatamente. Esa tensión eléctrica, esa necesidad mutua que siempre los consumía, volvió a llenar todo el espacio, más fuerte y más intensa que nunca, alimentada ahora por la alegría del reencuentro, la certeza de su unión familiar y la conciencia de la grandeza de lo que estaban construyendo.
Caelen se giró hacia ella, y bajo la luz suave de las lámparas mágicas, se veía más hermoso, más poderoso y más suyo que nunca. Caminó hacia ella despacio, con esa elegancia felina y real que ahora lo caracterizaba, y la miró con esos ojos zafiros llenos de amor, deseo y orgullo infinito.
—Lo hemos logrado, mi princesa —susurró él con esa voz ronca y profunda que hacía vibrar todo el cuerpo de ella—. Hemos llegado hasta aquí. Hemos encontrado a tu hermano Karim y a tu cuñada Amara. Hemos formado la alianza que salvará al mundo. Y todo… todo es gracias a ti. Gracias a que me buscaste, a que creíste en mí, a que me amaste cuando yo no era nadie, y sigues amándome ahora que soy todo lo que estoy destinado a ser.
Layla se acercó a él, pasando sus manos por su pecho, donde las marcas de Velarion brillaban suavemente, en armonía con la magia que ahora sentían en todo el palacio.
—Y tú me has dado a mí mi verdadero lugar —respondió ella con voz llena de sentimiento, rozando sus labios con los suyos—. Antes era solo una princesa guerrera. Ahora soy tu igual, tu compañera, la mujer que está junto al hombre más poderoso y maravilloso que existe. Te amo, Caelen. Más allá de la magia, más allá de los reinos, más allá de cualquier destino. Te amo a ti, simplemente a ti.
No hicieron falta más palabras. Caelen la tomó entre sus brazos con esa mezcla perfecta de fuerza y ternura, fundiendo sus labios en un beso profundo, hambriento y eterno. Fue un beso que celebraba todo lo que eran, todo lo que habían logrado y todo lo que estaban a punto de vivir. Sus lenguas se encontraron y lucharon con ansia, devorándose el aliento, reconociéndose como siempre, pero ahora con la certeza absoluta de que nada ni nadie podría separarlos jamás.
La guió despacio hacia la gran cama real, cubierta de sedas y brocados, y la recostó con infinita delicadeza, cubriéndola inmediatamente con su cuerpo fuerte, cálido y lleno de vida. Se deshicieron de sus ropas con rapidez, ansiosos por sentir la piel del otro, por fundirse en un solo ser, por celebrar su amor ante el mundo y ante sí mismos.
Al quedar desnud°s, la magia fluyó libremente entre ellos, mezclando la luz dorada y azul de él con la fuerza y el fuego de ella, creando una luz blanca brillante que iluminaba toda la habitación, una luz que era la manifestación física de su unión y de su poder combinado.