Noelia Pérez es una mujer mayor de 89 años que muere de un ataque al corazón, pero inexplicablemente despierta en otra realidad. No se ha convertido en ninguna preciosa jovencita, sigue siendo una mujer mayor, pero esta vez tiene unos 50 años, un gato tuerto, una casa desvencijada y un nieto delicado que viene a vivir por ser rechazado por su preferencia sexual. ¿Qué hará Noelia con esta nueva vida? Acompáñame y verás como solo hay que desear vivir con mucha fuerza para brillar desde la miseria más absoluta.
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Organizando las piezas
Una semana después, el Valle entero parecía haberse contagiado de una misma fiebre. No era una enfermedad. Aunque se manifestaba con síntomas bastante parecidos. Conversaciones en las esquinas. Carreras de última hora. Puertas que se abrían y cerraban constantemente, costureras trabajando hasta tarde y una cantidad inusual de personas desempolvando vestidos, zapatos y trajes que llevaban años guardados en los armarios. Todo había comenzado con una petición aparentemente sencilla. Ariel Santos, el alcalde, había solicitado la ayuda de Carlos Santiesteban para organizar la recepción por los quince años de su hermana Aritza. El problema era que, en algún momento entre la primera conversación y los preparativos, aquello había dejado de ser un cumpleaños. Ahora era una recepción. Con invitados. Con protocolo. Con código de vestimenta. Con decoración. Con música y por supuesto, con un nivel de responsabilidad que había conseguido que Carlos Santiesteban durmiera bastante menos de lo habitual.
El Valle, por su parte, estaba encantado. Hacía mucho tiempo que no tenía un acontecimiento semejante. Las mujeres hablaban de vestidos. Los hombres discutían sobre trajes. Los adolescentes especulaban sobre quién asistiría. Los niños querían saber si habría pastel y hasta quienes aseguraban que no les interesaban esas cosas habían comenzado, misteriosamente, a preguntar a qué hora empezaba la recepción. Aritza, mientras tanto, estaba viviendo su propia aventura. Aquella mañana se encontraba frente al enorme vestidor de Fátima Santiesteban, contemplando con una mezcla de fascinación y terror la cantidad de ropa que aquella mujer había conseguido reunir.
-Este... Ya me lo probé.
-Entonces este.
-También.
-¿Y este vestido? -Aritza lo miró. Después miró a Fátima.
-Señora Fátima, ¿usted está intentando vestir a una adolescente gorda o a una princesa que va a casarse con un príncipe europeo? -Fátima soltó una carcajada.
-Solo quiero que encuentres algo que te haga sentir bonita.
Y ahí estaba precisamente la diferencia. Fátima no estaba intentando convertirla en alguien distinto. Estaba intentando que ella se mirara al espejo y sonriera. Aritza era una de esas adolescentes que llegaban a los quince con unos cuantos kilos de más, un ligero acné que aparecía precisamente cuando menos se lo necesitaba y una inseguridad que ella procuraba esconder detrás de bromas y comentarios sarcásticos, pero tenía un cabello largo precioso. Unos ojos curiosos que parecían estar siempre descubriendo algo y una sonrisa fácil, de esas que aparecían sin permiso y conseguían contagiar a quien estuviera cerca. Nunca nadie en el Valle la había visto realmente enfadada. Aritza podía molestarse. Podía protestar. Podía lanzar uno de sus comentarios sarcásticos capaces de dejar a cualquiera sin respuesta, pero la rabia verdadera parecía no formar parte de su naturaleza. Quizá por eso Carlos y Fátima se habían tomado tan en serio aquella fiesta. Porque los quince años podían parecer una celebración sencilla para un adulto, pero para la adolescente podía significarlo todo.
-Les juro que el carro se detuvo frente a una mansión lo suficientemente grande como para realizar una boda de la realeza. -Aritza hablaba con las manos mientras Lían y Mateo la escuchaban sentados en uno de los bancos del patio.
-¿Y por dentro cómo era? ¿Sí te fijaste, no? -Aritza abrió los ojos fastidiada.
-Claro que me fijé, Mateo. ¿Qué clase de despistada crees que soy? -Mateo sonrió.
-No sé. Una bastante despistada.
-Retiro la información que iba a compartir contigo.
-¡No! -Lían soltó una risa. Aritza volvió a cruzarse de brazos, satisfecha de tener toda la atención.
-Por dentro es otro mundo. Ventanales enormes. Muebles minimalistas. Todo carísimo... y el calor emocional de una inspección de Hacienda. -Mateo soltó una carcajada. Lían, en cambio, frunció ligeramente el ceño.
-¿A qué te refieres? -la sonrisa de Aritza se hizo más pequeña.
-No sé cómo explicarlo. A ver, para que me entiendas, tuve la impresión de entrar a un lugar donde acababa de realizarse un duelo. -Lían la observó con atención.
-¿Un duelo?
-Sí. Todo era perfecto. Demasiado perfecto. Bonito, elegante, enorme... pero silencioso de una manera rara. -se encogió de hombros. -No es como en la cueva con Lía. Allí todo es cálido. Feliz. ¿Entiendes ahora? -Lían asintió lentamente.
Mateo iba a responder, pero en ese momento el timbre sonó anunciando el comienzo de la próxima clase.
-Después me cuentas. -dijo Lían mientras se levantaba.
-No. Después ustedes me cuentan cómo demonios se supone que debo sobrevivir a mis quince.
-Con dignidad. -respondió Mateo.
-Entonces ya estoy perdida.
Los tres comenzaron a caminar hacia el edificio y ninguno de ellos reparó en las dos figuras que, desde extremos diferentes del patio, habían observado la conversación. Andrés permanecía apoyado contra una de las columnas. Megan, desde la esquina opuesta, había seguido la escena con una expresión difícil de interpretar. Ambos habían escuchado. Ambos habían visto la sonrisa de Lían y de Mateo y ambos, por razones completamente distintas, se habían quedado pensando en esas sonrisas. Toda esta locura había comenzado el martes pasado. Carlos Santiesteban había subido a la montaña a primera hora de la mañana con una expresión que anunciaba problemas. Noelia apenas había terminado de servirle café cuando él comenzó a hablar.
-Ariel Santos vino a verme ayer.
-Eso suena peligroso. -Carlos la miró.
-No bromees.
-No estoy bromeando.
-Me pidió ayuda. -Noelia dejó la cafetera sobre la mesa.
-¿Para qué?
-Los quince de su hermana. -Noelia esperó. Carlos respiró profundamente. -Quiere que Fátima y yo le ayudemos a organizar la recepción. -Noelia arqueó una ceja.
-Eso no parece una tragedia.
-No has entendido.
-Ilumíname.
-Son quince años.
-Sigo sin entender la tragedia.
-¡Noelia! -ella sonrió. Carlos comenzó a caminar de un lado a otro. -Aceptamos. Claro que aceptamos. Ariel es el alcalde y Aritza es una niña encantadora, pero después de que se fue, Fátima y yo nos miramos y nos preguntamos exactamente lo mismo.
-¿Qué?
-¿Y si lo hacemos mal? -Noelia permaneció en silencio. Carlos tomó su taza. -No se trata de cualquier cumpleaños. Son sus quince. Es una edad complicada.
-Muchísimo.
-La autoestima está hecha de cristal. Un comentario mal puesto, un vestido que no gusta, una decoración que la hace sentir ridícula, demasiada atención, muy poca atención...
-Sí.
-Y Fátima está obsesionada con que Aritza se sienta hermosa.
-Eso es bueno.
-Lo sé, pero justamente por eso tengo miedo. -Carlos se sentó. Su expresión había cambiado. Ya no parecía el hombre acostumbrado a resolver problemas con rapidez. Parecía un padre recordando. -Nosotros sabemos lo frágil que puede ser un adolescente. -Noelia no respondió. Carlos bajó la mirada hacia la taza.
-Andrés ahora tiene dieciséis y está atrasado dos años en sus estudios por todo lo que ocurrió con Ernesto. -el nombre pareció dejar un silencio incómodo en la habitación. Noelia respetó ese silencio. Carlos continuó. -Fueron años muy difíciles. Andrés casi se volvió agorafóbico. Apenas salía de su habitación. No quería ver a nadie. Ni siquiera a nosotros. No dejaba entrar a nadie. -se pasó una mano por el rostro. -No quiero que Aritza salga de su fiesta recordando que algo salió mal. Quiero que recuerde que todo el mundo estaba allí para verla feliz. -Noelia volvió a llenar la taza de Carlos. Era la tercera vez. Él bebió un sorbo y entonces ocurrió. Su rostro cambió. Los ojos se le iluminaron. La preocupación desapareció. Dio un pequeño golpe sobre la mesa. -¡Ya lo tengo! -Noelia ni siquiera se sobresaltó.
-Eso suele ocurrir en mi casa.
-¡Mataré dos pájaros de un tiro!
-Ahora estoy preocupada. -Bromeó. Carlos se inclinó hacia ella.
-La galería de arte ya está restaurada. -Noelia comenzó a comprender. -¡Sí! La recepción puede celebrarse allí. Será bastante grande. No. Será mejor que eso. -Comenzó a hablar cada vez más rápido. -Fátima presentará sus obras. Será una exposición para todos los invitados, algo elegante, pero cercano. No una inauguración formal. Una presentación especial en honor a Aritza. -Noelia sonrió.
-Continúa.
-La decoración puede aprovechar la propia galería. Las pinturas serán parte del ambiente. No tendremos que llenar el lugar de adornos absurdos. Pondremos iluminación cálida sobre las obras, mesas pequeñas distribuidas en los espacios laterales y una pista de baile al centro. -hizo una pausa únicamente para respirar. -La entrada será por el jardín. Habrá una recepción inicial con bebidas y aperitivos. Después, cuando todos estén dentro, Ariel dará unas palabras. Fátima presentará brevemente su colección y cuando termine, la atención pasará completamente a Aritza.
-¿Y la música?
-Una orquesta pequeña para la recepción. Después música para bailar. Algo moderno para los jóvenes.
-¿La comida?
-Buffet elegante. Nada demasiado complicado. Aritza tendrá su mesa especial con el pastel y los dulces y podemos hacer una segunda zona para los adultos.
-¿Fotografías?
-Un fotógrafo profesional y una pequeña estación para fotografías familiares. Quiero que cada invitado pueda llevarse una. -Noelia lo miraba divertirse mientras hablaba. Era evidente que el hombre ya estaba viendo la noche completa en su cabeza.
-¿Y el vestido?
-Fátima se encargó ya de eso.
-Pobre Aritza. -Carlos rió.
-Le hizo probar medio vestidor.
-Eso sí me lo creo.
-Y quiero algo más.
-¿Qué? -Carlos sonrió.
-Que Aritza tenga un momento completamente suyo. -Noelia inclinó la cabeza.
-Explícate.
-Nada de discursos interminables. Nada de hacerla desfilar durante veinte minutos mientras todos la observan. Quiero que tenga una entrada hermosa, sí, pero después que pueda estar con sus amigos. Bailar. Reír. Comer pastel. Ser una chica de quince años. -Noelia lo contempló unos segundos.
-Eso me gusta. -Carlos parecía un hombre al que acababan de conceder permiso para construir una ciudad.
-Y al final podemos proyectar fotografías de su infancia en la pared de la galería, pero sin convertirlo en un funeral emocional. -Noelia soltó una carcajada.
-Muy importante esa última parte.
-Exactamente. Algo alegre. Qué recuerde a sus padres con alegría, a sus amigos, el Valle... momentos divertidos. -Carlos comenzó a contar con los dedos. -Necesitamos iluminación. Mesas. Personal. Música. Flores. Transporte para algunos invitados. Confirmar el menú. Coordinar los horarios. Hablar con Ariel. Revisar el protocolo y... -se detuvo.
-¿Y?
-Necesito saber cuántas personas van a venir. -Noelia lo miró con compasión.
-Ahora sí has encontrado el verdadero problema. -Carlos se dejó caer contra el respaldo.
-No me digas eso. -Noelia sonrió.
-Creo que has encontrado una buena solución, Carlos. Solo que amplía la escala a todos los habitantes del Valle. Nadie se perderá eso. Créeme. -él la miró.
-¿De verdad?
-Sí y además creo que has conseguido algo importante.
-¿Qué?
-Que la fiesta sea sobre Aritza y no sobre la fiesta. -Carlos permaneció unos segundos en silencio. Después sonrió.
-Gracias. -Noelia levantó la taza de él.
-Ahora, cuídate con el café. -Carlos parpadeó.
-¿Por qué?
-Tres tazas son emergencia médica. -Carlos miró la taza. Luego a Noelia.
-¿Esta es la tercera?
-La tercera que yo te sirvo.
-¡Ah! -Noelia arqueó una ceja.
-Y por tu cara, sospecho que antes de llegar aquí ya llevabas otras. -Carlos guardó silencio. Noelia negó con la cabeza. -Baja de esta montaña antes de convertirte en reactor nuclear. -él se levantó de inmediato.
-Tienes razón. ¡La lista de invitados! ¡Y tengo que hablar con el encargado de la música! ¡Y llamar a Ariel!
-¡Carlos! -él se detuvo en la puerta. Noelia lo miró fijamente. -Respira. -Carlos inhaló. Exhaló.
-Voy a respirar cuando termine la recepción.
-Entonces buena suerte.
Carlos bajó la montaña aquella mañana con la energía de un reactor nuclear cortesía de la cafeína. En su cabeza ya había mesas, luces, horarios, flores, música, invitados, fotografías, rutas de acceso, menú, discursos y hasta posibles planes alternativos en caso de lluvia. Hizo cálculos mientras descendía. Corrigió cálculos mientras conducía y probablemente habría hecho más cálculos mientras dormía de no haber sido porque Fátima tenía una misión mucho más inmediata. Los regalos para Aritza y los invitados. También la ropa para los de la montaña. Esa misma tarde, Amparo apareció en la cueva de Lía con varios paquetes.
-¿Qué es todo eso? -preguntó Lían. -Amparo dejó uno sobre la mesa.
-Fátima. -Mateo se acercó.
-¿Qué hizo?
-Les mandó ropa. -Lían abrió los ojos.
-¿Ropa? Para nosotros.
-Sí y también esto otro. -la siguiente caja contenía zapatos. La siguiente, accesorios y luego apareció otra y otra. Mateo se quedó mirando el montón.
-¿Todo eso es nuestro? -Amparo sonrió.
-Según Fátima, sí y no es de las que acepta un no. -Lían levantó una camisa. Silbando sorprendido.
-Esto debe costar más que todo mi armario.
-No preguntes. -Mateo tomó un saco de corte impecable. -¿Y esto? -dijo señalando una elegante corbata.
-También.
-¿Y quién decidió que nosotros necesitábamos vestir así?
-Eso discútelo con Fátima Santiesteban que, al parecer, ha decidido que nadie va a asistir a esa recepción vestido como si fuera a comprar pan. -dijo Noelia contemplando un vestido azul mediterráneo con etiqueta de Dior.
Lían rió del sarcasmo de su abuela. Por primera vez desde que había comenzado toda aquella locura, la fiesta de Aritza dejó de parecer algo lejano de fin de semana. Ahora estaba allí. En las cajas. En los trajes. En los zapatos. En las conversaciones. En la expectativa de todo un pueblo y aunque todavía faltaban días, el Valle ya parecía estar esperando esa noche. La noche de Aritza. La noche en que las luces de la galería volverían a encenderse. La noche en que las obras de Fátima recuperarían finalmente su lugar entre aquellas paredes. La noche en que todos se reunirían para celebrar algo tan sencillo y al mismo tiempo, tan importante: que una muchacha había llegado a los quince años y quizás, sin que ninguno de ellos pudiera imaginarlo todavía, aquella celebración terminaría convirtiéndose en una de esas noches que el Valle recordaría durante mucho tiempo. Porque algunas fiestas se organizan para celebrar una fecha.
Y otras... parecen ser organizadas por el propio destino.