Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
NovelToon tiene autorización de Lobelia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 5
La reserva en L’Aube había sido confirmada con tres semanas de antelación, pero para Abigail, el aire del restaurante se sentía extrañamente denso, como si el oxígeno se hubiera agotado entre las paredes de terciopelo azul. Frente a ella, Julián ajustaba su nudo de la corbata por quinta vez, un tic nervioso que delataba una mente que no estaba sentada a esa mesa.
Eran cinco años. Un lustro de historias compartidas que, en ese preciso instante, parecían sostenerse sobre un hilo de seda a punto de romperse.
—Feliz aniversario, Abi —dijo Julián, extendiendo una pequeña caja de cuero negro. Su voz tenía la calidez de un guion ensayado, carente de esa vibración espontánea que solía erizarle la piel a ella en los primeros años.
Abigail tomó la caja. Sus dedos, entrenados por años de observar la perfección en el taller de joyería de su abuelo, detectaron la textura del estuche antes de abrirlo. Al levantar la tapa, el brillo de un collar de oro blanco con un zafiro central intentó deslumbrarla. Sin embargo, el ojo clínico de Abigail fue más rápido que su emoción.
Mientras Julián esbozaba una sonrisa forzada, ella se inclinó ligeramente, fingiendo admiración para ocultar la decepción que le recorrió la columna. El zafiro era hermoso, de un azul profundo como el océano a medianoche, pero el engaste... el engaste era un insulto a la piedra.
Las garras que sujetaban la gema estaban asimétricas; una de ellas se encimaba demasiado sobre la faceta superior, restándole luz, mientras que otra dejaba un espacio milimétrico donde el polvo y el jabón terminarían por anidarse. El pulido del metal mostraba micro-rayaduras, señal de un trabajo apresurado, de una producción en masa que intentaba pasar por alta joyería.
No es el valor del objeto, pensó Abigail con una punzada en el pecho, es que ni siquiera se detuvo a mirar si era perfecto para mí. Solo lo compró porque debía hacerlo.
—Es... precioso, Julián. Gracias —mintió ella, y la palabra "precioso" le supo a ceniza.
El tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana era el único sonido que llenaba los huecos de una conversación que se negaba a fluir. Julián apenas había probado su magret de pato. Su mano derecha, como si tuviera voluntad propia, buscaba constantemente el teléfono que descansaba boca abajo junto a su copa de vino.
Cada vez que la pantalla se iluminaba con una notificación silenciosa, la mirada de Julián se desviaba. No era una mirada curiosa; era una mirada de ansiedad, casi de dependencia.
—¿Esperas una llamada importante? —preguntó Abigail, dejando su copa de Chardonnay sobre la mesa con una firmeza deliberada.
—¿Eh? No, no. Solo cosas de la oficina. Ya sabes cómo está el proyecto de la constructora —respondió él, pero no la miró a los ojos. Se limitó a girar el teléfono, dejando la pantalla hacia arriba esta vez.
Abigail observó el reflejo de la luz del restaurante en la pantalla del móvil. Vio pasar ráfagas de mensajes, burbujas de texto que Julián borraba de la pantalla de bloqueo con un movimiento rápido del pulgar. El hombre que tenía enfrente era un extraño que vestía la ropa de su marido. La distancia entre ellos no era de un metro de mantel blanco, sino de kilómetros de secretos no dichos.
El sentimiento que embargaba a Abigail no era ira, sino una melancolía técnica. Como joyera, sabía que cuando una pieza se rompe por el punto de soldadura, es porque nunca estuvo realmente unida; solo estaba pegada superficialmente.
—Julián, mírame —pidió ella en un susurro.
Él levantó la vista, pero sus pupilas estaban dilatadas, su mente seguía procesando el último mensaje recibido.
—¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí conmigo? No en el restaurante, sino... aquí —ella señaló el espacio entre ambos.
—Abi, por favor, no empieces. Es nuestro aniversario. He intentado que todo sea perfecto. El regalo, el sitio...
—El engaste del collar es mediocre, Julián —soltó ella, sin poder filtrarlo más—. Las garras están mal alineadas. Es una pieza hecha sin cuidado. Y me duele porque se parece demasiado a nosotros últimamente. Estamos juntos, pero el acabado es descuidado. Estás aquí, pero tu atención está en otra parte.
Julián se quedó petrificado. El golpe de honestidad de Abigail fue más efectivo que cualquier reclamo emocional. Él miró el collar que ella aún sostenía entre sus dedos y luego su teléfono, que volvió a vibrar. Por un segundo, Abigail vio un destello de culpa, una grieta en su armadura de indiferencia. Pero la grieta se cerró tan rápido como se había abierto.
—Solo estoy cansado, Abi. Mañana será otro día —dijo él, extendiendo la mano para tocar la de ella, pero Abigail retiró la suya para acomodarse el cabello.
Llegó el postre, una delicada construcción de chocolate y frutos rojos que ninguno de los dos disfrutó. Julián volvió a sumergirse en su pantalla bajo la mesa, creyendo que el mantel ocultaba su traición a la etiqueta y al amor. Abigail, por su parte, se dedicó a observar a las otras parejas.
Envidiaba la risa de los jóvenes en la mesa de al lado, cuya "joyería" eran anillos de plata baratos, pero cuya conexión era de oro puro.
Al final de la cena, mientras Julián pagaba la cuenta —consultando el saldo en su app antes de pasar la tarjeta—, Abigail se puso el collar frente al espejo del vestíbulo. El frío del metal contra su cuello le recordó que las cosas bellas, si no se cuidan con precisión, terminan siendo solo carga.
Salieron al aire fresco de la noche. Julián caminaba un paso por delante, revisando una última vez el teléfono antes de guardar las llaves del coche.
—¿Nos vamos? —preguntó él, abriendo la puerta del pasajero con un automatismo mecánico.
—Sí —respondió ella, mirando las luces de la ciudad que se reflejaban en el cristal—. Vámonos a casa, Julián.
Esa noche, mientras el motor del auto roncaba en el silencio de la calle, Abigail comprendió que el aniversario no celebraba la permanencia, sino que marcaba el inicio de la cuenta regresiva. El collar pesaba en su cuello como una cadena de errores técnicos, y el silencio de Julián era el ruido más fuerte que había escuchado jamás.