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EL RUIDO QUE DEJASTE

EL RUIDO QUE DEJASTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Escuela / My Hero Academia / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: SOBRAR

El lunes después de lo de Camila fue extraño.

No extraño malo. Extraño bueno. Por primera vez en tres años, entré a la Facultad de Derecho y no sentí que todos me miraban para burlarse. Sentí que me miraban porque la historia ya había corrido. En Derecho nada es un secreto, y menos si involucra a Camila Alderete.

Luz me esperaba en la puerta con dos cafés horribles de la máquina, de esos que saben a plástico quemado pero que a las siete de la mañana te salvan la vida.

"Toma, para la vengadora de los becados", me dijo.

"No soy vengadora de nadie", le contesté riéndome. "Casi vomito antes de hablarle así a Valdez".

"Ser valiente no es no tener miedo. Es tener un miedo que te paraliza y hacerlo igual. Lo leí en Pinterest".

Subimos al aula. Y ahí noté algo distinto. En nuestra fila del fondo, donde siempre nos sentábamos Luz y yo solas, había cuatro personas más esperando.

"¿Chicas, podemos sentarnos acá?", preguntó Santi, uno de los chicos del grupo de WhatsApp. Era alto, de rulos y con una remera de Los Redondos.

Hasta ese momento solo los conocía por chat. Santi trabaja en un call center y estudia de noche. Flor tiene una nena de tres años y la deja con su mamá para venir a cursar. Mica es la primera de su familia en ir a la universidad. Y Joaco tiene treinta y dos y dejó ingeniería para empezar Derecho de cero.

Eran el grupo de "Los que trabajamos". Los que sobrábamos en todos los demás grupos.

Luz y yo nos miramos. Sin decir nada, les hicimos lugar.

La clase de Valdez ese día fue sobre el acoso. Habló de mobbing, de acoso laboral y académico. Explicó cómo los abogados, aun siendo adultos, siguen repitiendo dinámicas de poder del colegio. Lo dijo mirando fijo a la primera fila, donde estaba Camila con los ojos todavía hinchados.

"El Derecho no es solo códigos. Es gente. Y si ustedes no aprenden a respetarse entre ustedes acá adentro, afuera van a ser los mismos que le hacen la vida imposible a un pasante por ochenta mil pesos al mes".

Camila no levantó la cabeza en toda la clase.

Cuando salimos, me frenó sola en el pasillo. Sin su grupo. Sin maquillaje. Se veía mucho más chica.

"Elena, ¿podemos hablar dos minutos?"

Luz me miró con cara de ¿querés que me quede? Le dije que no con la cabeza.

"Decime".

"Quería pedirte perdón", me dijo con la voz entrecortada. "Por lo del trabajo. Y por todo lo de antes también".

Este era el momento que había esperado durante tres años. En mi cabeza, yo le gritaba todo lo que me había hecho sentir. Le decía que por su culpa había tenido ataques de pánico, que me había vuelto a El Trébol llorando, que había dejado la carrera.

Pero teniéndola ahí, temblando, no me salió la rabia. Me salió otra cosa.

"¿Por qué lo hacían, Cami?", le pregunté.

Me miró sorprendida, como si nunca nadie le hubiera hecho esa pregunta.

"¿Qué cosa?"

"Todo. Los stickers con mi cara. Sacarme del grupo. Dejarme afuera del trabajo. ¿Qué les hice? Yo solo quería ser su amiga".

Se largó a llorar. No un llanto lindo de película. Un llanto feo, con mocos, con vergüenza.

"Porque éramos unas pelotudas. Teníamos diecinueve años y creíamos que si nos burlábamos de alguien éramos más cancheras. Porque vos estudiabas y a nosotras no nos salía nada, y nos daba bronca que a vos te fuera bien sin tener la guita que teníamos nosotras. Porque sos buena, Elena. Y la gente buena en un grupo de gente insegura siempre cae mal. Y porque mi papá me decía que si no era la mejor, era una fracasada. Entonces, si yo te hacía quedar como una fracasada a vos, yo me sentía menos fracasada".

Me quedé helada. No me esperaba sinceridad. Esperaba una excusa.

"No te voy a decir que está todo bien, Cami. Porque no está todo bien. Yo me tuve que volver a mi pueblo. Tuve que ir a terapia. Dejé la carrera dos años por ustedes. No te puedo perdonar en dos minutos en un pasillo. No sería justo para mí".

Asintió, limpiándose los ojos con la manga.

"Lo sé. Pero necesitaba decírtelo. Y gracias por no dejar que Valdez me mande a coloquio directo. Sé que si no mostrabas las pruebas, me reprobaba".

"No lo hice por vos. Lo hice por mí. Porque mi trabajo vale".

Me di la vuelta y me fui. Luz me esperaba en la escalera, comiéndose las uñas.

"¿Qué quería la rubia?"

"Perdón".

"¿Y vos?"

"Le dije que todavía no".

Luz me abrazó fuerte.

"Bien. El perdón no se pide apurado. Se gana. Como la materia".

Esa tarde nos fuimos a estudiar a lo de Luz. Vive en un monoambiente en Pichincha lleno de plantas, de vinilos y de libros subrayados con resaltador amarillo. Tiene una gata que se llama Doctrina.

"¿Por qué le pusiste Doctrina?", le pregunté.

"Porque es inentendible, contradictoria y todo el mundo la cita mal".

Nos reímos a carcajadas. Estuvimos estudiando hasta las once de la noche. Por primera vez, estudiar no se sintió como una tortura. Se sintió como lo que tenía que ser: dos amigas tomando mate, discutiendo si la nulidad era absoluta o relativa, y burlándose de los ejemplos del Código que parecen escritos por alguien que nunca salió a la calle.

A las once me llegó un mensaje a Instagram. Era de Marcos, uno de los del grupo de Camila.

Che Eli, vi que volviste con todo. Bien ahí. Tenés que entender que en ese momento éramos pendejos. No fue para tanto. No te lo tomes tan a pecho ahora, ya sos grande.

Lo leí tres veces. "No fue para tanto". La frase favorita de todo el que hizo daño y no quiere hacerse cargo.

Se lo mostré a Luz.

"¿Qué le contesto?"

"Bloquear y seguir", me dijo sin dudar. "No le debés una explicación de tu dolor a alguien que te dice que no fue para tanto. Si no fue para tanto, ¿por qué te escribe nervioso? Porque sabe que sí fue para tanto".

Lo bloqueé. Sentí un alivio enorme, como si me hubiera sacado una mochila de encima.

Los días siguientes fueron mejores. El grupo del fondo se hizo fuerte. Empezamos a ir a todos lados juntos. A la biblioteca, a tomar una cerveza después de rendir, a quejarnos de Valdez que nos daba doscientas páginas para el otro día. Santi me prestó su moto para no tomar dos colectivos. Flor me trajo una torta que hizo su nena para mi cumpleaños atrasado. Decía con glacé: "Feliz cumple para la abogada más valiente".

Por primera vez en Rosario, no me sentía sola.

Pero el acoso deja marcas que no se ven.

Un jueves teníamos que exponer un fallo en forma oral. Yo estaba preparadísima. Me sabía todo de memoria. Me paré adelante, respiré y empecé. Hasta que miré a la primera fila y vi a Camila, a Sofía y a Marcos cuchicheando y riéndose. No sé si se reían de mí. Probablemente no. Probablemente hablaban de otra cosa. Pero mi cabeza volvió a tener veintiún años en un segundo.

Me quedé en blanco. Por completo. La boca seca, las manos transpirando, el corazón a doscientos por hora. Valdez me miró preocupado.

"¿Rivas? ¿Está bien? ¿Quiere tomar agua?"

Quise decir que sí, pero no me salía la voz. Sentía que me iba a desmayar ahí adelante.

Y entonces escuché a Luz desde el fondo.

"¡Vamos, Eli! ¡Como lo practicamos en casa! ¡Acuérdate de la Doctrina!"

Todos se rieron, pero fue una risa buena, de compañerismo. Hasta Valdez se rio.

Y ese sonido me trajo de vuelta a la realidad.

Respiré hondo. Miré mi machete que tenía en la mano, aunque no lo necesitaba.

"Perdón, profesor. Me puse nerviosa. Retomo".

Y expuse. No fue perfecto, pero expuse. Me saqué un ocho.

Cuando volví a mi banco, Luz, Santi, Flor, Mica y Joaco me chocaron los cinco en silencio.

Esa noche le escribí a mi psicóloga: "Hoy tuve un ataque de ansiedad en clase y no me fui. Me quedé".

Me contestó: "Ese es tu verdadero diez, Elena".

El viernes, Valdez nos dio las notas del primer parcial. Yo tenía nueve cincuenta. El promedio más alto de toda la comisión.

Camila tenía un seis. Vino a felicitarme después de clase.

"Te lo merecés", me dijo. Y esta vez le creí.

No sé si esta historia termina con Camila y yo siendo amigas. Probablemente no. Y está bien. No todas las historias de acoso terminan en amistad. Algunas terminan en distancia sana. Y eso también es ganar.

Lo que sí sé es que el lunes siguiente, cuando entré a la facultad, ya no me senté en la última fila para esconderme. Me senté en la segunda fila. Porque desde ahí se ve mejor el pizarrón.

Y a mi lado, con su pelo azul y su mochila llena de pines, estaba Luz. Y detrás, todo el grupo de los que sobrábamos. Que ahora resultaba que éramos los que más importábamos.

Todavía queda un cuatrimestre entero. Todavía queda el final más difícil de mi vida. Todavía quedan miedos.

Pero ahora tengo con quién tener miedo. Y eso, para alguien que se pasó tres años teniendo miedo sola, es todo.

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