INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 20: Redes de Amor y Confidencias Cruzadas
La sala de espera de la clínica se sentía inusualmente tranquila a esa hora de la noche. Sentadas una al lado de la otra, Juliana y Emmeline compartían un termo de café que Andrés les había llevado antes de salir al pasillo a realizar unas llamadas de la constructora. Aunque los pasillos del centro médico lucían fríos, el lazo entre las tres mujeres desafiaba cualquier lógica del pasado.
Hacía años, la vida las había colocado en posiciones complejas: Lucía era la exesposa de Maximiliano, el hombre que ahora era el esposo de Emme. Cualquiera habría esperado rivalidad o distancia, pero el tiempo, la madurez y la resiliencia habían tejido algo indestructible. Lucía se había convertido en una verdadera hermana para Juli y para la propia Emmeline. Habían llorado juntas, celebrado cada logro de la academia y, ahora, sostenían la respiración mientras esperaban noticias de los morochos que venían en camino.
Camilo salió finalmente de la zona de observación, con los ojos empañados pero una sonrisa de alivio que le iluminaba el rostro.
—Está bien —suspiró Camilo, dejándose caer en uno de los sillones—. Los médicos lograron estabilizar las contracciones. Dicen que es un susto propio de un embarazo múltiple, pero que necesita reposo absoluto en cama las próximas semanas. No se va a mover de acá hasta que nazcan los morochos.
Juliana soltó un suspiro de alivio, apretando la mano de Emme.
—Es una mujer fuerte, Camilo. Va a estar bien y nosotros vamos a estar turnándonos para que nunca esté sola —le aseguró Juli con esa calma que la caracterizaba.
En ese preciso instante, el teléfono de Emmeline comenzó a vibrar con insistencia en su bolso. Al sacarlo, la pantalla mostró un código internacional de uno de los países europeos. Emme parpadeó sorprendida y miró a Juli.
—Es Alaia —anunció, respondiendo de inmediato—. ¿Aló? ¿Alaia, mi amor? ¿Cómo están las cosas por allá?
—¡Hola, Emme! —la voz de la gemela se escuchó al otro lado de la línea, con esa vibración enérgica que la caracterizaba, aunque teñida de una obvia preocupación—. Laia y yo nos enteramos por un mensaje de mi papá de que Lucía está en la clínica. ¿Cómo está ella? ¿Cómo están los bebés? Estábamos superasustadas acá en Europa.
Emmeline sonrió, enternecida por el gran corazón de la hija de su esposo, quien a pesar de la distancia seguía tan unida a su madre.
—Tranquila, mi vida. Justo el médico acaba de salir. Tu mamá está estable, los bebés también. Solo tiene que quedarse en reposo estricto unas semanas para cuidarse. Camilo la está consintiendo mucho. Podés respirar.
—Ay, gracias a Dios —se escuchó decir a Alaia, y el alivio en su voz fue evidente. Sin embargo, el tono de la joven cambió drásticamente, volviéndose más bajo, casi un susurro conspirativo—. Emme... qué bueno que me contestaste vos. Necesito hablar contigo de algo muy importante. De hecho, quiero hablar con vos y con mi papá, pero... necesito que seas mi cómplice en esto. Sos la única que me puede entender en este planeta.
Emmeline levantó una ceja, intrigada, haciendo una seña a Juliana para que prestara atención.
—¿Tu cómplice? ¿De qué me estás hablando, Alaia? Me estás asustando.
—Emme... conocí el amor acá en Europa. Estoy enamorada —confesó Alaia al otro lado de la línea, con una mezcla de timidez y determinación—. Y no es un enamoramiento cualquiera. Es alguien mayor, alguien que me lleva varios años, pero que me complementa de una forma que nunca imaginé. Sé que cuando mi papá se entere se va a poner como loco, ya conocés cómo es Maximiliano de protector con nosotras. Por eso te necesito a vos. Vos te enamoraste de mi papá siendo él mayor que vos, rompiste esos esquemas y supiste ganarte tu lugar. Sabés exactamente lo que siento. Necesito que me ayudés a armar el terreno para decírselo.
Emmeline se quedó muda por un segundo. La ironía de la vida se desplegaba ante ella: la hija de su esposo estaba pasando exactamente por la misma encrucijada que ella misma había vivido años atrás. Felipe, su propio pasado en Europa, y la intensidad de la danza estaban desatando hilos que ahora debía ayudar a guiar.
—Alaia... respirá —alcanzó a decir Emme, frotándose la frente—. Me alegra que estés feliz, de verdad. Pero hablar con Maximiliano de esto no va a ser fácil. Déjame procesarlo y hablarlo con Juli, y te prometo que buscamos la mejor manera de abordar a tu papá. Cuidate mucho, mi amor, y dale un beso a Laia.
Al colgar, Emme se giró hacia Juliana con los ojos abiertos de par en par. Andrés entraba en ese momento al pasillo y se detuvo al ver la expresión de su hermana.
—¿Qué pasó, Emme? Te cambió la cara —preguntó Andrés, cruzándose de brazos.
—Alaia está enamorada en Europa. De un hombre mayor —soltó Emme de golpe, mirando a Juliana con desesperación—. Y me acaba de pedir que sea su cómplice porque dice que yo soy la única que la entiende, ya que me enamoré de Maximiliano teniendo una diferencia de edad.
Juliana soltó una pequeña exclamación, procesando la magnitud de la bomba. Recordó la conversación de la semana pasada en la academia, donde habían intuido que las gemelas causarían estragos en el viejo continente.
—¿Y cómo voy a abordar ese tema con Maximiliano, Juli? —le preguntó Emme, tomándola de las manos, ignorando por un momento a su hermano—. Vos conocés a mi esposo. Maximiliano adora a esas gemelas, son sus ojos, su debilidad. El día que se entere de que Alaia está con un hombre mayor, y más estando tan lejos, le va a dar un ataque de proporciones épicas. ¿Cómo lo manejo sin que sienta que le estoy ocultando las cosas o traicionando su confianza?
Juliana miró a Andrés, quien mantenía una sonrisa de lado, sabiendo que los dramas familiares de los Fontane y los hombres protectores apenas comenzaban a repetirse en las nuevas generaciones. Juli apretó las manos de su amiga, adoptando esa madurez que el tiempo le había regalado.
—Despacio, Emme. Tal como Andrés y yo estamos haciendo —aconsejó Juliana con voz serena—. Primero hay que esperar que Lucía salga de peligro y esté tranquila en su reposo. Después, vos y yo nos sentaremos con Maximiliano. No podés abordar esto como una defensora de Alaia, sino como su esposa, recordándole que el amor no entiende de manuales ni de edades cuando es real. Al fin y al cabo, tu propia historia con él es la prueba viviente de que las cosas funcionan si hay madurez.
Andrés se acercó, colocando una mano en la cintura de Juliana y mirando a su hermana.
—Hacéle caso a tu cuñada, Emme. El temperamento de Maximiliano es fuerte, pero si vos vas con la verdad y le hacés recordar cómo la buscaste a ella, va a tener que ablandarse. Además, el amor en la familia siempre encuentra la forma de abrirse paso.
Emmeline asintió, sintiéndose un poco más respaldada por la sabiduría de Juli. En la habitación de la clínica, Lucía descansaba cuidada por Camilo, ajena a que las vueltas del destino estaban por conectar el pasado y el futuro de la familia en una nueva e intensa melodía.