Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo VII La familia Castillo
Punto de vista de Elena
Las puertas de hierro forjado de la mansión Castillo se abrieron con un chirrido que me pareció el grito de advertencia de mi propia conciencia. Al final del largo sendero flanqueado por arbustos perfectos, se alzaba una estructura imponente, una mole de piedra y cristal que desprendía una frialdad que ningún sol de tarde podría calentar.
Apreté el volante del auto deportivo de Isabella. Mis manos sudaban dentro de los guantes de piel fina. Recuerda: eres ella, me repetía como un mantra. Tú eres la dueña de este lugar. No tienes miedo. Tienes desprecio.
Estacioné frente a la escalinata de mármol. Un empleado se acercó de inmediato para abrir mi puerta. Salí del auto intentando que mis piernas no temblaran sobre los tacones de aguja. Caminé con la barbilla en alto, imitando el paso altivo que Isabella me había enseñado, hasta cruzar el umbral.
El vestíbulo era inmenso, decorado con estatuas clásicas y un silencio sepulcral que solo se rompió con el eco de mis pasos. Al final de la estancia, de pie junto a un gran ventanal, estaba él.
Armando Castillo.
No necesitó decir una palabra para que el aire se volviera denso. Su figura era autoritaria, vestida con un traje impecable que parecía una armadura. Cuando se giró para mirarme, sentí que sus ojos oscuros me atravesaban, buscando cualquier rastro de la verdad.
—Llegas tarde, Isabella —dijo con una voz profunda, cargada de una severidad que me hizo querer retroceder.
Tragué saliva, recordando las instrucciones de Isabella. No podía mostrar sumisión.
—El tráfico estaba insoportable, papá —respondí, forzando un tono de fastidio y aburrimiento—. Además, no sabía que tenías un cronómetro en la mano.
Armando entrecerró los ojos. Se acercó a mí con pasos lentos y calculados. Cada segundo que pasaba era una eternidad. Se detuvo a escasos centímetros, examinando mi rostro, mi ropa, mi actitud. Su mirada se detuvo en mi mejilla, quizás buscando el rastro del golpe que le había dado a la verdadera Isabella días atrás. Por suerte, el maquillaje profesional que ella misma me aplicó era una máscara perfecta.
—Parece que el golpe de hace unos días te refrescó la memoria y te enseñó a vestirte como una mujer de tu clase —soltó con una sonrisa cruel—. Espero que ese espíritu rebelde se haya quedado en tu habitación. Esta noche vienen los Volkov y no voy a tolerar ni uno solo de tus desplantes.
—No te preocupes —dije, sosteniéndole la mirada con un esfuerzo sobrehumano—. Estoy ansiosa por ver a mi futuro verdugo.
—No lo llames así. Alexander Volkov es el hombre que salvará este apellido. Es implacable, y tú vas a ser la esposa perfecta que él necesita. Si intentas arruinar esto, Isabella... —se acercó a mi oído, y su aliento me heló la sangre—, desearás nunca haber nacido en esta familia.
Se apartó con brusquedad y salió del vestíbulo sin mirar atrás. Me quedé allí, con el corazón martilleando contra mis costillas, sintiendo que acababa de sobrevivir a un encuentro con un depredador.
—Isabella... hija... ¿estás bien?
Una voz suave y melancólica me hizo girar. En la escalera estaba Miranda, mi supuesta madre. Me miraba con una mezcla de tristeza y una curiosidad que me inquietó. Sus ojos eran idénticos a los míos, pero estaban apagados, como si viviera en una pena constante.
—Sí, mamá. Solo es el estrés de la cena —mentí, sintiendo una punzada de dolor en el pecho.
Ella bajó los últimos escalones y me tomó de las manos. Sus dedos estaban fríos.
—Tu padre está muy tenso. Por favor, intenta no provocarlo esta noche. No quiero que nada malo te pase.
En ese momento, sentí un impulso irreprimible de abrazarla, de decirle que yo no era la hija que la hacía sufrir, pero me contuve. Si quería salvar a mi madre biológica, tenía que engañar a esta mujer que, extrañamente, sentía tan cercana a mi corazón.
—Estaré bien, mamá. Lo prometo.
Subí a la que ahora sería mi habitación, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban a mi alrededor. La prueba de fuego con los Castillo había pasado, pero lo peor estaba por venir. En unas horas, tendría que enfrentar al legendario Alexander Volkov y convencerlo de que yo era la mujer que él tanto despreciaba.
ojalá no bajen la Guardia