Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 13. EL SABOR DEL PELIGRO
El taller de desarrollo de Vanguard Atelier estaba en completo silencio, a excepción del tecleo rítmico de Katerina. Eran las ocho de la tarde del miércoles. Brandon estaba debajo del chasis de la nueva joya de la empresa, el Vanguard GT-X, ajustando los últimos detalles de la suspensión activa.
—Oye, Kat —la voz de Brandon sonó amortiguada desde el foso mecánico—. Ven un segundo a ver esto. Los datos del ordenador de diagnóstico no cuadran.
Katerina se levantó de su asiento y se acercó a la pantalla principal del panel de telemetría. Sus ojos esmeralda escanearon las líneas de código del sistema de frenado electrónico. Como amante de las matemáticas, identificó el patrón anómalo en menos de tres segundos.
—Alguien modificó los parámetros del algoritmo de presión de las pinzas de freno, Brandon —dijo Katerina, con la voz congelada por la sorpresa—. Está programado para que, si el coche supera los 150 kilómetros por hora, el sistema sufra un cortocircuito y libere la presión por completo. Parecería un fallo de fábrica del software.
Brandon salió del foso de un salto, con el rostro pálido bajo las manchas de grasa.
—Eso es un intento de sabotaje mortal, Kat. Si alguien saca este coche a la pista de pruebas... —Brandon miró a su hermana con pura angustia—. Laya o Leo tuvieron que dejar este script cargado antes de que los echáramos el lunes. Iban a matarte, Katerina. Sabían que tú probarías el coche.
—Limpia el código de inmediato, Brandon. Y dobla la seguridad informática del taller —ordenó Katerina, manteniendo la mente fría a pesar del vuelco que le había dado el corazón—. No vamos a dejar que nos asusten.
Dos horas más tarde, el ambiente era radicalmente distinto. Katerina se encontraba en el ático privado de Luke. El abogado la había invitado a una cena íntima para celebrar que Raúl Méndez había logrado que el juez imputara formalmente a Leo y al notario por falsedad documental y fraude procesal.
Las luces de la ciudad brillaban a través del inmenso ventanal. Una música de jazz suave sonaba de fondo mientras compartían una botella de vino tinto de excelente cosecha.
—Estás muy callada esta noche, Katerina —comentó Luke, dejando su copa sobre la mesa auxiliar de mármol. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los codos, luciendo un aspecto más relajado pero igual de imponente—. ¿Hay problemas en la fábrica?
Katerina suspiró, dando un pequeño sorbo a su vino. El aroma amaderado de la colonia de Luke y su cercanía física la hacían sentir extrañamente segura, a pesar del peligro que acechaba en el exterior.
—Encontramos un script de sabotaje en el software de frenos del prototipo —confesó ella, mirándolo a los ojos—. Iba a provocar un accidente fatal. Leo y Laya están desesperados, Luke. Sé que la estrategia legal los está asfixiando, pero temo por mi familia.
Luke se tensó de inmediato. Sus ojos oscuros destellaron con una furia fría y protectora. Se puso en pie, caminó hacia ella y la tomó suavemente por los hombros, obligándola a levantarse del sofá. La distancia entre sus cuerpos desapareció por completo.
—No voy a permitir que te pongan una sola mano encima, Katerina. Te lo prometí —dijo Luke, con su voz barítona bajando a un tono profundo y magnético—. Mañana mismo asignaré dos equipos de seguridad privada de mi firma para que os vigilen a ti, a tus padres y a Brandon las veinticuatro horas. Esta guerra la empezamos juntos, y la vamos a terminar juntos.
Katerina contempló las facciones marcadas de Luke. Vio la determinación absoluta en su mirada, la lealtad inquebrantable que jamás había experimentado con ningún otro hombre. El magnetismo entre ambos se volvió insoportable, una fuerza gravitatoria que anulaba cualquier lógica matemática.
—Luke... —susurró ella, con la respiración entrecortada.
—Te lo dije el lunes, Katerina —susurró él, acortando los últimos centímetros que los separaban—. Contigo voy a romper todas mis reglas.
Luke se inclinó y la besó. Fue un beso profundo, intenso y cargado de una pasión contenida durante días. Katerina correspondió de inmediato, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Luke, sintiendo cómo toda la tensión de las últimas semanas se disolvía en ese instante de puro fuego. El tiburón de los tribunales la estrechó contra su pecho con una fuerza protectora, sellando un pacto silencioso que iba mucho más allá de un caso judicial.
Mientras tanto, en la calle, justo enfrente de la entrada de la torre norte del centro financiero, un coche sedán oscuro permanecía estacionado con las luces apagadas.
En el interior, un hombre corpulento con una cicatriz en el cuello bajó los binoculares con los que observaba el ventanal iluminado del piso sesenta. Sacó un teléfono móvil de prepago y marcó el número de Laya.
—¿Gómez? ¿Qué novedades hay? —preguntó la voz histérica de Laya al otro lado.
—El plan del coche no va a funcionar, jefa —informó el mercenario con voz áspera—. Katerina descubrió el sabotaje de los frenos en el taller, acaban de limpiar el sistema. Además, ahora mismo está en el ático del abogado Luke. Están juntos.
Al otro lado de la línea, se escuchó el sonido de Laya rompiendo un vaso contra el suelo.
—¡Maldita sea! ¡Ese abogado se está metiendo en medio de todo! —chilló Laya, con una respiración psicópata—. Cambiamos de estrategia, Gómez. Si no podemos simular un accidente en la pista de carreras, lo haremos de forma pública. Mañana Katerina tiene que ir a testificar ante el juez de familia por la mañana. Quiero que los embosques en el aparcamiento subterráneo de los juzgados. No me importa el abogado. Deshazte de Katerina de una vez por todas.
El mercenario sonrió en la penumbra del coche, metiendo una mano en la guantera para tocar el frío metal de una pistola con silenciador.
—Entendido, jefa. Mañana por la mañana estará hecho.