Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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Los 10 a los 17 años
A los 10 años se me cayó el mundo. Fue un jueves. Mi papá juntó dos bolsas, ni siquiera maletas, y dijo "me voy". Mi mamá no lloró delante de él. Esperó a que cerrara la puerta. Cuando sonó el portazo, ella se sentó en el suelo de la cocina y se tapó la cara. Tomás tenía 8, Luna tenía 6. Y yo tenía 10. Esa noche nadie cenó. Yo me quedé mirando la puerta, esperando que volviera. No volvió. Nunca más. Después supe que se fue "a apariciones", como decía mi mamá. Desapareció. Sin plata, sin llamadas, sin nada. Se lo tragó la tierra. A los 10 me convertí en el hombre de la casa. No por ganas. Por necesidad. Mi mamá se quebró. Se puso a trabajar el doble, limpiando casas hasta tarde, pero igual no alcanzaba. Yo dejé el fútbol, dejé los amigos, dejé de ser niño. Empecé a vender dulces afuera del colegio. Después a repartir volantes en la calle. Después a lavar autos los domingos en la bencinera de la esquina. Me quemaba el sol, pero juntaba monedas. Lo más duro vino a los 12. Mi mamá se enfermó. Nada grave, decía ella. Pero tosía todas las noches y no dormía. Se adelgazó mucho. No teníamos plata pa' médico ni remedios. Yo me metí a trabajar en una panadería después del colegio, de 6 a 10 de la noche. Llegaba a la casa con las manos quemadas del horno y los pies hinchados. Tomás y Luna me esperaban despiertos pa' comer pan añejo
Era lo único caliente que había. Yo me quedaba con hambre pa' que ellos comieran. A los 13 la cosa empeoró. Mi mamá se fue una semana a otra ciudad a buscar trabajo. Nos dejó solos a los tres. Yo tenía 13, Tomás 11 y Luna 9. Yo hacía de mamá, papá y hermano mayor. Cocina, aseo, tareas, plata. Firmaba las citaciones del colegio yo. Una vez la directora me miró y me dijo "¿y tus papás?". Le dije que estaban trabajando. No era mentira completa. A los 14 reprobé matemáticas. El profe me dijo frente a todos que era "por flojo y desordenado". Me dio tanta rabia y tanta pena que salí corriendo del colegio. Me senté en una plaza vacía, detrás de un árbol. Y ahí sí lloré. Lloré como niño chico. Sin sonido, con la cara entre las manos, los hombros temblando. Lloré por los 10 años que no tuve. Por el papá que se fue. Por mi mamá que no dormía. Por mis hermanos que me miraban como si yo tuviera todas las respuestas. Lloré hasta que no me quedó nada adentro. Me sequé la cara con la manga del polerón y volví a la panadería al día siguiente. Pedí más horas. No podía darme el lujo de quebrarme. A los 15 mi mamá me llamó por teléfono público. Me dijo "Isaac, hijo, ya no puedo más aquí. Me voy a quedar donde tu tía pa' trabajar". Y se fue. Nos dejó solos en la casa. Con 15, 13 y 11 años. Yo era el apoderado. Yo pagaba la luz si alcanzaba. Yo cocinaba fideos todos los días. Hubo semanas que comimos solo pan con té. Hubo días que Tomás llegó del colegio y no había nada. Yo me metía al baño, cerraba la puerta con llave y lloraba con la ducha abierta pa' que no me escucharan. Después salía, me lavaba la cara con agua helada, y les decía "hoy hay pan, cabros". Aunque no hubiera. A los 16 trabajaba en dos partes. En la mañana en la panadería y en la tarde en una tienda del barrio. Atendía, ordenaba, barría, hacía de todo. Ganaba lo mínimo, pero era plata pa' la casa. Dormía 4 horas. A veces me quedaba dormido haciendo la tarea en la mesa. A los 17 estaba quebrado por dentro, pero de pie por fuera. Era flaco, ojeroso, pero sabía que si yo me caía, se caían los tres. Y no podía permitirlo. Y fue a los 17 cuando lo vi por primera vez. A Gael. Entró a la tienda un martes en la tarde. Tenía 19 años. Y desde que lo vi, supe que mi vida se iba a enredar.