Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 21: El refugio frágil
La llegada de Valeria a la mansión de Héctor fue un evento que nadie esperaba. El viejo director había preparado una habitación en el ala este, lejos de los niños pero lo suficientemente cerca para que Leo pudiera vigilarla. La mujer llegó envuelta en una manta térmica, con el rostro amoratado y los ojos llenos de un miedo que parecía genuino.
—No sabes cuánto lo siento —repitió una y otra vez, mientras el médico particular de Héctor le curaba las heridas—. No sabes cuánto.
—Ya basta de disculpas —dijo Leo, con una voz que intentaba sonar firme pero que se quebraba en los bordes—. Ahora lo importante es que estás a salvo. Y que los niños también lo están.
—¿Los niños? —preguntó ella, con una chispa de alarma en los ojos—. ¿Están bien? ¿Fabián les hizo algo?
—Están bien. Están durmiendo. No saben que estás aquí. No saben nada de lo que pasó.
Valeria asintió, aliviada, pero sus manos seguían temblando.
—No quiero que los vean así —dijo—. No quiero que me vean así.
—No tienen que verte hasta que estés lista. Pero tienes que entender una cosa, mamá.
Leo se sentó frente a ella y la miró directamente a los ojos.
—No puedo confiar en ti. No del todo. No después de todo lo que pasó. Pero quiero intentarlo. Porque eres mi madre, y porque sé que Fabián te ha hecho mucho daño. Pero si me mientes otra vez, si me usas otra vez, no habrá una tercera oportunidad. ¿Entendido?
Valeria bajó la cabeza y las lágrimas comenzaron a caer.
—Entiendo —susurró—. Y no te mentiré más. Te lo juro.
—No me jures nada. Solo demuéstramelo.
Esa noche, Leo no pudo dormir. Se quedó despierto en su habitación, mirando el techo y escuchando los sonidos de la casa. Los pasos de los guardias de seguridad, el viento que golpeaba las ventanas, el latido de su propio corazón. Cada sonido era una amenaza potencial, cada sombra un posible peligro.
—¿Está despierto? —preguntó una voz desde la puerta.
Era Héctor. Entró sin esperar respuesta y se sentó en el borde de la cama.
—No puedes seguir así —dijo el director—. Vas a enfermar.
—No puedo dormir, Héctor. Cada vez que cierro los ojos, veo a Fabián. Veo el cuchillo. Veo a mi madre atada a esa silla. Y me pregunto si todo esto es real o si es otra trampa.
—Es real. Pero también es real que estamos protegidos. Contraté seguridad adicional. Los niños tienen guardaespaldas las veinticuatro horas. Y Valeria está bajo vigilancia constante.
—¿Usted cree que ella dice la verdad?
Héctor guardó silencio un momento.
—Creo que quiere decir la verdad. Pero también creo que tiene miedo. Y el miedo hace que la gente mienta, aunque no quiera.
—Entonces no podemos confiar en ella del todo.
—No. Pero podemos darle la oportunidad de demostrar que ha cambiado. Eso es lo único que podemos hacer.
Leo asintió, aunque la inquietud seguía ahí.
—¿Y qué hacemos con Fabián? Sigue suelto. Sigue siendo una amenaza.
—La policía lo está buscando. Tiene una orden de arresto pendiente por intento de homicidio y secuestro. No puede esconderse para siempre.
—Pero mientras se esconde, puede atacar.
—Por eso tenemos seguridad. Y por eso tú no puedes salir solo de la casa. Ni siquiera para ir al estudio.
—Eso va a ser difícil de explicar a los productores.
—Diles que estás enfermo. Que necesitas reposo. La gente lo entenderá.
Leo se incorporó en la cama y apoyó la cabeza contra la pared.
—Esto es como una prisión —dijo, con amargura—. Estoy encerrado en mi propia casa, con guardias, con miedo, sin poder salir.
—Es temporal. Hasta que atrapen a Fabián.
—¿Y si no lo atrapan nunca?
—Entonces nos mudaremos. Nos iremos a otro país si es necesario. Pero no vamos a permitir que ese hombre te arruine la vida. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Leo, aunque su voz sonaba débil.
Héctor se levantó y caminó hacia la puerta.
—Trata de dormir —dijo—. Mañana será un día largo.
El día siguiente fue, efectivamente, largo. Los niños se despertaron temprano, preguntando por su madre. Leo les dijo que estaba enferma y que no podía verlos hasta que mejorara. No era una mentira del todo.
—¿Cuándo vamos a verla? —preguntó Sofía, con los ojos llenos de esperanza.
—Pronto —respondió Leo, acariciándole el cabello—. Muy pronto.
Pero cuando Valeria se despertó, pidió verlos. Leo la llevó a la sala de juegos, donde los niños estaban pintando con acuarelas. Al verla, Sofía y Mateo corrieron hacia ella y la abrazaron.
—Mamá —gritaron al unísono—. ¡Mamá!
Valeria los abrazó con una fuerza que sorprendió a Leo. Lloraba en silencio, mientras los niños reían y saltaban.
—Los quiero mucho —dijo ella—. Mucho, mucho.
Leo observó la escena desde la puerta. Por un momento, sintió una punzada de celos. Nunca había recibido un abrazo así de su madre. Pero luego recordó que él no era un niño. Y que esos niños no tenían la culpa de nada.
—¿Crees que algún día podré quererlos como ella? —preguntó a Héctor, que estaba a su lado.
—Ya los quieres —respondió el director—. Si no, no estarías aquí.
Esa tarde, Leo y Valeria tuvieron una larga conversación en el estudio de Héctor. Ella le contó todo lo que había callado durante años: cómo Fabián la había manipulado, cómo la había aislado de su familia, cómo la había obligado a hacer cosas que no quería.
—No soy una buena persona, Leo —admitió—. Pero quiero intentar serlo. Por ti. Por los niños. Por mí.
—Eso es todo lo que pido —respondió él—. Que lo intentes.
Pero aunque las palabras eran de perdón, en el fondo de su corazón, Leo sabía que la sombra de Fabián seguía presente. Y que, mientras él estuviera suelto, ninguno estaría realmente a salvo.