Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Como leona marcando territorio
Punto de vista de Julián
Me quedé petrificado por un segundo, aunque mi máscara de hombre de mundo no flaqueó. Ver a Adrián Valenzuela entrar al Club Náutico no estaba en mis planes, y mucho menos verlo con una mujer de esa categoría colgada de su brazo. Algo estaba tramando ese infeliz. Sin embargo, me obligué a mantener la calma; estaba seguro de que no venía por lo ocurrido con su hermana. Ese secreto se lo había llevado a la tumba la estúpida de Virginia.
Ella había sido una joven tonta y manipulable, igual que Elena. En su momento, pensé que podría ser un excelente reemplazo para cuando mi esposa ya no existiera, pero Adrián siempre fue una piedra en el zapato. Él nunca habría permitido que su "querida hermanita" fuera partícipe de una traición tan grande, así que me moví en las sombras. Después de jugar un tiempo con ella, de usar su devoción para saciar mis instintos más bajos y desgastar su cordura, la deseché. No fue mi culpa que no tuviera la fortaleza para aguantar el abandono.
Aún recordaba aquellos encuentros íntimos con Virginia, donde la convencía de cruzar límites que la aburrida de Elena ni siquiera conocía. Esos recuerdos eran mi trofeo privado, la prueba de que podía quebrar a cualquier mujer bajo mi voluntad.
Caminé hacia ellos con paso firme. La mujer que acompañaba a Valenzuela me atraía de una manera inusual, casi magnética. Su belleza no era la calidez doméstica que me irritaba en Elena; era una belleza agresiva, cara, diseñada para intimidar. Mantuve la compostura, recordando que ellos representaban el capital que mi empresa necesitaba para no hundirse tras el "accidente" de mi exesposa.
Saludé a Valenzuela de manera gentil, un gesto que él recibió con una frialdad que helaba la sangre. Sus ojos eran realmente aterradores, mucho más de lo que decían los rumores en nuestro círculo. Parecía que estaba mirando a través de mí, buscando el lugar exacto donde enterrar un cuchillo.
Cuando me presentó a su esposa, Alix, me sentí desarmado por primera vez en años. Al verla de cerca, me pareció una mujer extraordinaria, aunque en su mirada había algo indescifrable. Era como si ella misma no existiera en ese cuerpo, como si fuera una entidad de puro hielo habitando una máscara de seda.
El toque de su mano al saludarnos lanzó una descarga eléctrica que recorrió toda mi columna. Mis deseos más oscuros, esos que Sofía ya no lograba despertar con sus joyas y sus quejas, empezaron a asomarse. Estaba fascinado, hasta que mencionaron los terrenos San Román. Ese fue el punto de quiebre. La mención de ese fideicomiso me devolvió a la realidad con un golpe de agua fría.
Algo no estaba bien. Esos dos no habían venido solo por una fusión; había un brillo de asedio en sus palabras.
Los seguí discretamente cuando salieron hacia la terraza del Club Náutico, un lugar solitario donde la brisa del lago ahogaba cualquier otro sonido. Me oculté tras las columnas de mármol, con la alarma encendida en mi pecho, pero lo que vi no fue una conspiración de negocios. Lo que vi encendió un fuego diferente en mis venas.
Adrián la tenía entre sus brazos, devorándola con una intensidad que me dejó sin aliento. Y ella... ella respondía con una pasión feroz, sin tapujos ni las restricciones que la moralidad de la sociedad suele imponer. Se movía con una libertad que delataba una naturaleza fogosa y salvaje bajo ese traje de empresaria. En ese momento, sentí una envidia corrosiva. Deseaba con una fuerza violenta ser Adrián Valenzuela. Deseaba someter a esa mujer, probar ese fuego y hacerla mía, tal como había hecho con todas las demás.
Me retiré antes de ser descubierto husmeando, pero la imagen de Alix Thorne entregándose con esa fogosidad no salía de mi cabeza. Si Valenzuela pensaba que me iba a quitar las tierras San Román, estaba equivocado. Pero si creía que iba a mantener a esa mujer lejos de mi alcance, estaba aún más equivocado.
Julián Ferrara siempre obtenía lo que quería, y ahora quería a la esposa del hombre más poderoso del país.
Punto de vista de Alix
A pesar de que la relación entre Adrián y yo había nacido como una transacción fría donde ambos buscábamos justicia, no podía negar que mi actual esposo encendía en mí un fuego que jamás experimenté con Julián. Adrián era ardiente, una fuerza de la naturaleza que me llevaba al cielo y me hacía perder la razón. No importaba el lugar ni el riesgo; cuando nuestros cuerpos reclamaban cercanía, nos entregábamos a una pasión que parecía ser el único lenguaje honesto entre dos almas rotas.
—Vayamos a casa —susurró Adrián entre jadeos, rompiendo el beso que nos habíamos dado en la penumbra de la terraza.
Me tomó de la mano, guiándome con firmeza hacia la salida. Nuestra presencia en el Club Náutico ya había cumplido su objetivo: habíamos sembrado el caos en la mente de Julián y reclamado nuestro lugar en el tablero. No era necesario regalarles ni un minuto más de nuestro tiempo.
Sin embargo, el camino a la salida nos reservaba un último encuentro. Sofía estaba allí, de pie junto a las puertas de roble, observando a Adrián con un descaro que rayaba en lo obsceno. Lo recorrió de pies a cabeza, sin ningún pudor, como si estuviera evaluando una nueva pieza de caza para su colección.
—¿Pasa algo? —pregunté, deteniéndome frente a ella con una calma fingida que ocultaba mi desprecio.
Sofía dirigió su mirada hacia mí, forzando una expresión de cortesía que no llegaba a sus ojos inyectados de envidia.
—No, solo quería saber si necesitaban algo antes de retirarse —respondió, notoriamente inquieta, mientras sus dedos jugaban con su copa.
—No necesitamos nada, señora Ferrara. Ahora, si nos permite, tenemos asuntos mucho más interesantes que atender —sentencié, dándole a mis palabras un doble sentido que la hizo palidecer.
Tomé la mano de Adrián con fuerza. Sabía perfectamente lo que Sofía estaba haciendo; se había fijado en él y, fiel a su naturaleza depredadora, quería repetir la historia que vivió con Julián. Esa mujer no conocía escrúpulos, pero esta vez se enfrentaba a un hombre que no podía ser comprado con halagos baratos.
Una vez en el auto, el silencio se llenó con el rugido del motor. Adrián mantuvo la vista al frente, pero sentía su atención clavada en mí.
—¿Qué fue todo eso con la mujer de Ferrara? —preguntó, arqueando una ceja con un tono divertido.
—¿De qué hablas? —respondí, fingiendo desinterés mientras miraba las luces de la ciudad pasar a través del cristal.
Adrián esbozó una sonrisa ladeada, una expresión que me molestó por su arrogancia pero que, al mismo tiempo, me hizo desearlo más.
—Parecías una leona marcando territorio, Alix. No sabía que te importaba tanto lo que esa mujer mirara.
—No me importa ella, me importa el plan —mentí, aunque el calor en mis mejillas decía lo contrario—. ¿Iremos a casa o te quedarás toda la noche mirándome como un idiota?
Él no respondió. Simplemente continúo conduciendo, volviendo a su estado habitual de iceberg, ese silencio sepulcral que solía ser más intimidante que cualquier grito.
En menos tiempo del esperado, llegamos al edificio de apartamentos más exclusivo de la ciudad. Subimos en el ascensor privado hasta el último piso, donde se encontraba nuestro penthouse, un santuario donde el lujo era groseramente inusual y la vista del lago nos recordaba quiénes éramos ahora.
Sin darme tiempo a decir una sola palabra, apenas cruzamos el umbral, Adrián me tomó de la cintura y me acorraló contra la pesada puerta de madera. Sus ojos, cargados de un deseo desenfrenado y oscuro, anunciaban la tormenta que estaba a punto de desatarse dentro de esas paredes.
Su boca se adueñó de la mía en cuestión de segundos, robándome el aliento y cualquier capacidad de protesta. Sus manos, expertas y posesivas, empezaron a recorrer cada centímetro de mi piel, recordándome que, aunque el mundo nos viera como dos tempanos de hielo, en la intimidad, eramos dos amantes que derretirían el glaciar mas grande del mundo.
—Esta noche no hay planes, Alix —gruñó contra mi cuello—. Solo nosotros.
En ese momento, Julián Ferrara y su traición se sintieron como un recuerdo borroso y lejano. La verdadera batalla por mi alma estaba ocurriendo aquí, en los brazos del hombre que me salvó para poseerme.