Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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capítulo 15
El veneno de las palabras de mi madre me quemaba las entrañas. Sabotaje. Estaba dispuesta a arruinar el lote de chocolate premium y a arriesgar los contratos internacionales de la fábrica Evans con tal de ver a Hellen de rodillas. Miré a través del cristal esmerilado hacia su oficina. La vi concentrada en sus carpetas, destilando esa elegancia innata que me tenía sin dormir, y una urgencia salvaje me golpeó el pecho.
No me aguanté. La obsesión y el temor a verla destruida vencieron a mi orgullo.
Crucé la puerta interconectada, irrumpiendo en su despacho sin llamar. Hellen levantó la vista despacio, manteniendo una calma majestuosa que me hizo tensar los puños.
—Hellen, tenemos un problema grave en la planta
solté con la voz ronca, cerrando la puerta detrás de mí. Me acerqué a su escritorio, apoyando las manos sobre el cristal, desesperado por que entendiera la magnitud del peligro
—Mi madre acaba de armar una emboscada en tu contra. Habló con el jefe de control de calidad; van a alterar los termómetros de las máquinas de templado esta misma tarde para quemar todo el lote premium de chocolate amargo. Quieren culparte de negligencia ante la junta directiva para quitarte las acciones.
Tomé aire, clavando mis ojos en los suyos, sintiendo la necesidad visceral de que me creyera.
—Yo no tengo nada que ver con esto, Hellen. Te lo juro. No sabía nada hasta hace cinco minutos.
Esperaba ver pánico en su rostro, o al menos la indignación de una mujer acorralada. Pero para mi sorpresa. Hellen no se movió un milímetro. Una sonrisa ladina, gélida y perfectamente calculadora se dibujó en sus labios. Se reclinó en su silla ejecutiva, entrelazando sus dedos.
—Llegas tarde con la noticia, Gerson
respondió con una voz de seda que me heló la sangre
—Ya sé todo lo que tu madre trama.
La miré sin poder creerlo, completamente descolocado.
—¿Cómo que lo sabes?
tartamudeé
— Hellen, si las máquinas se alteran...
—Ya arreglé ese problema
me cortó, modulando sus palabras con una soberbia real que me erizó la piel
—Marta vino a advertirme hace una hora. En este momento, los supervisores leales a mí ya cambiaron la guardia en la planta de producción. El jefe de control de calidad acaba de ser escoltado fuera de la fábrica por intento de fraude industrial, y los termómetros están bajo estricta vigilancia. El lote premium saldrá perfecto. Así que mantente tranquilo, esposo.
Me quedé mudo, congelado en medio de su oficina. La respiración se me atoró en la garganta mientras la contemplaba. El shock inicial se transformó rápidamente en una fijación casi enfermiza en mi mente. Qué mujer más maravillosa, ¡Wao!, pensé, devorado por una admiración que me desbordaba el pecho. Hellen no veía problemas; ella simplemente los solucionaba antes de que estallaran. Tenía una mente tan brillante, tan despiadada y magnífica, que me hacía sentir un simple peón a su lado. Mi obsesión por ella alcanzó un punto de no retorno; ya no solo deseaba su cuerpo, ahora adoraba su intelecto.
Tragué saliva, intentando recuperar la compostura, aunque el pulso me temblaba.
—Eres... increíble
susurré, dando un paso hacia su escritorio, mirándola con una devoción que ya no me molestaba ocultar
—Qué te parece si, para dejar atrás esta tensión... te invito a cenar esta noche. Para celebrar el éxito de la campaña. A solas.
Hellen me sostuvo la mirada, analizando mi propuesta con esos ojos fijos que me ponían de rodillas. Tras unos segundos de tortuoso suspenso, asintió despacio.
—Acepto, Gerson. Nos vemos a las ocho.
La noche fue perfecta. Cenamos en el rincón más exclusivo de la ciudad, en una velada donde la tensión de los negocios se transformó en un cortejo silencioso. Yo no podía dejar de atenderla, de llenarla de atenciones, fascinado por cada palabra inteligente que salía de su boca. Hellen se comportó como una verdadera soberana, disfrutando de mi rendición.
El idilio, sin embargo, se quebró en cuanto el chófer nos dejó de vuelta en la mansión.
Al cruzar el vestíbulo, la silueta de mi madre apareció bajo la luz de la lámpara de cristal. Tenía el rostro tenso, esperando seguramente las llamadas de la junta directiva para celebrar la caída de Hellen. Al vernos entrar juntos, del brazo, su expresión se deformó en una mueca de pura furia e incredulidad.
—¡¿Qué está pasando contigo, Gerson?!
chilló mi madre, bajando las escaleras a trompicones, con la voz temblando de rabia
— ¡¿Qué haces saliendo a cenar con esta insignificante?! ¡¿Te has vuelto loco?!
Me tensé, dispuesto a plantarle cara a mi madre de una vez por todas, pero Hellen se me adelantó. Dio un paso al frente, soltándose sutilmente de mi brazo. Miró a la matriarca desde arriba, con una altura y una dignidad tan aplastante que pareció empequeñecer a la mujer por completo.
—Estamos celebrando la victoria de la campaña, señora Evans
soltó Hellen, con una sonrisa gélida que cortaba el aire
—Le informo que todo salió perfectamente bien con el pedido internacional. El lote premium de chocolate amargo ya está en los camiones de distribución, impecable y sin un solo retraso.
Al escuchar esto, el rostro de mi madre pasó de la rabia a una palidez espectral. Sus ojos se abrieron de par en par, dándose cuenta de que su imperio de manipulación se había derrumbado y que Hellen la había aplastado en su propio juego. El impacto psicológico y la humillación fueron tan masivos que el aire le faltó.
Mi madre se llevó una mano al pecho, sus piernas flaquearon y, ante nuestros ojos, se desmayó por completo, desplomándose sobre la alfombra del vestíbulo como un saco de piedras.
—¡Mamá!
exclamé, reaccionando por instinto.
Me arrodillé a su lado, tomándola por los hombros mientras gritaba por los sirvientes. El caos se apoderó de la mansión en un segundo. Entre el chófer y yo la levantamos, con el pulso acelerado, listos para sacarla hacia emergencias. Antes de cruzar la puerta con el cuerpo inconsciente de mi madre, miré hacia atrás.
Hellen permanecía de pie al pie de la escalera, impecable, fría, observando el desastre con la indiferencia de un rey que ve a su enemigo caer en el campo de batalla. La dinastía de mi madre había terminado esa noche, y el reinado de mi esposa acababa de comenzar.