🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Otro día a mi lado
Tres semanas pasaron bajo el mismo ritmo implacable. Para Bastian Murphy, el tiempo había dejado de medirse en días o noches; ahora se medía en las órdenes de Azael Brinkman. La rutina que su jefe había diseñado era perfecta, una red invisible que controlaba cada aspecto de su existencia, desde lo que pensaba hasta lo que consumía.
Cada mañana, el despertador de la habitación del fondo sonaba exactamente a las cinco y media. Bastian no tenía permitido quedarse en la cama ni un minuto más. Al salir al comedor, Azael ya lo esperaba sentado a la mesa principal. Josh, siempre silencioso, dejaba sobre la barra un desayuno preparado meticulosamente bajo las indicaciones del director: proteínas exactas, carbohidratos medidos y vitaminas específicas.
—Cómelo todo, Bastian —decía Azael sin levantar la vista de su tableta electrónica—. Tu cuerpo necesita recuperar el peso que perdiste por el estrés de los últimos meses. Quiero que estés sano. Quiero que estés fuerte.
Bastian obedecía en silencio. Al principio había intentado negarse a comer, pero Azael simplemente dejaba el plato frente a él y lo miraba fijamente, con esos ojos felinos y gélidos, hasta que Bastian cedía. Brinkman no solo estaba controlando su trabajo; estaba moldeando su cuerpo, asegurándose de que tuviera la energía suficiente para soportar las largas jornadas a su lado.
Después del desayuno, la rutina continuaba en el gimnasio privado del ático. Durante una hora, Azael supervisaba personalmente el entrenamiento físico de Bastian. Lo obligaba a correr en la caminadora y a realizar rutinas de resistencia. A veces, Azael se colocaba detrás de él para corregir su postura, presionando sus manos firmes contra los hombros o la cintura de Bastian. Ese contacto físico, frío pero cargado de una posesividad asfixiante, hacía que el corazón de Bastian se acelerara por el pánico y por una extraña electricidad que ya no podía controlar.
El traslado al edificio corporativo se realizaba siempre en el auto de Azael. Dentro de la firma, el aislamiento de Bastian se volvió absoluto. Su pequeño escritorio en la esquina del despacho presidencial era su único mundo. No tenía permitido bajar a la cafetería, ni hablar con los secretarios, ni cruzar una sola palabra con los demás pasantes.
Un martes por la tarde, Bastian tuvo que salir un momento del despacho para llevar unos documentos impresos al archivo del pasillo. Mientras caminaba, se cruzó con una de las secretarias del piso inferior, una joven que solía saludarlo con amabilidad semanas atrás.
—¡Hola, Bastian! Qué bueno verte, escuché que ahora trabajas arriba… —comenzó a decir la joven con una sonrisa.
Bastian abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera emitir un sonido, la figura de Azael apareció detrás de él como una sombra imponente. La secretaria se congeló al ver la mirada destructiva del director. Su sonrisa desapareció y dio un paso atrás, disculpándose con la voz temblorosa antes de alejarse a toda prisa.
Azael colocó una mano en la espalda baja de Bastian, empujándolo suavemente pero con firmeza de regreso hacia el despacho.
—Te lo he dicho muchas veces, Murphy. Tus interacciones con el personal son innecesarias —susurró Azael en su oído mientras cerraba la puerta de madera oscura—. Nadie en este edificio tiene derecho a hablarte. Nadie necesita tu atención más que yo.
Bastian se soltó del agarre con frustración y se giró para enfrentarlo. La falta de contacto humano lo estaba volviendo loco.
—¡Solo me estaba saludando! No puede pretender que actúe como si los demás fueran fantasmas —reclamó Bastian, con la respiración agitada—. Además, llevo días preguntándole por mi madre. Necesito escuchar su voz, saber cómo está. Me quitó el teléfono y no me deja ir a la clínica. ¿Qué le ha dicho a ella? Debe estar muy preocupada por mi ausencia.
Azael caminó con parsimonia hacia su escritorio de cuero negro. Se sentó, cruzó las piernas con elegancia y miró a Bastian con una calma exasperante.
—Stella está perfectamente, Bastian. Josh me pasa un informe de su estado de salud cada seis horas. Su cirugía menor fue un éxito y ahora está en un periodo de descanso absoluto en su suite privada —Azael hizo una pausa, tamborileando sus dedos sobre la mesa—. En cuanto a tu ausencia, no tienes de qué preocuparte. Personalmente llamé a la clínica utilizando tu número de teléfono antes de apagarlo. Le dejé un mensaje de voz a la enfermera para que se lo transmitiera a tu madre.
—¿Qué le dijo? —preguntó Bastian, dando un paso adelante, temiendo lo peor.
—Le dije que habías contraído un resfriado muy fuerte y que, para no contagiarla debido a sus defensas bajas, preferías mantener la distancia durante unas semanas —respondió Azael, esbozando esa delgada sonrisa gélida—. Stella lo entendió perfectamente. Ella piensa que eres un hijo maravilloso que solo intenta protegerla. Está muy feliz descansando, sabiendo que todas tus facturas médicas están pagadas por un fondo de beneficencia de mi oficina.
Bastian sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. La frialdad de Azael Brinkman no tenía límites. Había creado una mentira perfecta para que su madre no sospechara nada, transformando su secuestro psicológico en un acto de amor filial. Stella estaba tranquila en su cama de hospital, creyendo que su hijo guardaba reposo en su apartamento por un fuerte resfriado, sin imaginar que estaba atrapado en las garras de su jefe millonario.
—Es usted una persona retorcida… —alcanzó a decir Bastian, dejándose caer en su silla de escritorio, abrumado por la red de mentiras que lo rodeaba.
—Soy práctico, Bastian —corrigió Azael, volviendo a su computadora—. Mantengo a tu madre a salvo y feliz. A cambio, solo te pido obediencia absoluta. Es un trato muy generoso.
Mientras tanto, en el exterior de esa jaula de cristal, Robin no se había dado por vencido. El amigo de Bastian había intentado acercarse al edificio corporativo en varias ocasiones durante esas tres semanas. Sin embargo, las órdenes de Azael Brinkman a la seguridad del perímetro eran estrictas. Cada vez que Robin intentaba cruzar la entrada principal o el estacionamiento subterráneo, los guardias lo interceptaban de inmediato, obligándolo a retirarse bajo amenazas de llamar a la policía. Robin miraba hacia las ventanas de los pisos más altos con desesperación, sabiendo que su amigo estaba allí dentro, pero completamente incapaz de romper el muro que el millonario había construido.
Al llegar la noche, la rutina regresaba al ático. Azael controlaba incluso el horario de sueño de Bastian. A las diez en punto de la noche, el director entraba a la habitación del fondo para verificar que Bastian estuviera en la cama. No permitía que tuviera luces encendidas ni libros que pudieran distraerlo.
Esa noche, Azael se sentó en el borde del colchón de Bastian en la penumbra. El joven Murphy se encogió bajo las cobijas, sintiendo el peso de la presencia dominante de su captor. Azael estiró la mano y comenzó a acariciar la mejilla de Bastian con una lentitud tortuosa. Sus dedos bajaron por el cuello, deteniéndose justo donde la camisa de dormir revelaba el inicio de su piel.
—Estás ganando color, Bastian. El entrenamiento y la comida están dando resultados —susurró Azael, con una voz ronca que vibró en la oscuridad de la habitación—. Tu cuerpo se está adaptando a mí. Tu mente también lo hará, tarde o temprano.
Bastian cerró los ojos, intentando ignorar la forma en que su propio cuerpo reaccionaba al toque de Azael. Sabía que odiaba el encierro, odiaba el control y odiaba las mentiras sobre su madre. Pero al mismo tiempo, tras tres semanas de aislamiento absoluto, la presencia de Azael se había convertido en lo único real en su vida. Su mente empezaba a sufrir el desgaste del entrenamiento psicológico; la figura de su jefe ya no solo le inspiraba terror, sino una dependencia oscura y asfixiante que se filtraba en sus sueños cada noche.
—Duerme ya, Bastian —ordenó Azael en un susurro, inclinándose para dejar un beso frío y posesivo en su frente antes de ponerse de pie—. Mañana será otro día a mi lado.
Las puertas de la habitación se cerraron y el silencio volvió a reinar en el ático. En la oscuridad, Bastian se tocó la frente, sintiendo el rastro del beso de su jefe. La red se había cerrado por completo, y él estaba empezando a olvidar cómo se sentía ser libre.