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Por Mi Reina

Por Mi Reina

Status: Terminada
Genre:Yuri / Romance / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:782
Nilai: 5
nombre de autor: Skay P.

✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️

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El palacio es nuestro

El salón del trono se convirtió en un torbellino de metal, gritos y magia desatada. Los capitanes del norte se arrojaron al ataque, pero Mael y los lanceros del sur entraron por las puertas destrozadas, chocando contra ellos en un combate feroz. El mármol blanco del suelo comenzó a mancharse con los restos de una alianza rota.

En el centro del caos, el príncipe Valkarn bajó las escaleras del estrado con los ojos inyectados en carmesí. Levantó su pesada espada de hielo rúnico, que desprendía un vapor gélido y letal.

—¡Te romperé como al cristal de tu palacio, general! —rugió Valkarn, lanzando un golpe descendente con una furia salvaje.

Kaelith levantó su espada rúnica del este con ambas manos, bloqueando el impacto. El choque de las dos armas mágicas provocó una onda de choque que agrietó las baldosas bajo sus pies. El frío del norte intentó trepar por los brazos de la militar, pero la energía del este, encendida por el calor de la magia de luz que Lysandra le había entregado, repelió el hielo con un destello azul intenso.

—Tu orgullo fue tu ruina, Valkarn —respondió Kaelith, empujando con todas sus fuerzas hacia adelante, haciendo retroceder al príncipe un paso—. Subestimaste al sur, y subestimaste a las mujeres que lo defienden.

A pocos metros del duelo, Lysandra se movía con una precisión letal. Un capitán del norte intentó flanquear a Kaelith, pero la princesa se interpuso en su camino. Con un movimiento ágil, esquivó la maza del soldado, giró sobre su propio eje y hundió una de sus dagas finas en la ranura de la axila del enemigo, el punto más débil de la armadura. El hombre cayó al suelo con un gemido sordo.

Valkarn y Kaelith continuaron su danza de muerte. Las espadas chocaban una y otra vez, llenando el salón con el sonido agudo del acero mágico. Valkarn era fuerte y usaba el peso de su cuerpo para cansar a la general, pero Kaelith tenía la disciplina del campo de batalla. Esquivaba los golpes pesados y contraatacaba con estocadas rápidas que empezaron a dañar las placas de plata del príncipe.

En el extremo del salón, el Emperador Aethelion observaba el combate desde su trono de marfil. El pánico y la cobardía se habían apoderado de su rostro arrugado. Veía cómo los soldados del norte caían uno a uno ante la infantería del sur. En su mente enferma por el miedo, comprendió que si Valkarn perdía, su dinastía y su propia corona desaparecerían. No veía a Lysandra como a una hija salvando el imperio; la veía como a una rebelde que venía a arrebatarle el poder.

Aethelion bajó la mirada hacia la mesa lateral del trono. Allí reposaba una daga ceremonial de oro, con una hoja envenenada diseñada para traiciones dinásticas. Con manos temblorosas, el viejo emperador tomó el arma y se levantó del trono, moviéndose entre las sombras de las columnas mientras el combate principal acaparaba toda la atención.

Kaelith lanzó un golpe giratorio que cortó la hombrera derecha de Valkarn. El príncipe soltó un grito de dolor y rabia, tropezando hacia atrás, apoyado en una de las columnas. Su espada de hielo empezó a agrietarse ante el poder rúnico de la general.

—Se acabó, príncipe —dijo Kaelith, avanzando con la espada en alto, lista para asestar el golpe final que liberaría al sur.

En ese segundo, el Emperador Aethelion emergió de la sombra de la columna, justo detrás de la espalda desprotegida de la general. Con los ojos abiertos por la locura del pánico, levantó la daga de oro, apuntando directamente al cuello de Kaelith.

—¡Muere, traidora! —gritó el viejo rey con una voz rota.

Kaelith escuchó el grito demasiado tarde. Intentó girar el cuerpo, pero su peso estaba comprometido en el ataque hacia Valkarn.

Sin embargo, Lysandra lo había visto todo. Su mente estratega, siempre atenta a cada movimiento, registró la silueta de su padre en el aire. La princesa no lo dudó ni un solo instante. El amor que sentía por su general, el pacto carnal y espiritual que habían sellado en la herrería, anuló cualquier lazo de sangre con el hombre que la había vendido al norte.

Lysandra se arrojó hacia adelante con una velocidad sobrehumana. Antes de que la daga de oro pudiera rozar la piel de Kaelith, la princesa se interpuso entre ambos. Con un movimiento instintivo y brutal, cruzó una espada corta de acero fino, desviando la mano del emperador y, con el mismo impulso, hundió el arma directamente en el pecho de su propio padre.

El metal atravesó las sedas reales del soberano.

El Emperador Aethelion se detuvo en seco. La daga de oro se le escapó de los dedos, resonando contra el suelo. Miró a su hija con una mezcla de sorpresa y terror absoluto. Lysandra sostuvo la empuñadura de la espada con firmeza, con las lágrimas rodando por sus mejillas pero con una mirada de puro hielo que demostraba que no se arrepentía de su elección.

—Tú nos traicionaste primero, padre —susurró Lysandra en su oído, mientras retiraba el acero con un movimiento limpio.

El emperador dio dos pasos hacia atrás, tambaleándose, y cayó de rodillas sobre los escalones del trono, antes de desplomarse inerte frente al símbolo de su propio poder corrupto. Había muerto por su propia cobardía.

Kaelith miró a la princesa con los ojos abiertos por el asombro. Comprendió el sacrificio inmenso que Lysandra acababa de hacer por ella, destruyendo su propio pasado para asegurar su futuro juntas. La general sintió que una nueva ola de furia rúnica le llenaba los músculos.

Valkarn, al ver caer al emperador y notar que se había quedado completamente solo, intentó aprovechar la distracción para lanzar una última estocada desesperada hacia el rostro de Kaelith.

—¡Malditas sean las dos! —rugió el príncipe.

Kaelith reaccionó con la velocidad del rayo. Bloqueó la espada de hielo con su brazo izquierdo protegido por el brazalete de hierro y, con un grito de batalla que sacudió el salón entero, descargó su espada rúnica del este directamente sobre el pecho de Valkarn.

El acero rúnico partió la coraza de plata en dos. La magia del este congeló instantáneamente el cuerpo del príncipe del norte, deteniendo su corazón y apagando el fuego de sus ojos en un segundo. Valkarn cayó hacia atrás, rígido como una estatua de hielo azul, rompiéndose en pedazos contra el suelo de mármol al tocar el suelo.

El silencio volvió a reinar en el gran salón del trono. Los pocos capitanes supervivientes de Zephyria, al ver a su príncipe destruido y al emperador muerto, soltaron sus armas y se arrodillaron en señal de rendición total ante la infantería del sur.

Mael y los soldados levantaron sus armas rúnicas, listos para limpiar la sala, pero se detuvieron al ver a sus líderes.

Kaelith envainó su espada con manos temblorosas por el esfuerzo físico y emocional. Se dio la vuelta y caminó hacia Lysandra. La princesa permanecía de pie junto al cuerpo de su padre, sosteniendo su espada corta manchada, con la cabeza baja y los hombros temblando levemente por el llanto silencioso.

La general rompió toda la disciplina militar frente a sus hombres. Extendió sus brazos fuertes y rodeó a Lysandra en un abrazo protector, pegando el cuerpo de la princesa contra su pecho. Lysandra soltó el arma, que cayó al suelo con un tintineo, y se aferró a Kaelith, escondiendo el rostro en su cuello, dejando salir todo el dolor y la tensión acumulada durante semanas.

—Estás a salvo, mi reina —susurró Kaelith en su oído, acariciándole el cabello plateado con una ternura infinita—. Ya se terminó. El palacio es nuestro.

Lysandra respiró hondo, absorbiendo el olor a hierro y calor que emanaba de su general, el único olor que le devolvía la cordura en mitad del infierno. Se separó del abrazo lentamente, limpiándose las lágrimas del rostro con el dorso de la mano. Su mirada verde recuperó la fuerza y la majestuosidad de una verdadera gobernante.

Miró el trono vacío y luego miró a los soldados del sur que las observaban en silencio, con un profundo respeto en sus ojos. Las apariencias falsas se había roto para siempre, y el inicio de un nuevo orden para Aethelgard estaba listo para ser escrito con tinta de oro y acero rúnico.

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