Ella reencarna en otra época.. y ahora tiene magia.. tiene su destino ya trazado y decidido por su familia.. ¿podrá cambiar su destino? ¿o seguirá siendo la hija obediente que siempre fue?
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Nieve
Aquella tarde, cuando la actividad de la reunión comenzó a disminuir, Lady Gartner buscó a Grace.
La encontró observando la nieve desde una de los grandes ventanales de la mansión.
Su madre se acercó con una expresión algo indecisa.
—Grace, querida.
—¿Sí, madre?
Lady Gartner tomó asiento a su lado.
—Tu padre y yo hemos estado hablando.
Grace la observó con atención.
Y entonces comprendió inmediatamente de qué se trataba.
—Volveremos antes, ¿verdad?
Su madre pareció sorprendida.
—¿Cómo lo supiste?
Grace sonrió suavemente.
No era difícil de adivinar.
Desde aquella mañana había notado cierta inquietud en ella.
Y además conocía perfectamente la razón.
Los gemelos.
Siempre los gemelos.
No porque fueran los favoritos.
Sino porque durante años habían sido la principal preocupación de la familia.
—Estás preocupada por mis hermanos.
Lady Gartner suspiró.
—Un poco.
Grace asintió.
Aquello era comprensible.
Los niños estaban bien.
Pero los años de enfermedad habían dejado huellas profundas en sus padres.
Todavía les costaba permanecer demasiado tiempo lejos de ellos.
—No me molesta.
Y era verdad.
No tenía intención de reclamar.
Aquella reunión había sido un regalo de esa nieve, un apasionado regalo inesperado.
Mucho más de lo que había imaginado.
Su madre pareció aliviada.
—Gracias, querida.
—No hay problema.
Lady Gartner sonrió con cariño.
Y después de conversar un poco más se retiró para reunirse con su esposo.
Grace permaneció sola.
Mirando la nieve caer más allá de las ventanas.
Y entonces apareció el pensamiento que había estado evitando.
[Aaron.. te quedas en la nieve.. ]
Su sonrisa se volvió un poco más melancólica.
Porque una parte de ella había esperado volver a verlo antes de partir.
Quizás una última conversación.
Un último paseo.
Incluso una despedida apropiada.
Pero la realidad rara vez era tan ordenada.
La mansión estaba llena de invitados.
Las actividades continuaban.
Y el día avanzó sin que volvieran a encontrarse.
Al principio Grace pensó que aún habría tiempo.
[Probablemente está ocupado.]
Aunque una parte de ella se sintió decepcionada.
Y cuando finalmente se acostó, comprendió que probablemente ya no volvería a verlo.
Era extraño.
Porque apenas se conocían.
Todo había ocurrido en cuestión de días.
Una conversación en una terraza.
Un paseo.
Unas cuantas horas compartidas.
Y, sin embargo, se había convertido en un recuerdo importante.
Es misma tarde partieron.. la nieve cubría los caminos mientras los carruajes abandonaban la mansión Russ.
Grace observó el edificio alejarse lentamente por la ventana.
Y durante unos segundos buscó una figura concreta.
Un joven de cabello oscuro.
Una sonrisa descarada.
Una pierna herida.
Pero no lo vio.
Aaron no estaba allí.
No hubo despedida.
No hubo promesas.
No hubo cartas intercambiadas.
Ni juramentos románticos.
Solo el silencio de una tarde de invierno.
Extrañamente, eso no la entristeció tanto como esperaba.
Porque comprendía perfectamente lo que había sido aquella relación.
Algo breve.
Espontáneo.
Hermoso precisamente porque no había sido planeado.
Apoyó la cabeza contra la ventana del carruaje.
Y sonrió.
Recordó la terraza.
Los jardines.
Las bromas.
Las conversaciones absurdas.
La manera en que Aaron siempre encontraba una respuesta ingeniosa.
Y aquella expresión exageradamente dolida de la mañana siguiente.
La sonrisa de Grace se amplió un poco más.
[Realmente fue divertido.]
Quizás nunca volverían a verse.
Quizás él seguiría con su vida.
Y ella entraría al templo.
Pero no se arrepentía de nada.
Porque durante unos pocos días había vivido algo que había elegido por sí misma.
Y mientras el carruaje avanzaba por los caminos nevados de Sunderland, Grace guardó aquel recuerdo cuidadosamente en su corazón.
Como un pequeño tesoro.
Uno que la acompañaría cuando llegaran los años de estudio, disciplina y servicio que la esperaban en el templo.
Aquella noche, Aaron finalmente encontró un momento libre.
El día había sido agotador.
Reuniones.
Conversaciones políticas.
Visitas de cortesía.
Demasiadas obligaciones para alguien que habría preferido pasar el día entero molestando a cierta joven pelirroja.
En una de sus manos llevaba un pequeño ramo de flores.
No era algo especialmente grandioso.
Ni extravagante.
Simplemente unas flores invernales que había visto durante la mañana y que le habían recordado a ella.
Por alguna razón le había parecido buena idea.
Quizás porque todavía quería verla una vez más.
Quizás porque la despedida que habían tenido le parecía insuficiente.
O quizás porque simplemente no quería admitir que estaba pensando demasiado en una mujer que había conocido hacía tan poco tiempo.
—Ridículo —murmuró para sí mismo.
Sin embargo siguió caminando.
Cuando llegó al sector donde se alojaban los Gartner, encontró movimiento.
Sirvientes.
Equipaje que ya no estaba.
Habitaciones vacías.
Y entonces comprendió que algo no encajaba.
—¿Los Gartner?
Preguntó a uno de los empleados de la mansión.
—Partieron esta tarde, mi lord.
Aaron se quedó inmóvil.
—¿Partieron?
—Sí, mi lord.
—¿Esta tarde?
—Hace varias horas.
Por primera vez en todo el día Aaron se quedó sin palabras.
Miró las flores que aún sostenía.
Después la puerta cerrada.
Y finalmente el pasillo vacío.
No podía creerlo.
Ni una despedida.
Ni una última conversación.
Ni siquiera una nota.
Simplemente se había ido.
Por un momento sintió una irritación completamente irracional.
No hacia Grace.
Hacia la situación.
Porque había asumido que tendría tiempo.
Que la volvería a ver.
Que encontraría alguna excusa para hablar con ella una vez más.. o para robarle un ultimo beso..
Y ahora ya no estaba.
—Increíble.
Murmuró mientras soltaba una breve risa.
[mi hermana se burlaría de mi por siempre anhelar amores imposibles]
Cuando llego al salón privado.. allí lo esperaba su asistente personal.
Un hombre que llevaba años trabajando para la familia Hoffman y que conocía perfectamente a Aaron.
Lo suficiente para darse cuenta de inmediato de que algo había salido mal.
—Mi lord.
Aaron se dejó caer en un sillón.
—Se fue.
El asistente ni siquiera necesitó preguntar quién.
—Lady Gartner.
—Lady Gartner.
Confirmó Aaron.
El hombre suspiró.
Aquello explicaba muchas cosas.
—Comprendo.
Aaron observó las flores durante unos segundos.
Después las dejó sobre una mesa cercana.
El asistente esperó prudentemente.
Finalmente decidió abordar otro asunto.
—En ese caso deberíamos regresar al ducado Fitzpatrick.
Aaron levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Dentro de pocos días Lady Hoffman llegará allí...
La hermana de Aaron.
Una mujer inteligente y respetada por buena parte de la nobleza.
Especialmente por su propio hermano.
—Mi hermana puede sobrevivir sin mí unos días.
—Mi lord...
—No.
El asistente parpadeó.
—¿No?
Aaron se puso de pie.
La expresión divertida había regresado poco a poco a su rostro.
—Prepara todo.
—¿Para regresar al ducado Hoffman?
—No.
—¿Entonces?
Aaron sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
La misma sonrisa que había provocado tantos problemas durante años.
—Nos vamos a la capital.
El asistente lo miró fijamente.
Convencido de que había escuchado mal.
—¿La capital?
—Exactamente.
—¿Ahora?
—Tan pronto como sea posible.
—Mi lord.
El hombre masajeó el puente de su nariz.
—Si esto tiene relación con Lady Gartner...
Aaron sonrió todavía más.
—Tiene mucha relación con Lady Gartner.
El asistente suspiró profundamente.
—Mi lord, ella no vive en la capital.
—Lo sé.
—Su familia vive en el norte.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo.
Aaron caminó hacia la ventana.
La nieve seguía cayendo más allá del cristal.
Por un momento recordó la terraza.
Las risas.
Las conversaciones.
Y la forma en que Grace había hablado de su futuro.
Del templo.
De la resignación con la que aceptaba un destino que otros habían decidido por ella.
Su sonrisa se volvió más suave.
—No vive en la capital.
—Exacto.
—Pero tendrá que pasar por ella.
El asistente lo observó en silencio.
Y entonces comprendió.
—Está esperando interceptarla antes de que entre al templo.
Aaron se giró.
—Interceptarla suena muy criminal.
—Porque lo es.
—Qué exagerado.
—Mi lord...
—Solo quiero verla otra vez.
Por primera vez no había bromas en su voz.
Ni exageraciones.
Ni encanto cuidadosamente calculado.
Solo honestidad.
El asistente se quedó callado.
Porque llevaba años trabajando para Aaron.
Había visto innumerables coqueteos.
Docenas de admiradoras.
Y suficientes romances pasajeros como para perder la cuenta.
Pero nunca lo había visto reaccionar así.
Nunca.
Aaron volvió a mirar la nieve.
Y sonrió.
—Además.
—¿Sí?
—Todavía no la he convencido.
El asistente cerró los ojos.
—Por supuesto que no.
—Y pienso seguir intentándolo.
—Eso también lo imaginaba.
Aaron soltó una carcajada.
Mientras tanto, muy lejos de allí, Grace viajaba tranquilamente hacia su hogar convencida de que aquella historia había terminado.
Sin sospechar que el hombre que había dejado atrás acababa de decidir atravesar medio reino para encontrarla una vez más antes de que las puertas del templo se cerraran entre ellos.
Mala actitud la de los padres