Cuando la mafia y el amor se cruzan...
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La jaula dorada
El cuerpo de Isabella no resistió más.
En algún punto del trayecto, mientras el auto avanzaba por calles silenciosas, ella se desmoronó por dentro. El shock.
La imagen de Thiago desplomándose con un agujero en el pecho. La voz de Vittorio, implacable.
El tacto frío de las manos que la arrastraron. El silencio del auto.
Demasiado.
La respiración se le volvió errática. Sentía náuseas, un nudo en el estómago. El pecho le dolía. Las lágrimas seguían bajando, pero ya no las sentía.
Y de pronto, la oscuridad.
Antes de caer completamente, su mente le devolvió retazos, como postales distorsionadas:
—La risa de Thiago en la playa, años atrás.
—Una copa de vino que se volcaba en cámara lenta.
—La mirada del joven del auto. Inmóvil. Como una estatua.
—Un disparo. Otra vez.
—El grito. Su propio grito. Después… nada.
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Cuando volvió a abrir los ojos, por un instante creyó que había muerto.
El techo era alto, blanco, con molduras talladas en oro viejo. Cortinas de terciopelo oscuro colgaban a ambos lados de una ventana inmensa, por la que se filtraba la luz suave del amanecer. Afuera, un jardín increíblemente verde —casi irreal— parecía ajeno al horror de la noche anterior.
La cama era suave, tibia, demasiado grande. Como si la hubieran acostado en el lecho de una reina… o de una prisionera de lujo.
No olía a sangre. No olía a miedo. No olía a Thiago.
Y eso la hizo gritar.
El grito le nació desde el estómago, rasgando la garganta, seco, desgarrador.
Lloró de golpe, sin aviso, como si el alma se le hubiera quebrado de pronto. Se encogió sobre sí misma, abrazando las sábanas con desesperación, jadeando como un animal herido que no entiende en qué jaula lo metieron.
La puerta se abrió sin previo aviso.
—Tranquila —dijo una voz grave, serena—. No estás sola. Era él.
El joven del auto.
El que la sujetó sin decir una palabra. El que evitó mirarla.
Vestía una remera negra ajustada, sin armas visibles, pero cada línea de su cuerpo hablaba de fuerza, de control. De peligro en reposo.
—¿Dónde estoy? —escupió Isabella, con los ojos enrojecidos por el llanto.
—En la casa de Vittorio Romano. —Su tono era neutro. No desafiante, pero tampoco amable.
—¿Soy su prisionera?
El hombre ladeó la cabeza, como si la pregunta le resultara ridícula.
—¿Te están encadenando? ¿Te están torturando?
—¡Mató a mi novio frente a mis ojos y me secuestró! —estalló ella, con rabia temblorosa—. Así que sí. Estoy secuestrada. Silencio.
Él suspiró apenas. Caminó hacia una cómoda de roble oscuro, dejó una bandeja sobre la superficie y se quedó ahí, de pie, sin decir más.
—¿Cómo te llamás? —preguntó Isabella, esta vez con la voz un poco más suave, casi curiosa.
—Luca.
—¿Y qué sos? ¿Su mascota? ¿Su sirviente?
Una sombra de sonrisa le rozó los labios. Irónica. Breve. Pero no respondió.
Isabella bajó la vista a la bandeja.
Frutas frescas cortadas con esmero. Pan caliente. Café humeante en una taza de porcelana. Una contradicción cruel.
Un mimo envenenado.
—¿Esto es algún tipo de castigo retorcido? —dijo con amargura—. ¿Me dan desayuno después de matar al hombre que amaba?
—Podés no comer, si preferís. Ella lo fulminó con la mirada.
—¿Qué soy para él? ¿Una deuda con piernas? ¿Un juguete? Luca dio un paso más. No amenazante. Pero presente.
—No soy quién para darte respuestas —dijo en voz baja—. Pero no sos una prisionera común. Eso te lo aseguro.
Isabella se levantó de la cama de un salto, descalza, y lo enfrentó.
Sus ojos estaban vidriosos, el cabello alborotado, el cuerpo tiritaba… pero en el centro había fuego. Furia. Dignidad. Y algo que aún no sabía que tenía.
Y él lo notó.
—Decile a Vittorio que quiero irme. Que no tiene derecho.
Luca pareció tensarse. Sus hombros se endurecieron casi imperceptiblemente. Ese tema no le gustaba.
—Ya lo sabe —respondió, seco—. Pero no va a dejarte ir. Al menos, no por ahora.
—¿Por qué?
Por primera vez, él la miró de verdad. No como vigilante.
No como guardaespaldas.
La miró como un hombre que observa algo que no puede nombrar… pero tampoco ignorar.
—Porque te pareces demasiado a alguien que él no pudo olvidar. Las palabras cayeron como hielo sobre el pecho de Isabella.
No entendía por qué le dolían. Pero dolían. Como si algo en su cuerpo supiera antes que ella.
Luca se dio media vuelta, rumbo a la puerta.
—Hay ropa en el armario —dijo sin girarse—. Te espero abajo cuando estés lista.
—¿Y si no bajo?
—Entonces subiré. Cerró la puerta.
Isabella quedó sola, inmóvil en medio de esa habitación de lujo que olía a flores, a madera antigua, a perfumes caros. Temblaba.
Pero no de frío.
Ese hombre —Luca— no la tocó. No la insultó.
No la amenazó.
Y sin embargo… algo en él le despertaba un miedo nuevo. No el miedo al dolor.
Ni a la muerte.
Otro miedo más oscuro.
Uno que tenía que ver con lo que podía sentir. Como si la verdadera jaula no fuera la mansión. Si no lo que empezaba a crecer dentro de ella.