Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
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CAPÍTULO 16 - La conversación que necesitaba
Axel llegó al programa con el estómago hecho un nudo.
No había dormido bien.
Otra vez.
La evaluación seguía dando vueltas en su cabeza.
La pregunta.
El silencio.
La respuesta desordenada.
La calificación.
Todo.
Como una película que se repetía una y otra vez.
Y ahora debía hablar con el hombre del traje.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba.
Más vergüenza.
La sesión terminó cerca del mediodía.
Cuando la mayoría de los participantes comenzó a salir, el instructor levantó la mano.
—Axel.
Ahí estaba.
No había escapatoria.
—Sí.
—Quédate unos minutos.
—Claro.
No tenía opción.
Poco a poco el salón quedó vacío.
Hasta que solo quedaron ellos dos.
El hombre cerró una carpeta.
Luego tomó asiento frente a él.
Y durante varios segundos no dijo nada.
Aquello era peor.
Mucho peor.
Finalmente habló.
—¿Cómo te sientes?
Axel soltó una risa amarga.
—¿Honestamente?
—Siempre.
—Como un idiota.
El hombre asintió.
—Bien.
Axel levantó la cabeza.
—¿Otra vez bien?
—Sí.
—Todos ustedes están obsesionados con esa palabra.
El hombre sonrió.
—Probablemente.
—No entiendo qué tiene de bueno.
—Porque significa que te importa.
Axel frunció el ceño.
—Explícate.
—Si hubieras obtenido una mala evaluación y no sintieras nada...
Eso sería preocupante.
Pero te importa.
Porque quieres mejorar.
Porque quieres crecer.
Porque tienes expectativas.
Aquello lo hizo pensar.
Nunca lo había visto de esa forma.
El hombre continuó.
—Déjame hacerte una pregunta.
—Bien.
—¿Cuál fue tu peor entrenamiento corriendo?
Axel se quedó confundido.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Respóndeme.
Pensó unos segundos.
—Supongo que cuando intenté correr quince minutos y apenas llegué a diez.
—¿Y qué ocurrió después?
—Seguí entrenando.
—¿Por qué?
—Porque quería mejorar.
El hombre asintió.
—Exactamente.
Luego se inclinó hacia adelante.
—¿Y por qué estás tratando esta evaluación de forma diferente?
La pregunta cayó como una piedra.
Porque no tenía respuesta.
O mejor dicho...
Sí la tenía.
Pero no quería admitirla.
Porque correr era una actividad donde esperaba equivocarse.
Aprender era diferente.
Ahí quería ser bueno inmediatamente.
Y eso era absurdo.
—Escucha, Axel.
El hombre cruzó las manos.
—Voy a contarte algo.
—Bien.
—Cuando tenía tu edad me despidieron.
Axel parpadeó.
—¿Qué?
—Dos veces.
—¿Dos?
—Dos.
—Pero...
—Y después quebró mi primer negocio.
Axel abrió los ojos.
—¿Tuviste un negocio?
—Sí.
—¿Y quebró?
—Espectacularmente.
—Vaya.
—Perdí dinero.
Tiempo.
Clientes.
Confianza.
Todo.
El silencio llenó el salón.
—¿Y qué hiciste?
El hombre sonrió.
—Lloré.
Aquella respuesta tomó a Axel completamente por sorpresa.
—¿Qué?
—Lloré.
Mucho.
—No esperaba esa respuesta.
—Nadie la espera.
Ambos soltaron una pequeña risa.
—Después me levanté.
Aprendí.
Volví a intentarlo.
Fallé otra vez.
Aprendí otra vez.
Volví a intentarlo otra vez.
Y así sucesivamente.
Axel permaneció escuchando.
Atentamente.
—La gente ve resultados.
Nunca ve repeticiones.
Nunca ve los errores.
Nunca ve las derrotas.
Solo ve la versión final.
Y por eso todos creen que los demás tuvieron un camino perfecto.
Aquella conversación duró casi una hora.
Y para cuando terminó, Axel sentía algo diferente.
No porque los problemas hubieran desaparecido.
No porque ahora fuera un experto.
No porque hubiera encontrado una solución mágica.
Simplemente entendía mejor el proceso.
Y eso era suficiente.
Antes de marcharse, el hombre le entregó una hoja.
—¿Qué es esto?
—Tu evaluación.
Axel hizo una mueca.
—Gracias por recordármela.
—Voltéala.
Lo hizo.
Y encontró algo escrito a mano.
Una nota.
Solo una línea.
"Tu problema no es la capacidad. Es la confianza."
Se quedó observando aquellas palabras.
Durante varios segundos.
Luego levantó la vista.
—¿Lo crees?
—Estoy seguro.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque he visto personas incapaces.
Tú no eres una de ellas.
Aquello provocó algo extraño dentro de Axel.
Una pequeña chispa.
Nada enorme.
Pero real.
Esa tarde llegó al parque.
Y por primera vez en varios días estaba sonriendo.
No completamente.
Pero un poco.
Sofía lo vio acercarse.
—Mira quién decidió volver al mundo de los vivos.
—Muy graciosa.
—Lo sé.
Ella cerró el libro.
—¿Qué pasó?
Axel le contó la conversación.
Completa.
Desde el principio hasta el final.
Cuando terminó, Sofía permaneció en silencio.
Luego sonrió.
—Me gusta.
—¿Qué?
—La nota.
Axel sacó la hoja.
Leyó nuevamente la frase.
"Tu problema no es la capacidad. Es la confianza."
—¿Crees que tenga razón?
Sofía ni siquiera dudó.
—Sí.
—Vaya.
—Absolutamente.
—Gracias por la brutal honestidad.
—Para servirte.
Axel negó con la cabeza.
Pero en el fondo sabía que ella también tenía razón.
Porque muchas veces se rendía mentalmente antes siquiera de intentarlo.
Muchas veces asumía que otros eran mejores.
Muchas veces se derrotaba solo.
Aquella noche ocurrió algo inesperado.
Algo muy pequeño.
Pero muy importante.
Axel decidió revisar la grabación de su presentación.
Los participantes tenían acceso a ella.
Normalmente jamás habría hecho algo así.
Porque odiaba verse.
Odiaba escuchar su voz.
Odiaba recordar errores.
Pero esta vez obligó a hacerlo.
Se sentó.
Respiró profundamente.
Y reprodujo el video.
Los primeros minutos fueron incómodos.
Mucho.
Luego llegó la parte que tanto temía.
La pregunta.
El bloqueo.
La respuesta.
Y entonces descubrió algo sorprendente.
No había sido tan terrible.
Sí.
Se había equivocado.
Sí.
Había dudado.
Sí.
Podía mejorar muchísimo.
Pero no había sido el desastre apocalíptico que llevaba días imaginando.
La diferencia entre la realidad y su percepción era enorme.
Gigantesca.
Y eso lo hizo reír.
Porque había sufrido durante días por una versión exagerada de los hechos.
Esa noche abrió la libreta.
Y escribió:
La realidad suele ser menos terrible que mis pensamientos.
Se quedó observando la frase.
Luego añadió otra.
Mi mente exagera los fracasos y minimiza los avances.
Era verdad.
Había corrido treinta minutos.
Y apenas lo celebró.
Había ingresado a un programa competitivo.
Y apenas lo reconoció.
Había cambiado hábitos que llevaba años arrastrando.
Y aun así seguía sintiéndose insuficiente.
Tal vez había llegado el momento de cambiar también esa parte.
Antes de dormir recibió un mensaje.
Era de Diego.
El compañero del programa.
"Oye, ¿te gustaría estudiar juntos para la próxima evaluación?"
Axel sonrió.
Meses atrás habría dicho que no.
Por vergüenza.
Por inseguridad.
Por miedo.
Ahora no.
Esta vez respondió casi inmediatamente.
"Claro."
Y mientras dejaba el teléfono sobre la mesa, comprendió algo.
La verdadera diferencia entre el Axel antiguo y el Axel actual no era el ejercicio.
Ni el dinero.
Ni el programa.
Era que ahora seguía avanzando incluso después de caer.
Y quizás...
Eso era exactamente lo que separaba a las personas que cambiaban su vida de las que permanecían estancadas.
No evitar las derrotas.
Sino sobrevivirlas.
Fin del Capítulo 16