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NO ERA TU FAN

NO ERA TU FAN

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance de oficina / Posesivo
Popularitas:357
Nilai: 5
nombre de autor: Daniela escalante Jiménez

Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.

Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.

Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.

NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 11 RUIDOS DE MOTOR,

...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...

 

Pasaron unas largas y agotadoras horas dentro de la sala de juntas, revisando línea por línea cada actividad, cada fecha y cada detalle que marcaría el ritmo de trabajo en las semanas siguientes. Cuando por fin terminamos, el señor Rojas se puso de pie y nos dijo con un gesto de alivio:

—Bueno, ya está todo en orden. Melissa, he revisado tu agenda con detenimiento: esta semana te quedan solo tres días de trabajo, el jueves, el viernes y el sábado, y después tienes descanso hasta el lunes que viene. Aprovecha esos días libres para organizarte y descansar, que hemos tenido unos días muy intensos.

Asentí con calma, guardando todas las notas en mi maletín con mucho cuidado, como siempre hacía:

—Perfecto, señor Rojas, muchas gracias. Así lo haré.

Salí de la oficina caminando despacio, sintiendo cómo la tensión acumulada durante la reunión se iba soltando poco a poco en mis hombros. Ya eran casi las tres de la tarde, el sol brillaba con fuerza en el cielo despejado y el calor de la ciudad se sentía suave pero constante. Llegué al estacionamiento privado de la empresa, busqué mi llave en el bolso y presioné el botón para desbloquear las puertas. En cuanto abrí la puerta del conductor, escuché una voz que venía de unos metros atrás, llena de sorpresa y admiración:

—¡Vaya! Melissa… ¡qué carro tan hermoso tienes!

Me detuve antes de subir y me giré para ver quién hablaba. Era Jovany, que venía caminando hacia mí con esa sonrisa tranquila y amable que siempre lo acompañaba, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir y una mirada curiosa sobre mi vehículo.

—Gracias, Jovany —le respondí con una sonrisa educada, esa que ya tenía tan bien aprendida, pero que en ese momento salía un poco más relajada de lo habitual—. Me gusta mucho, me lo regaló mi padre hace unos meses.

Él se acercó más, observando las líneas elegantes del Lamborghini gris metálico, cómo la luz del sol se reflejaba en la pintura y el diseño deportivo que lo hacía destacar entre todos los demás coches del lugar.

—Se nota que es de primera calidad —comentó con sinceridad—. No es cualquier cosa, ¿eh? Dime, ¿hacia dónde vas ahora mismo? ¿A casa ya o tienes que hacer algún recado?

Antes de que pudiera responderle, escuché un sonido fuerte y claro: era el claxon de otro vehículo que estaba a unos metros de distancia. Al mirar hacia allá, vi que también estaba saliendo Ian, apoyado contra la puerta de su camioneta negra, mirándonos con esa expresión entre aburrimiento y curiosidad, como si quisiera saber de qué hablábamos.

Jovany no le hizo mucho caso, volvió a mirarme y me dijo con naturalidad:

—Oye, ya terminamos todo por hoy y no tengo nada más que hacer. ¿Te gustaría ir a comer algo conmigo? No hace falta que sea un lugar elegante, solo un sitio tranquilo donde podamos platicar un rato, ¿te parece?

Me quedé pensando un instante. No tenía ningún compromiso, mi agenda estaba libre, y la verdad es que Jovany me parecía una persona muy distinta a Ian: tenía unos treinta años, una actitud serena, respetuosa, siempre hablaba con educación y nunca me había hablado con altanería ni con dudas. Era alguien con quien se podía hablar sin tener que estar preparada para recibir un comentario hiriente o una mirada desafiante.

—Claro que sí —respondí asintiendo, con más confianza—. No tengo nada que hacer, así que acepto. Gracias por invitarme.

—¡Perfecto! —dijo él con alegría—. Me subo contigo, si no te molesta. Te indico el camino, está en una zona tranquila, no muy lejos de aquí.

—Adelante, pasa —le dije, abriéndole la puerta del asiento del copiloto.

En cuanto él se acomodó y cerró la puerta, yo me senté al volante, ajusté mi asiento y los espejos, y luego puse la llave en contacto. Antes de arrancar, presioné un poco más fuerte el acelerador en punto muerto para que el motor rugiera con esa potencia que lo caracterizaba, haciendo un sonido grave y potente que se escuchó por todo el estacionamiento. Jovany soltó una risa entretenida:

—¡Vaya, también suena de maravilla!

Sonreí de nuevo, esta vez con un poco más de verdad, y salí disparada con suavidad al principio, pero en cuanto llegamos a la avenida amplia, aceleré un poco más, sintiendo cómo el coche respondía con agilidad y fuerza bajo mis manos. Me gustaba conducir rápido, sentía que era una forma de ordenar mis pensamientos, de dejar que todo fluyera sin ataduras.

—Por aquí todo recto, hasta que llegues a la salida hacia la carretera de la costa —me indicó Jovany con calma, señalando al frente—. Hay un restaurante ahí que es muy bueno, tranquilo, casi no va gente famosa, así que no nos molestarán en lo más mínimo.

—Está bien —le respondí, concentrada en la carretera.

El tráfico era ligero, no había demasiados coches, así que podía mantener una velocidad constante y cómoda. Mientras avanzábamos, Jovany sacó su teléfono y empezó a tomar fotos cortas y videos del camino, del paisaje que veíamos por las ventanillas y hasta un poco del interior del coche. De pronto, me miró con una sonrisa pícara:

—Oye, ¿te importa si subo algo a mi historia de Instagram? Solo para enseñar lo bien que pasamos el rato, sin mencionar nada más, claro.

—No hay problema —le dije, encogiéndome de hombros con naturalidad.

Unos minutos después, vi que me miraba por el rabillo del ojo y me decía:

—Mira, ahora te vas a ver ahí —y me señaló la pantalla.

Yo miré un instante y vi que me había grabado mientras conducía, con el viento moviendo un poco mi cabello que había soltado, con esa expresión que a veces se me dibujaba en la cara: una sonrisa pequeña, casi imperceptible, que no era de alegría normal, sino esa que me salía cuando estaba haciendo algo que me gustaba, algo que tenía un toque de riesgo o de emoción controlada, cuando todo estaba en orden pero sentía que podía ir más rápido, más lejos. Era esa sonrisa que me salía en momentos que para los demás podían parecer tranquilos, pero para mí tenían ese toque de peligro calculado.

—Esa sonrisa tuya… —comentó él con curiosidad, sin dejar de ver la grabación—, es muy diferente a las que te haces para los demás. Se nota que es algo que nace de adentro, aunque sea un poco extraña.

—Simplemente me gusta sentir el control —le respondí con sinceridad—. Cuando sé que todo está bajo mi mando, me siento en paz.

Seguimos conduciendo unos quince minutos más, hasta que Jovany me indicó que girara a la derecha, entrando por un camino de tierra muy bien arreglado, entre árboles frondosos y verdes. Al final del camino apareció un edificio de una sola planta, con techos de palma y paredes de madera, rodeado de jardines llenos de flores. En cuanto nos detuvimos frente a la entrada, se activó un sistema automático y las puertas del garaje se abrieron hacia arriba, como si fueran alas, para guardar el vehículo en un espacio cubierto y seguro.

Bajé del coche y me quedé parada unos segundos, mirando mi Lamborghini con afecto, acariciando su techo con la mano antes de cerrar la puerta.

—Qué lindo coche, ¿verdad? —me dijo Jovany, riéndose al ver mi gesto—. Se nota que lo cuidas como si fuera parte de ti.

—Es muy útil y muy cómodo —le respondí, devolviéndole la sonrisa—. Además, me recuerda a mi padre cada vez que lo manejo.

Entramos al restaurante y nos llevaron a una mesa cerca de una ventana con vista al jardín. El lugar olía a mariscos y especias, tenía música suave de fondo y un ambiente muy relajado, sin ruido ni prisa. Nos entregaron los menús y empezamos a revisarlos.

—Yo voy a pedir una hamburguesa grande, con papas a la francesa y queso derretido —dije, cerrando la carta con decisión—. Hoy tengo ganas de algo sencillo pero con mucho sabor.

—Y yo quiero dos tacos de camarón, con mucha salsa picante y un refresco de limón —añadió Jovany, llamando al mesero para tomar la orden.

Cuando se fue el camarero, empezamos a platicar sin prisa, como dos personas que se van conociendo poco a poco, sin presiones ni temas obligatorios. Él siempre hablaba con esa sonrisa suave, con paciencia, haciéndome preguntas sin invadir mi privacidad.

—Dime, Melissa —me dijo mientras jugaba con el vaso de agua—, ya te he visto en estos días y me llama la atención algo: siempre vas muy arreglada, no importa si es para una reunión importante o para un día normal de trabajo. ¿Te gusta tanto la moda o es que así te enseñaron?

—Un poco de las dos cosas —le respondí, apoyando los codos sobre la mesa—. Desde pequeña mi madre me enseñó a vestirme con orden, a combinar bien, a cuidar los detalles. Pero también me gusta hacerlo yo misma: cuando me pongo ropa que me queda bien y que me hace sentir segura, siento que tengo más control sobre lo que hago. No es solo por gustar a los demás, es por sentirme bien conmigo misma.

—Entiendo perfectamente —asintió él—. Y ese coche tuyo… ¿te gustaría cambiarlo algún día o ya te quedas con ese por mucho tiempo?

—No lo sé todavía —pensé en voz alta—. Me gusta mucho este, pero a veces pienso que quizás me gustaría uno rojo, más llamativo, que resalte más en la carretera. Aunque al final lo importante es que cumpla lo que necesito.

Seguimos platicando así durante casi dos horas: hablamos de música, de lugares que hemos visitado, de cómo era trabajar en el mundo del espectáculo, de las dificultades que tiene Ian para llevar su vida tan pública, de las reglas de la empresa y de muchas cosas más. Él me contaba anécdotas divertidas de cuando empezó a trabajar como mánager, de errores que había cometido al principio y de cómo había aprendido a llevar todo con calma. Yo le contaba un poco de mi rutina, de mi departamento nuevo, de lo ordenada que me gusta tener todo, sin darle demasiados detalles de mi condición especial, pero sí lo suficiente para que me entendiera.

Pero en un momento dado, mientras escuchaba una historia suya y me disponía a responderle, sentí algo que nunca antes había experimentado: un dolor agudo, punzante, que empezó en la parte de atrás de mi cabeza y se extendió rápidamente hacia la frente, como si me apretaran el cráneo con una banda muy fuerte. Me quedé callada de golpe, fruncí el ceño y me llevé una mano a la sien, cerrando los ojos unos segundos para soportar esa sensación nueva y molesta.

Jovany se dio cuenta al instante de que algo no iba bien: dejó de hablar y me miró con preocupación, inclinándose un poco hacia adelante.

—¿Melissa? ¿Te pasa algo? —preguntó con voz suave pero atenta—. Te has puesto pálida de repente.

Abrí los ojos despacio, respirando hondo varias veces para intentar calmar esa presión que sentía.

—Disculpa, Jovany… —le dije con dificultad, porque hasta hablar me costaba un poco—. Me duele muchísimo la cabeza, nunca me había pasado así. Creo que debería ir al médico, no sé qué es.

Él asintió de inmediato, sin dudar, con esa amabilidad que lo caracterizaba:

—Claro que sí, no te preocupes en lo más mínimo. ¿Crees que puedes ir sola o te acompaño?

—Creo que puedo ir sola —le respondí, aunque mi mente estaba un poco nublada por el dolor—. No quiero que tengas que perder más tiempo conmigo. Si me siento mal en el camino, llamaré a mi padre.

—Está bien, como tú quieras —me dijo, pero con preocupación en su mirada—. Ojalá no sea nada grave. ¿Será que estás enferma? ¿Te sientes mareada, te duele algo más?

—Solo la cabeza, por ahora —le dije, levantándome despacio con su ayuda—. Pero prefiero que me revise un médico para estar tranquila.

Caminamos hacia la salida, y mientras yo me acomodaba en el coche y encendía el motor, Jovany se despidió:

—Entonces, ¿nos vemos el lunes a primera hora para empezar la semana? Descansa mucho, toma medicamento si te recetan y cuídate, ¿me oyes?

—Sí, claro, nos vemos el lunes —le respondí con una sonrisa débil, aunque el dolor seguía ahí, constante y molesto—. Y oye… gracias por la invitación, por la comida y por la plática. Me ha gustado mucho pasar este rato contigo.

—Igualmente para mí, Melissa —me dijo agitando la mano—. Cuídate mucho, ¡avísame cualquier cosa si necesitas ayuda!

Le di las luces como despedida y salí del lugar con más calma de lo habitual, conduciendo con precaución, concentrada en no sentir más dolor pero sin poder evitar que esa sensación extraña fuera apareciendo y desapareciendo, haciéndome preguntar: ¿por qué me pasaba esto ahora? ¿Era solo un dolor de cabeza normal, o tenía que ver con algo más, con esa forma tan particular en la que funcionaba mi mente y mis emociones?

No tenía respuestas en ese momento, pero una cosa estaba clara: algo en mí estaba cambiando, y no sabía si era para bien o para mal.

 

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Quiara rara
/Joyful//Joyful/
Quiara rara
espero que sigas creciendo Haci con tu escritura ahora Soy tu fan número 1 👏👏🤭🤭
Quiara rara
¡wow!cool muy bien tienes talento para escribir eres verdaderamente excepcional 👏👏 felicidades 👏👏
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