Un alfa embarazado de un Omega dominante
Dante Lombard Sanford siempre vivió a la sombra de su familia, hasta que conoció a Trébol Armstrong, un omega dominante que desafía todas las reglas. Lo que comienza como una atracción imposible termina convirtiéndose en un amor capaz de romper las leyes de la biología y los prejuicios de la sociedad.
Cuando Dante descubre que está embarazado de un omega, ambos deberán enfrentarse al rechazo, las ambiciones familiares y a quienes intentarán separarlos. Juntos demostrarán que el verdadero amor no entiende de jerarquías, solo de la valentía para elegir a la persona correcta.
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Olor a manzanas
— Maldita sea ya se arruinó mi mañana— me dije a mi mismo.
El aire de la mañana me golpeó en la cara apenas crucé la puerta principal, y por un momento agradecí el silencio del exterior.
La mansión Lombard Sanford estaba en una de esas zonas residenciales donde todo parecía diseñado para demostrarle al mundo que el dinero podía comprar hasta la forma en que cantaban los jodidos pájaros. Jardines impecables. Casas enormes. Árboles recortados con precisión quirúrgica. Seguridad privada. Vecinos con sonrisas blanqueadas y secretos peores que los nuestros. Más falsos que una papeleta de dos dólares.
Bajé las escaleras de piedra traídas de marruecos con el maletín en una mano y las llaves del Maserati en la otra, todavía con la mandíbula tensa.
Si alguien me hubiera preguntado en ese instante cómo me sentía, probablemente habría respondido con una grosería elegante y tres artículos del código civil. Era mi manera favorita de procesar traumas ahora que soy abogado experimentado de la empresa familiar.
Abrí el coche, pero antes de subir me detuve.
La casa vecina, vacía desde hacía meses, estaba siendo ocupada.
Había una mudanza en pleno proceso. Una camioneta blanca estacionada frente al portón. Cajas. Muebles envueltos en plástico. Dos hombres descargando aparatos de gimnasio, o eso parecían por el tamaño absurdo de las piezas metálicas que cargaban.
Fruncí el ceño.
¿Quién demonios se mudaba a ese barrio con media sala de tortura fitness a cuestas?
Entonces lo vi.
Solo de espaldas.
Un hombre estaba en el patio de esa casa vecina, inclinándose para levantar una caja enorme como si pesara lo mismo que una almohada. Alto. Muy alto. Espalda ancha. Brazos marcados debajo de una camiseta gris pegada al cuerpo. Cabello oscuro, algo largo en la nuca. La clase de presencia física que hacía que el resto del paisaje pareciera decorado.
No vi su rostro.
Solo esa espalda escandalosamente ancha.
Esos antebrazos fuertes. Un culazo de infarto.
La forma en que se movía con una seguridad tranquila, sin apuro, sin esfuerzo aparente.
Y entonces lo olí.
Manzanas verdes. Era algo tenue.
No un perfume cualquiera. No una colonia costosa. No el olor artificial de los aromatizantes masculinos que prometían convertir a cualquier idiota en “macho alfa” con solo rociarse el cuello.
No.
Era un aroma limpio, fresco, adictivo. Manzanas verdes recién cortadas con algo más debajo. Algo tibio. Algo profundo. Como madera húmeda, hierba recién aplastada y un fondo dulzón que no supe nombrar.
Me quedé quieto. Me sorprendió poder olerlo a pesar de ser alfa Recesivo.
Una estupidez, porque yo no era un adolescente impresionable ni un omega entrando en celo por el repartidor. Era un abogado de veintinueve años con dos becas internacionales, una maestría, cuatro idiomas y un compromiso roto en el expediente emocional de esa misma mañana.
Y, sin embargo, ahí estaba yo, inmóvil en mi propia entrada, mirando la espalda de un desconocido como un imbécil con título.
El hombre se incorporó con la caja entre los brazos y giró apenas el cuello, no lo suficiente para que yo viera su cara.
Uno de los trabajadores le dijo algo que no alcancé a escuchar.
Él respondió con una voz grave, calmada, y yo embobado demasiado lejos para entender las palabras.
Sentí un impulso ridículo de acercarme y darle la bienvenida.
No lo hice, por supuesto.
No quería parecer idiota o desesperado.
Subí al Maserati, cerré la puerta y me obligué a apartar la vista.
—Perfecto —murmuré, encendiendo el motor—. Ya solo me faltaba desarrollar una obsesión olfativa por un vecino misterioso.
Conduje hacia la empresa con la firme intención de olvidar la escena.
No funcionó.
Durante toda la mañana, mientras un cliente me explicaba por qué técnicamente no era fraude si nadie había firmado “con mala intención”, yo seguía pensando en una espalda ajena y en un olor a manzanas verdes que se me había quedado pegado al cerebro como una canción vergonzosa.
Una semana después seguía igual.
No había vuelto a ver al vecino.
Sí había vuelto a olerlo cuando yo nadaba en la piscina que daba a la pared de arbustos que separaba ambas propiedades.
Otra vez, al llegar tarde del trabajo, cuando bajé del coche y una corriente de aire arrastró ese mismo aroma desde el porche del jardín contiguo.
Otra, al salir a correr al amanecer y notar las ventanas del gimnasio privado de su casa abiertas.
Y una tercera, humillante y completamente ridícula, cuando me descubrí mirando por la ventana de mi habitación hacia su propiedad con una taza de café en la mano como una viuda victoriana esperando el maldito regreso del marinero.
No apareció.
Mi orgullo me felicitó por convertirme en un acosador de suburbio.
La segunda catástrofe de esa historia empezó un martes, en la oficina.
Yo estaba en la sala de juntas del piso treinta y dos, revisando unos contratos de adquisición, cuando al salir, escuché a dos asistentes del departamento de marketing hablando demasiado alto junto a la máquina de café.
—Te juro que ese hombre me acomodó la espalda y salí viendo a Dios —dijo una voz femenina.
—¿Otra vez fuiste a ese gym? —preguntó otra.
—Obvio. Está imposible conseguir cupo, pero Valentina me metió en la lista. Tienen un terapeuta deportivo que hace milagros. Literal milagros. Le quitó a uno de los socios una lesión de hombro en dos semanas.
—¿El gym nuevo del centro? ¿El que tiene al entrenador buenísimo?
—Sí, ese. Armstrong Performance "Gym and aerobics".
Levanté la vista del contrato.
Armstrong.
El apellido no me dijo nada, pero el nombre del gimnasio sí se me hizo gracioso, y encima no había escuchado de un nuevo gym.
La primera voz volvió a sonar, conspiradora.
—Yo no sé si voy por mi contractura o por ver al dueño levantar pesas.
La otra soltó una carcajada.
—Ay, por favor, todo el mundo está hablando de ese hombre. Mi prima fue el sábado y volvió traumada. Dice que parece un pecado con licencia de funcionamiento. Está para comérselo.
—Me sorprende que tengan tiempo de chismear y entregar su trabajo a tiempo.
Cerré la carpeta con un golpe seco.
Los dos asistentes se callaron al instante y me miraron como si acabaran de invocar a un demonio en traje italiano.
—Señor Lombard —balbuceó una.
—Si van a comentar el rendimiento de un centro deportivo en horario laboral, al menos háganlo con datos útiles —dije, cerrando la puerta de cristal—. Dame la dirección.
Parpadearon.
—¿Perdón?
—La dirección del gimnasio.
La chica me la dio tan rápido que casi me sentí culpable.
Volví a mi oficina si nada.
A los tres segundos, mi mejor amigo me escribió por mensaje.
Rafael: ¿Acabas de pedir la dirección de un gym como si estuvieras cerrando una investigación federal? Te caché mientras iba a auditoría.
Le respondí sin mirar demasiado el teclado.
Yo: Necesito cambiar mi rutina de entrenamiento. Los demás gimnasios me tienen aburrido.
Rafael: ¿Y por eso aterraste a dos asistentes de marketing?
Yo: No los aterré. Les hablé con claridad.
Rafael: Dante, una vez hiciste llorar a un pasante preguntándole si sabía leer cláusulas.
Yo: Era una duda legítima.
Rafael: Voy contigo al gym. No confío en tus decisiones cuando llevas una semana con cara de que quieres demandar a Cupido.
Lo odiaba un poco por conocerme tan bien.
Rafael Álvarez era mi mejor amigo desde la universidad y una de las pocas personas en este planeta capaces de decirme la verdad sin terminar despedidas, demandadas o estranguladas. Beta, economista, treinta años, sonrisa fácil, humor insoportable. La clase de hombre que podía entrar a un funeral y salir con el número del viudo. Se cogía a todo lo que se la ponía fácil.
Le respondí con un simple:
Yo: Pásame a buscar a las seis.
Su respuesta llegó en tres segundos.
Rafael: Esto huele a crisis emocional con membresía premium. Me encanta. Vamos por ropa nueva deportiva primero.
Armstrong Performance resultó ser exactamente el tipo de lugar que uno esperaría de un gimnasio caro en una zona alta de la ciudad: cristal, acero, luces cálidas, recepción minimalista, máquinas de última generación, zona de pesas que parecía un templo pagano y un discreto aroma a eucalipto mezclado con desinfectante caro.
Rafael silbó apenas entramos.
—Bueno, si no salimos más fuertes, al menos salimos endeudados. Esto no es para pobres.
—Compórtate —murmuré.
—¿Por qué? ¿Tú vienes a entrenar o a adoptar un trauma nuevo?
La recepcionista, una beta con menudos senos, con sonrisa despierta y uñas negras, nos recibió detrás del mostrador.
—Buenas tardes, bienvenidos a Armstrong Performance. ¿Primera vez con nosotros?
—Sí —respondí.
Rafael se apoyó en el mostrador con una familiaridad ofensiva.
—Mi amigo está atravesando una ruptura sentimental, una crisis de autoestima y probablemente un despertar sexual muy pronto. ¿Tienen paquete para eso?
Le clavé el codo en las costillas.
—No le hagas caso.
La recepcionista, lejos de ofenderse, soltó una risa.
—Tenemos terapia física, entrenamiento funcional, nutrición y masajes deportivos. Si su crisis incluye dolor lumbar, podemos ayudar bastante.
—Mi crisis incluye ganas de asesinarlo —dije, mirando a Rafael.
—Eso no se trata aquí —respondió ella con total seriedad—. Pero hay un café orgánico al cruzar la calle donde sirven tés relajantes.
Rafael se llevó una mano al pecho.
—Me cae bien.
—Claro —murmuré—. Tiene instinto de supervivencia.
Mientras llenábamos unos formularios, observé el lugar con atención.
Había bastantes alfas, varios betas, algunos omegas, todos entrenando en paz como si el mundo fuera una cosa funcional. Nadie parecía excesivamente pendiente de las jerarquías secundarias. Lo cual, para ser honesto, ya me gustó más que la mitad de mis cenas familiares.
Entonces lo vi.
Al principio no lo reconocí.
No porque fuera irreconocible, sino porque mi cerebro tardó unos segundos en conectar a ese hombre con la espalda de mi vecino.
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