Huyó para escapar de un matrimonio arreglado, pero el destino tenía preparados cinco caminos que cambiarían su vida para siempre.
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Capítulo 16: El hombre que nunca dejó de buscarla
La puerta del automóvil negro permaneció abierta.
El tiempo pareció detenerse.
Nica sintió cómo el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Señorita Beaumont... por fin la encontramos?
Aquellas palabras retumbaron una y otra vez en su cabeza.
Instintivamente dio un paso hacia atrás.
Sus dedos apretaron con fuerza la pequeña maceta de lavanda que llevaba entre las manos.
—Se equivocó de persona... —respondió con la voz temblorosa.
El hombre salió lentamente del vehículo.
Tendría unos cincuenta años, vestía un traje oscuro perfectamente planchado y transmitía una extraña serenidad.
No parecía un guardaespaldas.
Mucho menos un delincuente.
Hizo una leve inclinación de cabeza, como si estuviera saludando a alguien muy importante.
—Disculpe mi atrevimiento. Mi nombre es Samuel.
Nica no respondió.
Seguía preparada para salir corriendo.
Samuel levantó ambas manos lentamente.
—No voy a hacerle daño.
—¿Quién lo envió?
Él guardó silencio durante unos segundos.
—No puedo responder esa pregunta.
—Entonces no tenemos nada de qué hablar.
Nica giró para marcharse.
—Pero sí puedo decirle algo muy importante.
Ella se detuvo.
No quería escucharlo.
Y, al mismo tiempo, necesitaba saber por qué la había encontrado.
—Su padre todavía no sabe dónde está.
Nica se giró de golpe.
—¿Qué?
Samuel respiró profundamente.
—Si el señor Richard Beaumont hubiera sabido que usted vive aquí... créame, Puerto Azul estaría lleno de hombres buscándola.
El corazón de Nica comenzó a latir con más fuerza.
Aquello no tenía sentido.
—Entonces... ¿quién es usted?
Samuel bajó la mirada unos instantes.
—Alguien que hizo una promesa hace muchos años.
La respuesta solo aumentó la confusión.
—No la entiendo.
—Y todavía no puedo explicárselo.
Nica dio otro paso hacia atrás.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Samuel sonrió con cierta tristeza.
—Porque la vi crecer.
Aquella frase hizo que un escalofrío recorriera todo el cuerpo de Nica.
¿La había visto crecer?
¿Quién era ese hombre?
Antes de que pudiera seguir preguntando, Samuel sacó una tarjeta de su bolsillo.
Era completamente blanca.
Solo tenía grabado un pequeño símbolo plateado.
Exactamente el mismo que aparecía en la tarjeta que le había entregado el hombre de los ojos grises.
Nica abrió los ojos con sorpresa.
—¿De dónde sacó eso?
Samuel notó inmediatamente su reacción.
—¿Ya vio este símbolo antes?
Nica comprendió que había hablado de más.
Guardó silencio.
Samuel observó su expresión durante unos segundos.
Después sonrió.
—Entonces él ya la encontró.
Aquellas palabras dejaron a Nica completamente inmóvil.
—¿Quién?
Samuel no respondió.
Miró su reloj.
—Ya es tarde.
Debo irme.
—¡Espere!
Él abrió la puerta del automóvil.
—Nos volveremos a ver muy pronto, señorita Beaumont.
—¡No se vaya!
El automóvil arrancó lentamente y desapareció al final de la calle.
Nica quedó sola.
Con la maceta entre las manos.
Y con cientos de preguntas sin respuesta.
A la mañana siguiente...
El despertador sonó antes del amanecer.
Nica apenas había logrado dormir.
No dejaba de pensar en Samuel.
En la tarjeta.
En el símbolo.
Y, sobre todo, en aquella frase.
"Entonces él ya la encontró."
¿Quién era "él"?
¿El hombre de los ojos grises?
No...
Era imposible.
¿O no?
Llegó al Café del Puerto más temprano que de costumbre.
Marta ya estaba preparando la masa para el pan.
Apenas la vio entrar, supo que algo ocurría.
—¿Otra mala noche?
Nica dejó la mochila sobre una silla.
—Creo que alguien me encontró.
Marta dejó de amasar inmediatamente.
—¿Qué querés decir?
Nica le contó todo.
La aparición del automóvil.
Samuel.
La conversación.
La tarjeta.
El símbolo.
Cuando terminó, Marta permaneció en silencio.
—¿Pensás irte?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Miró alrededor.
Las mesas.
El mostrador.
El aroma del café.
Las fotografías de los clientes habituales colgadas en la pared.
Puerto Azul ya no era solo una ciudad.
Era su hogar.
—No...
Respondió con firmeza.
—No voy a escapar otra vez.
Marta sonrió orgullosa.
—Esa es la Nica que conozco.
En ese mismo instante sonó la campanita de la puerta.
Nica levantó la vista.
Y, como cada mañana...
El hombre de los ojos grises acababa de entrar.
Pero esta vez no venía solo.
Junto a él caminaba una joven elegante, de cabello oscuro y mirada seria.
Al verla, una extraña sensación recorrió el pecho de Nica.
No sabía por qué...
Pero sintió, por primera vez desde que llegó a Puerto Azul...
Una punzada de celos.
Nica permaneció inmóvil junto al mostrador.
No entendía por qué aquella joven le había llamado tanto la atención.
Era alta, elegante y llevaba un traje color marfil que parecía hecho a medida. Caminaba con seguridad, como alguien acostumbrado a ocupar los lugares más importantes.
El hombre de los ojos grises notó la expresión de Nica apenas cruzó la puerta.
—Buenos días.
Ella tardó un segundo en reaccionar.
—B... buenos días.
Marta, que observaba la escena desde la cocina, sonrió para sí misma.
—Mesa de siempre —preguntó Nica intentando recuperar la calma.
—Sí, por favor.
La joven que lo acompañaba sonrió con amabilidad.
—¿Podemos sentarnos junto a la ventana?
—Claro.
Nica los condujo hasta la mesa.
Mientras acomodaba los cubiertos, sintió que la desconocida la observaba con curiosidad.
—¿Hace mucho trabajás acá? —preguntó la mujer.
—No demasiado.
—Pero todos parecen tenerte mucho cariño.
Nica miró alrededor. Don Ernesto levantó la mano para saludarla, un matrimonio de jubilados le sonrió desde otra mesa y un grupo de pescadores la llamó por su nombre.
No se había dado cuenta de cuánto había cambiado su vida en tan poco tiempo.
—Supongo que tuve suerte de encontrar buenas personas.
La joven sonrió.
—O tal vez ellos tuvieron suerte de encontrarte.
Aquellas palabras la desarmaron.
No estaba acostumbrada a recibir elogios sinceros.
—¿Qué van a pedir?
—Lo de siempre para mí —respondió el hombre.
—Y para mí un té con limón, por favor —agregó la mujer.
—Enseguida.
Mientras preparaba el pedido, Marta se acercó en silencio.
—¿Quién es ella?
Nica se encogió de hombros.
—No lo sé.
—¿Y por qué tenés esa cara?
—¿Qué cara?
Marta soltó una risa.
—La misma cara que pone una persona cuando descubre que alguien importante para ella llegó acompañado.
Nica casi deja caer una taza.
—No digas pavadas.
—¿Segura?
—Muy segura.
Pero ni ella misma estaba convencida.
Tomó aire, acomodó la bandeja y caminó hacia la mesa.
La conversación entre ellos parecía relajada.
El hombre de los ojos grises hablaba poco, como siempre.
La joven, en cambio, era más expresiva.
Cuando Nica dejó las bebidas sobre la mesa, escuchó una frase que despertó nuevamente su curiosidad.
—El abuelo está preocupado por vos.
Él suspiró.
—Lo sé.
—Dice que llevás semanas desapareciendo sin dar explicaciones.
—Necesitaba un poco de tranquilidad.
La mujer sonrió de lado.
—O necesitabas venir a este café.
Él no respondió.
Simplemente tomó un sorbo de café.
Nica sintió que no debía seguir escuchando y regresó al mostrador.
Pero una pregunta quedó dando vueltas en su cabeza.
¿Quién era esa familia?
Al terminar el desayuno, la joven se levantó primero.
Antes de salir, se acercó a Nica.
—Gracias por atendernos tan bien.
—Fue un placer.
La mujer extendió la mano.
—Soy Valeria.
Nica estrechó su mano.
—Nica.
—Espero volver a verte.
—Cuando quieran.
Valeria sonrió con una expresión difícil de interpretar y salió del café.
El hombre de los ojos grises permaneció unos segundos más.
Cuando ya estaba por irse, se acercó al mostrador.
—¿Tenés un minuto?
Nica miró a Marta.
Ella asintió desde la cocina.
—Sí.
Salieron juntos hasta la vereda.
La brisa del mar era suave.
Durante unos instantes ninguno habló.
Finalmente, él rompió el silencio.
—¿Estás bien?
Aquella simple pregunta hizo que todas las defensas de Nica comenzaran a derrumbarse.
Pensó en Samuel.
En las fotografías.
En las notas.
En el miedo que había sentido la noche anterior.
Pero decidió contar solo una parte.
—Ayer alguien me encontró.
Él frunció el ceño.
—¿Qué querés decir?
Nica relató el encuentro con el hombre del automóvil.
No mencionó la tarjeta.
Ni el símbolo.
Cuando terminó, el rostro del hombre de los ojos grises había perdido toda tranquilidad.
—¿Te hizo algo?
—No.
—¿Te amenazó?
—No exactamente.
Él permaneció en silencio unos segundos.
Después habló con una firmeza que Nica nunca le había escuchado.
—Si vuelve a acercarse, quiero que me lo digas inmediatamente.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Por qué?
Él dudó.
Como si estuviera luchando contra sus propias palabras.
—Porque... no quiero que te pase nada.
Nica sintió que el corazón le latía con fuerza.
Había preocupación real en su voz.
No era una frase de compromiso.
Era sincera.
Antes de que pudiera responder, él dio un paso hacia atrás.
—Prometeme que vas a tener cuidado.
Ella asintió lentamente.
—Lo prometo.
Él sonrió apenas.
—Bien.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Pero, al llegar a la esquina, levantó discretamente el teléfono.
—Necesito que averigües quién es Samuel.
Escuchó unos segundos.
Su mirada se volvió seria.
—Y hacelo rápido.
Porque si alguien encontró a Nica antes que nosotros...
Significa que el juego acaba de cambiar.
Lejos de allí, desde la terraza de un edificio frente al puerto, una figura observaba el Café del Puerto con unos binoculares.
El hombre sonrió con calma.
—Ya empezaron a moverse las piezas...
Y esta vez, ninguno de ellos imaginaba quién estaba realmente dirigiendo la partida.
Continuará...