Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.
Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.
¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?
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Capítulo 13: El hilo de la araña
La foto temblaba en las manos de Ayzel mientras el restaurante se vaciaba a su alrededor. La imagen de Victoria Krüger, joven y sonriente junto a un Alexander que apenas reconocía, era una ventana a un pasado que él nunca le había contado. Y la inscripción en tinta roja era una amenaza directa: "La reina siempre gana."
Salió del restaurante con paso rápido, el sobre apretado contra su pecho. Alexander la esperaba en un coche oscuro a media cuadra, junto con Richter y dos agentes de incógnito.
—¿Qué pasó? —preguntó Alexander, abriendo la puerta antes de que ella llegara—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Pero tengo esto. —Le tendió el sobre—. La mujer me dijo que Victoria Krüger murió hace veinte años. De cáncer. Y que tiene una hija. Esa hija es la reina.
Alexander palideció. Tomó la foto y la observó en silencio, sus dedos rozando la imagen de la mujer que había amado y herido tantos años atrás.
—Victoria tuvo una hija... —murmuró—. Nunca lo supe.
—La mujer dijo que la niña creció escuchando historias sobre ti. Que juró vengarse.
—¿Y quién era esa mujer? ¿Cómo se llamaba?
—No me lo dijo. Solo me dio la foto y la advertencia. Dijo que la reina está más cerca de lo que creemos.
Richter tomó la foto y la examinó con atención.
—Esto es una prueba. Pero necesitamos más. ¿Dijo algo más? ¿Alguna pista sobre el paradero de la hija?
—Dijo que está más cerca de lo que creemos. Y que no perdona ni olvida.
El silencio se hizo pesado. Alexander devolvió la foto a Ayzel, su expresión sombría.
—Tenemos que encontrar a esa hija. Antes de que ella nos encuentre a nosotros.
—¿Y cómo? —preguntó Ayzel—. No tenemos nombre, ni rostro, ni nada.
—Tenemos algo. —Alexander señaló la foto—. Tenemos a Victoria. Y tenemos el hecho de que tuvo una hija. Eso significa que hubo un padre. Alguien que la conoció después de mí.
—O antes —intervino Richter—. ¿Está seguro de que la hija es de después de usted? Podría haber sido de una relación anterior.
—No lo sé. Pero tenemos que investigar. Tenemos que encontrar a alguien que supiera de la existencia de esa niña.
Richter asintió, tomando notas.
—Voy a poner a mi equipo a trabajar en eso. Buscaremos registros hospitalarios, escuelas, cualquier cosa que nos lleve a la hija de Victoria Krüger.
—Y mientras tanto, no nos separen —dijo Alexander, tomando la mano de Ayzel—. Es más seguro si estamos juntos.
Ella asintió, apretando su mano. Pero en el fondo, sabía que la seguridad era una ilusión. La reina estaba ahí fuera, y no descansaría hasta completar su venganza.
Pasaron dos días sin novedades. Richter y su equipo trabajaban contrarreloj, revisando archivos antiguos, entrevistando a conocidos de Victoria, pero el tiempo había borrado la mayoría de los rastros. La hija de Victoria parecía un fantasma, una sombra que se desvanecía cuando intentaban atraparla.
Alexander estaba cada vez más tenso. Pasaba horas en su estudio, mirando la foto de Victoria, tratando de recordar detalles que había enterrado durante décadas.
—No puedo creer que tuviera una hija y no lo supiera —dijo una noche, mientras cenaban—. Ella nunca me lo mencionó.
—Tal vez no era tuya —sugirió Ayzel—. Tal vez nació después de que se separaran.
—Pero entonces, ¿por qué la odiaría a mí? Si yo no fui el padre...
—No importa si eras el padre o no. Para ella, eras el hombre que arruinó a su madre. Eso es suficiente para alimentar un odio durante años.
Alexander suspiró, dejando los cubiertos sobre la mesa.
—Esto es una locura. No puedo creer que mi pasado haya vuelto para atormentarme de esta manera.
—El pasado nunca muere, Alexander. Solo se esconde.
Él la miró, y por un momento, Ayzel vio algo que nunca había visto en sus ojos: vulnerabilidad. Miedo.
—¿Y si no podemos detenerla? ¿Y si logra su venganza?
—Entonces la enfrentaremos. Juntos. Como hemos hecho hasta ahora.
—Pero ¿y si te pasa algo a ti? —Su voz se quebró—. No podría soportarlo.
Ayzel se levantó y fue hacia él, rodeándolo con sus brazos.
—No voy a dejar que me pase nada. Y tú tampoco. Vamos a ganar esta partida.
Él la abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cabello.
—Te quiero, Ayzel. No sé qué haría sin ti.
—No tendrás que averiguarlo. Porque no voy a ir a ninguna parte.
Se quedaron abrazados, en silencio, mientras la noche avanzaba. Afuera, la ciudad dormía, pero la amenaza seguía acechando.
A la mañana siguiente, Richter llamó con una noticia.
—Hemos encontrado algo. Una escuela privada en Hamburgo, donde estudió una niña llamada "Elena Krüger". La fecha de nacimiento coincide con la época en que Victoria vivía allí.
—¿Elena Krüger? —repitió Alexander—. ¿Tienen más información?
—Tenemos su expediente académico. Buena estudiante, destacada en literatura e historia. Pero lo más interesante es que, a los diecisiete años, solicitó un cambio de nombre legal.
—¿Cambió su nombre? ¿A qué?
—A "Elena Voss". Y luego, desapareció. No hay más registros después de los dieciocho años.
—Voss —murmuró Ayzel—. Ese apellido me suena.
—¿De dónde? —preguntó Alexander.
—No lo sé. Pero lo he oído antes. —Se levantó, nerviosa—. Dame un momento.
Fue al ordenador y comenzó a buscar. "Voss", "Berlín", "empresa", "periodismo". Y entonces, lo encontró.
—Aquí está. —Se volvió hacia Alexander, con los ojos muy abiertos—. "Voss Media Group". Una pequeña editorial especializada en periodismo de investigación. Su fundadora es una mujer llamada "Helena Voss".
—¿Helena Voss? —Alexander se acercó a mirar la pantalla—. ¿Crees que es ella?
—Mira la foto. —Ayzel señaló la imagen en el artículo—. Pelo blanco, vestido negro, unos sesenta años. Es la misma mujer que vi en el restaurante.
Alexander sintió que la sangre se le helaba.
—La mujer del restaurante era la reina. Y nos estuvo viendo la cara todo el tiempo.
—No —dijo Ayzel, negando con la cabeza—. La mujer del restaurante dijo que Victoria tuvo una hija. Ella no puede ser la hija, es demasiado mayor. Es otra persona. Tal vez una cómplice, o alguien que trabaja para la reina.
—O tal vez la reina tiene más de un rostro. —Alexander tomó su teléfono—. Voy a llamar a Richter. Necesitamos todas las pruebas que tengamos de esa editorial.
—Y mientras tanto, yo voy a investigar a Helena Voss. A fondo.
Ayzel se sentó frente al ordenador, decidida a desentrañar el misterio. La telaraña se estaba haciendo más grande, más compleja. Pero en el centro de esa telaraña, la reina esperaba. Y ya había movido su primera ficha.
Ahora, solo era cuestión de tiempo para que moviera la siguiente.
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