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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: ¿Loca? Tal vez, ¿Puta? Nunca

La rubia se quedó petrificada, el color abandonó su rostro por un instante. Después frunció el ceño.

—¿Qué acabas de decir?

—Lo que escuchaste.

—Estás inventando cosas.

—¿Yo?

Incliné la cabeza.

—Jamás.

El director golpeó la mesa otra vez. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces lo había hecho durante aquella reunión.

—¡Noox! ¡Cállate de una vez!

Lo señalé con un dedo.

—¿Ve?

Toda la sala volvió a mirarnos.

—Eso es exactamente de lo que hablo.

Me puse cómoda en la silla.

—Cada vez que digo algo cierto, alguien me manda callar.

—Porque eres insoportable.

—No. Porque tengo razón.

—¡Noox!

—La verdad peca...

Hice una pequeña pausa dramática.

—...pero incomoda más.

Escuché varias risas apagadas, nadie quería reírse demasiado fuerte. No delante del director. Malditos cobardes.

Yo ya estaba acostumbrada a que el viejo me quisiera despedir tres veces por semana.

Aunque, siendo sincera... Llevaba años amenazándome y aquí seguía.

Supongo que era más fácil soportarme que buscar a otra amante insoportable incapaz de arreglar el desastre administrativo que dejaban todos los días.

Mientras el ambiente volvía a tensarse, giré discretamente hacia Day.

Seguía escribiendo, como si nada de aquello estuviera ocurriendo.

No discutía ni tampoco levantaba la voz, incluso me atrevo a decir que ni le interesaba. Respiró hondo y se masajeó una sien. Después cerró la libreta de golpe.

—Me duele la cabeza.

Su voz sonó cansada peromuy cansada.

—Voy por café.

Levanté inmediatamente mi taza.

—Yo quiero.

Ni siquiera levantó la vista.

—No.

Hice un puchero.

—Por fissss...

—No.

—Ándale.

—No.

—Day...

—No.

—Dayanita...

Por fin levantó la cabeza. Su mirada decía claramente: "No empieces."

Sonreí todavía más.

—Por favor...

Suspiró.

—Dame la maldita taza de una vez.

Le extendí la taza con una enorme sonrisa, sabía que terminaría aceptando. Siempre lo hacía, no porque fuera débil. Sino porque, en el fondo, era demasiado buena persona.

Entonces el viejo decidió intervenir otra vez.

—¡Cállense las dos y siéntense!

Ay...

Ya empezó otra vez.

—O les voy a quitar sus bonos.

Parpadeé, después miré a Day. Ella me miró a mí, las dos pensamos exactamente lo mismo.

Bonos.

¿Qué bonos?

Dayana fue quien habló primero.

—¿Cuáles bonos?

La sala quedó completamente inmóvil. El director frunció el ceño.

—¿Cómo que cuáles?

Day apoyó ambas manos sobre la mesa, su voz seguía siendo tranquila. Pero ya no era la misma tranquilidad de antes. Era fría.

—Los mismos que llevo dos años sin ver.

Nadie dijo absolutamente nada. Porque todos sabíamos que era cierto. Ni uno solo de los que estábamos allí había visto un bono en muchísimo tiempo. Algunos ni siquiera recordaban cómo eran.

—Trabajo horas extras.

Su voz empezó a endurecerse.

—Corrijo errores que no son míos.

Otro silencio.

—Saco adelante proyectos completos.

Otra pausa.

—Y nunca recibo absolutamente nada.

Vi al director abrir la boca.

Pero Day no le dio oportunidad de responder.

—¿Y ahora pretende amenazarme con quitarme algo que jamás me ha dado?

La sala entera parecía contener la respiración, incluso yo también. Porque aquello ya no era una discusión cualquiera.

Era algo mucho más serio, el viejo respiró profundamente.

Una.

Dos.

Tres veces.

Intentaba controlar el enojo.

Se notaba.

Aunque las venas de su cuello opinaban otra cosa.

—Siéntese.

Dayana negó lentamente.

—No.

El director apretó la mandíbula.

—Le estoy dando una orden.

—Y yo me niego a cumplirla.

《Uy...》

Pensé.

《Ahora sí se armó.》

Nunca había visto a Day contestarle de esa manera. Jamás, por lo general siempre soportaba, agachaba la cabeza.

—¿Quiere que la despida?

Sentí un escalofrío, miré a Dayana. Esperaba que se callara, que respirara, que simplemente aceptara sentarse.

Pero entonces...

Se rio.

No una carcajada, una risa seca y vacía.

Como si aquella amenaza ya no significara absolutamente nada.

—¿De verdad?

Su voz fue tan tranquila que incluso yo dejé de sonreír.

No me gustó, porque conocía esa calma.

Era la misma que había tenido hacía unas semanas, cuando estábamos tomando café después del trabajo.

Aquella noche me había dicho algo que no pude olvidar.

"Noox... creo que ya no puedo más." Pensé que solo estaba desahogándose, le dije que aguantara un poco, que termináramos los contratos importantes, que después buscaríamos otra cosa.

Ella simplemente sonrió.

"No quiero seguir esperando."

"La liquidación es una miseria."

"Ya encontré trabajo en una pequeña cafetería."

Recuerdo haberme reído, pensé que estaba bromeando. Ella trabajando en una cafetería, era absurdo. Y yo lo sabía, ella podía conseguir un empleo mucho mejor.

Pero insistió.

"Prefiero ganar menos y evitar estos problemas."

Aquellas palabras regresaron a mi cabeza como un golpe. Las había olvidado, hasta ahora.

Llevaba semanas tomando aquella decisión, solo necesitaba que alguien diera el último empujón.,Y el viejo acababa de hacerlo.

Vi cómo metía lentamente la mano dentro de su bolso. Sentí un vacío en el estómago.

No.

No podía ser.

No...

Sacó un sobre blanco.

Lo sostuvo unos segundos entre los dedos. Después lo dejó caer sobre la mesa.

¡TRAC!

El sonido resonó en toda la sala. Se me borró la sonrisa por completo, miré el sobre después la miré a ella y comprendí que aquello era real.

—Aquí está mi carta de renuncia.

Cuando hablaba con esa calma... Era porque ya había tomado una decisión imposible de cambiar.

—Espera...

Las palabras escaparon de mi boca antes de poder detenerlas.

—¿Lo dices en serio?

Ella giró lentamente la cabeza hacia mí. No había enojo, ni tristeza.

Solo un cansancio tan profundo que dolía verlo, sonrió apenas. Una sonrisa diminuta y rota.

—Completamente.

Su respuesta fue tan tranquila que me hizo mucho más daño que si hubiera empezado a gritar.

El director fue el primero en reaccionar.

—No puede tomar una decisión así de impulsiva.

《¿Impulsiva?》

Estuve a punto de reírme, pero me contuve. No era apropiado.

—No se preocupe —continuó Dayana con la misma serenidad—. Como es una renuncia voluntaria, tampoco quiero la miserable liquidación.

Sentí varias personas removerse en sus asientos, más de uno bajó la cabeza.

Porque todos sabíamos cuánto ofrecía aquella empresa cuando alguien se iba, una cantidad ridícula.

Day respiró despacio.

—Respecto a las cosas que pertenecen a la empresa...

Hizo una pequeña pausa.

—Todo está en mi escritorio.

Su voz no tembló. Ni una sola vez.

—Las llaves, la computadora, la credencial, discos de respaldo viejos e inservibles.TODO.

Levantó entonces la libreta que llevaba abrazada contra el pecho, sonrió apenas.

—Esta no.

Le dio un par de golpecitos con los dedos.

—La compré con mi dinero.

No pude evitar sonreír un poco. Muy propio de ella. Incluso renunciando seguía dejando todo perfectamente claro.

—Y me la llevo.

Volvió a guardar silencio unos segundos.

—No me importa que aquí tenga bocetos de proyectos pendientes.

Miró la portada.

—Son míos.

Su voz se endureció apenas.

—Los hice fuera de mi horario.

Con mis materiales, con mi dinero. Y jamás me pagarían regalías por ella.

El director abrió la boca, pero seguía sin salirle ninguna palabra.

Creo que por primera vez en muchos años alguien lo había dejado completamente sin argumentos.

Alejandrina tragó saliva. Yo la observaba de reojo, había perdido todo el color. Entonces Dayana volvió a hablar.

—Respecto a los clientes que llevo...

Levantó la vista.

—Les avisaré que, a partir de hoy, deberán comunicarse con Alejandrina.

La rubia abrió los ojos de golpe.

—¿Qué?

—¿Cómo que conmigo?

—Sí.

Day la miró directamente. Sin odio, sin resentimiento. Solo con una honestidad brutal.

—Siempre has querido figurar delante de la dirección.

Ahora tendrás la oportunidad. Alejandrina abrió la boca varias veces pero ninguna palabra salió.

Porque ambas sabíamos la verdad. Dayana llevaba prácticamente sola los proyectos más importantes.

Clientes complicados, campañas enormes, sesiones fotográficas, entrevistas, correcciones, revisiones, cronogramas, todo.

Muchísimas veces Alejandrina únicamente aparecía al final para recibir los aplausos.

Y Day... bueno, se llevaba la peor parte.

Se giró y camino hacia la puerta, luego tomó el picaporte.

Solo habló con una tranquilidad que dolía escuchar.

—Adiós.

Y desapareció al otro lado del pasillo.

El director seguía mirando el sobre sobre la mesa como si esperara que desapareciera por arte de magia. Alejandrina permanecía inmóvil y había perdido el color del rostro.

Y yo... Yo ya no escuchaba nada, sentía un nudo en el pecho que no sabía cómo deshacer.

Conocía demasiado bien a Dayana, pero cuando estaba delante de otras personas podía aparentar una calma increíble.

Pero en cuanto se quedaba sola...

Todo ese autocontrol se rompía, la imaginé caminando por el pasillo mientras que apretaba su libreta contra el pecho.

Respirando cada vez más rápido, intentando convencerse de que había hecho lo correcto.

Y supe que no quería dejarla sola, me puse de pie de golpe.

—Me voy.

Ni siquiera esperé una respuesta. Solo quería alcanzarla antes de que desapareciera.

Pero apenas di dos pasos, alguien me sujetó con fuerza del brazo.

—¡Maldita Noox! ¡Todo esto es tu culpa!

Fruncí el ceño.

—¿Mía?

Solté una carcajada.

—¿Perdón? Si tú no haces absolutamente nada.

Su mano apretó todavía más mi brazo.

—¡Es tu culpa! ¡Me acusaste delante de todos!

—Porque es la verdad.

—¡No tienes pruebas!

—¿Y tú sí las tienes para culpar a Day?

Durante un instante ninguna de las dos habló.

Podía sentir sus uñas clavándose a través de la tela de mi camisa.

Por otro lado, el director ni siquiera volteó a vernos. Salió corriendo detrás de Dayana junto con varios empleados. Supongo que todavía creían que podían convencerla de regresar. Qué ingenuos.

Mientras tanto... nosotras seguíamos allí.

—Suéltame —le advertí.

No lo hizo.

—Te dije que me sueltes.

Nada.

Suspiré.

—Mira, princesa, tengo prisa. Mi mejor amiga acaba de salir corriendo y quiero saber si está bien. Así que hazme un favor y vete a joder a otro lado.

Le aparté la mano, ella volvió a sujetarme más fuerte.

Ay, ya me desesperó.

—¿Y qué hay de ti? —escupió con desprecio—. Solo eres una loca que habla para difamarme.

Parpadeé, después sonreí.

—Está bien... yo soy la loca.

Hice una pausa.

—¿Y tú qué eres?

Esperé apenas un segundo antes de susurrarle.

—Una puta que se acuesta con su jefe.

El silencio fue absoluto, nadie sabía que había dicho. Pero fue lo suficiente para que Alejandrina se pusiera furiosa y, sin decir una sola palabra...

¡Paf!

Me abofeteó con todas sus fuerza, me quedé completamente inmóvil. Sentí el ardor extenderse por toda la mejilla.

Volví a mirarla y le sonreí de manera provocadora.

—¿Eso es todo lo que tienes, princesa?

Aquello terminó de romperle la poca cordura que le quedaba.

—¡Maldita perra!

De pronto me sujetó del cabello.

—¡Ay!

Sentí cómo me jalaba hacia ella.

—Todos son testigos —dije alzando la voz—. ¡Ella fue quien golpeó primero!

Miré hacia una de las esquinas del techo.

—¡Y si alguien lo duda, hay cámaras!

Eso solo consiguió enfurecerla más.

—¡Muérete!

Volvió a tirar de mi cabello con todas sus fuerzas mientras intentaba golpearme con la rodilla.

Demasiado obvio.

Vi el movimiento desde el momento en que levantó la pierna.

Giré apenas el cuerpo hacia un costado y el rodillazo pasó rozándome el muslo.

—Qué mala puntería...

Aproveché el instante.

Con una mano le sujeté la muñeca para impedir que volviera a golpearme y, con la otra, le agarré un mechón de cabello para obligarla a levantar la cabeza.

—¡Suéltame, maldita!

—¿Y dejar que vuelvas a intentar romperme la nariz? Ni loca.

Alejandrina respondió empujándome con el hombro. Retrocedimos un paso, nuestras espaldas chocaron contra la puerta de cristal. El golpe hizo vibrar toda la estructura.

—¡Ayúdenla! —gritó alguien desde la mesa.

Nadie se movió.

Todos seguían paralizados en sus asientos, observándonos con los ojos abiertos como platos.

Algunos incluso se habían puesto de pie, pero ninguno parecía tener el valor suficiente para acercarse.

Alejandrina aprovechó que mi atención se desvió un segundo e intentó soltarse de un tirón.

Mala idea.

Lo único que consiguió fue desequilibrarnos a las dos.

Sentí cómo perdíamos el apoyo.

—¡Mierda!

Por puro reflejo giré las caderas para no caer de espaldas.

Ella se aferró desesperadamente a mi blusa.

Yo seguía sujetándole la muñeca.

Y, sin que ninguna pudiera evitarlo...

Las dos terminamos desplomándonos sobre la alfombra.

¡PUM!

El impacto hizo temblar la sala. Antes de que pudiera reaccionar, Alejandrina volvió a intentar arañarme el rostro.

No le di oportunidad.

Atrapé nuevamente su brazo, giré sobre un costado y aproveché el impulso de la caída para pasar por encima de ella.

En cuestión de segundos terminé montándola de lado, inmovilizándole el brazo contra la espalda con una llave de control.

No necesitaba hacerle daño.

Solo impedir que siguiera atacándome.

—¡Aaaah!

Alejandrina comenzó a retorcerse.

—¡Me duele!

—Pues deja de moverte.

—¡Suéltame!

—Cuando te tranquilices.

Pataleaba como si estuviera poseída.

Era inútil.

Cuanto más intentaba liberarse, más firme quedaba la inmovilización. Fue entonces cuando los demás por fin reaccionaron.

—¡Sepárenlas!

Tres hombres corrieron hacia nosotras, intentaron sujetarme por los hombros.

Mala idea.

Con el miedo de lastimarme o de empeorar la situación, ninguno se atrevía a usar suficiente fuerza.

—¡Noox!

—¡Suéltala!

—Ya la solté... —respondí con total naturalidad.

—¡Eso es mentira! —gritó una mujer desde el fondo.

Bajé la vista. Ah... era cierto, todavía seguía sujetándole el brazo.

—Ups...

Se me había olvidado.

Los tres volvieron a forcejear conmigo unos segundos. No era que yo fuera especialmente fuerte.

Simplemente Alejandrina no dejaba de moverse y ellos tenían miedo de que la llave terminara lastimándola más.

—¡Me está lastimando! —lloriqueó ella.

Uno de los hombres suspiró con resignación.

—Nox... ya fue suficiente.

Otro negó con la cabeza.

—Sabemos que ella empezó.

Asentí.

—Correcto.

—Y también sabemos que probablemente se lo merecía.

No pude evitar sonreír.

—Me agradas.

Él soltó una risa cansada.

—Pero ya terminó, tu ganaste. Suéltala —dijo alguien más.

Respiré hondo. Miré a Alejandrina y seguía insultándome entre lágrimas.

Suspiré.

—Está bien...

Aflojé lentamente la llave y me levanté. Ella intentó incorporarse enseguida.

Pero las piernas le temblaban tanto que volvió a caer sentada sobre la alfombra, completamente despeinada y con el maquillaje corrido.

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