Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 22
(Sara)
La pantalla del celular se apagó, dejándome a oscuras y con un pitido ensordecedor en el oído.
Me quedé inmóvil en medio de la cama, con las sábanas revueltas y el pecho apretado. Miriam y Flor.
Esos dos nombres daban vueltas en mi cabeza como un torbellino. ¿Las encargadas? ¿A las cinco de la mañana? Jhon nunca había sido evasivo conmigo. Su voz sonaba apurada, tensa, como si estuviera ocultándome algo.
Me levanté de la cama sintiendo un mareo físico provocado por la falta de sueño y la ansiedad. Caminé hacia el baño y me apoyé contra el lavabo, mirándome al espejo. Ayer por la noche era la chica más feliz del mundo, luciendo un anillo de oro blanco. Hoy, el diamante en mi dedo se sentía extrañamente pesado.
—No dejes que los fantasmas del pasado te destruyan la cabeza, Sara —me dije a mí misma en voz alta, intentando calmar mis propios nervios—. Él te ama. Jhon no es como los demás.
Pero la mente es traicionera. Recordé lo rápido que es el mundo del deporte profesional. Las fiestas, la fama, las chicas que buscan a los capitanes del equipo. ¿Había cambiado Jhon tan pronto al pisar Boston? ¿O acaso yo había sido solo una distracción en su pueblo universitario antes de volver a su verdadera vida? La idea de volver a ser engañada me provocó un escalofrío horrible.
A las cinco y media de la mañana salí del apartamento. El trayecto hacia la cafetería fue un tormento.
No miraba las luces del campus ni el amanecer; solo miraba el maldito teléfono, esperando un mensaje de disculpa, una explicación que aclarara todo lo que había escuchado en el fondo de esa llamada. Pero el teléfono se mantuvo en absoluto silencio.
Al llegar a The Daily Grind, me puse el delantal verde de forma automática. Encendí la máquina de espresso y me sumergí en la rutina para no volverme loca. El agua hirviendo, el olor a grano molido, el golpeteo de las tazas. Sin embargo, cada vez que una risa femenina resonaba en el local, mi mente viajaba directo a las voces de Miriam y Flor.
A las ocho de la mañana, la puerta de la cafetería se abrió con fuerza, haciendo sonar la campana con energía.
Me limpié las manos con un paño, lista para atender al siguiente cliente, pero me detuve en seco al ver quién cruzaba el umbral.
Era Samuel.
Llevaba su habitual chaqueta de mezclilla descolorida, el cabello castaño un poco despeinado y una carpeta de plástico bajo el brazo.
Al verme detrás de la barra, sus ojos se iluminaron y una enorme sonrisa apareció en su rostro. Samuel era mi mejor amigo en la facultad de ciencias; habíamos compartido largas noches de estudio y era el único que realmente conocía la tormenta por la que yo había pasado antes de conocer a Jhon.
—¡Sara! No me lo vas a creer —dijo, caminando a paso rápido hasta la barra y apoyándose en ella.
—¿Samuel? ¿Qué haces aquí tan temprano? Tus clases no empiezan hasta el mediodía.
—Vengo por una emergencia vital —bromeó, aunque luego suavizó la mirada al notar mi rostro—. Oye... tienes unas ojeras terribles. ¿Estás bien? ¿Pasó algo con el grandulón del hockey?
Apreté el paño entre mis manos, sintiendo un nudo en la garganta. No quería derrumbarme en mi primer día como empleada fija.
—Jhon se fue a Boston a las cuatro y media de la mañana —respondí, intentando mantener la voz neutral—. Pero dime, ¿cuál es tu emergencia?
Samuel suspiró, sacando una hoja de papel de su carpeta y deslizándola por el mostrador hacia mí. Era una solicitud de empleo para la cafetería.
—Me recortaron la ayuda económica del departamento de investigación, Sara. Si no consigo un trabajo de medio tiempo para los próximos trimestres, voy a tener que congelar la matrícula y volver a Chicago —explicó con frustración—. Vi el cartel en la ventana ayer y pensé: "Bueno, al menos estaré con mi persona favorita". Dime que Pablo sigue buscando personal.
Miré su solicitud y luego a él. Samuel era brillante, responsable y, sobre todo, una de las pocas personas en las que confiaba plenamente en este campus.
—De hecho, Pablo me acaba de subir el sueldo y me dijo que necesita a alguien más porque me asignaron tres clases nuevas este trimestre. Estaré ahogada de tiempo. Déjame hablar con él, estoy segura de que te contratará de inmediato.
—Me salvas la vida, de verdad —dijo Samuel, exhalando un suspiro de alivio—. Ahora, habla conmigo. Conozco esa mirada tuya. Estás en modo "analizar el fin del mundo". ¿Qué pasó con Jhon?
Miré a mi alrededor para asegurarme de que no hubiera clientes cerca. Me acerqué un poco más a la barra y, en un susurro, le conté todo. Le hablé de la llamada a las cinco de la mañana, de la voz evasiva de Jhon, de las risas de fondo y de los nombres: Miriam y Flor.
Samuel me escuchó en absoluto silencio, frunciendo el ceño a medida que avanzaba en el relato. Cuando terminé, golpeó suavemente la barra con los dedos.
—A ver, Sara. Jhon King movió cielo y tierra por ti aquí en la universidad. Te consiguió la beca, se enfrentó al rectorado... no creo que tire todo por la borda en su primer día en Boston —razonó Samuel, intentando ser la voz de la lógica.
—Lo sé, Samuel. Mi parte racional me dice eso. Pero ¿por qué ocultarme quiénes son? ¿Por qué cortar la llamada así? Si solo fueran secretarias o encargadas de la liga, no tendría por qué sonar tan nervioso. Siento que me está ocultando algo grande.
Pasó una semana entera. Una semana infernal.
Jhon apenas respondía mis mensajes. Cuando lo hacía, eran frases cortas de dos o tres palabras: "Mucho entrenamiento", "Hablamos luego", "Te extraño, genio". Pero ya no había videollamadas. No había conversaciones largas por las noches. La distancia se había convertido en un muro invisible pero impenetrable, y mi horario saturado con las tres nuevas clases y las horas en la cafetería solo lograba que el cansancio físico alimentara mi paranoia. Samuel había sido contratado por Pablo al día siguiente, y pasar los turnos con él era lo único que me mantenía cuerda.
El viernes por la tarde, después de cerrar la cafetería, me senté en una de las mesas vacías con la cabeza apoyada entre las manos. Samuel estaba terminando de fregar el suelo del fondo. El silencio del local solo aumentaba mi desesperación.
—No puedo seguir así, Samuel —dije, levantando la vista. Sentía los ojos pesados y el corazón roto—. Siento que lo estoy perdiendo y ni siquiera sé por qué.
Samuel dejó el trapeador a un lado y se acercó a mi mesa, sentándose frente a mí.
—Sara, esto te está matando. Necesitas respuestas —dijo con seriedad—. Jhon está en Boston, instalado en las oficinas de los Bruins o en el complejo del equipo, ¿verdad?
—Sí, se supone que está parando en el hotel del club mientras busca departamento.
Samuel sonrió de medio lado, con esa chispa de inteligencia que lo caracterizaba.
—Bueno, mi hermano mayor trabaja en una agencia de logística en Massachusetts. Tiene acceso a los registros de ingresos de los complejos residenciales y los hoteles asociados a los equipos deportivos. Si Jhon está ocultando algo, o si esas tales Miriam y Flor están registradas en el mismo lugar que él... podemos averiguarlo. Déjame hacer un par de llamadas. Vamos a investigar qué demonios está pasando en Boston.
Miré a mi mejor amigo.
Sabía que cruzar esa línea significaba desconfiar abiertamente del hombre que me había prometido el universo. Pero el silencio de Jhon me estaba doliendo más que cualquier verdad.
—De acuerdo —susurré, apretando los puños—. Investiguemos.