En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 10
El trayecto hasta el palacio transcurrió en relativa tranquilidad.
Xenia observaba distraídamente el paisaje que avanzaba al otro lado de la ventana del carruaje mientras Viktor permanecía sentado frente a ella con una expresión inusualmente seria. Aquello era suficiente para hacerle entender que la situación era importante, aunque seguía sin comprender completamente el motivo.
Para ella, aquella poción era simplemente otro experimento exitoso.
Sí, era mejor de lo esperado.
Sí, era útil.
Pero estaban en un mundo de magia. Desde que había llegado allí, había dado por hecho que debían existir objetos, hechizos y pociones capaces de lograr cosas similares.
O al menos eso había pensado.
La reacción de Viktor parecía indicar lo contrario.
—¿Es realmente tan sorprendente? —preguntó finalmente.
El duque la observó durante unos segundos antes de soltar una pequeña risa incrédula.
—Xenia, acabas de crear una poción que puede cerrar heridas en cuestión de segundos.
—Bueno, cuando lo dice así...
—Y además elimina el dolor y la fatiga.
—Ah.
—Sí, "ah".
Xenia volvió a mirar por la ventana.
Quizás sí era un poco impresionante.
Cuando llegaron al palacio, apenas hicieron falta unas pocas palabras de Viktor para que los sirvientes los condujeran inmediatamente hacia la sala del trono.
Las enormes puertas doradas se abrieron lentamente ante ellos.
Xenia alzó ligeramente las cejas.
El salón era inmenso, con altas columnas blancas adornadas con detalles dorados y enormes ventanales por donde entraba la luz de la mañana.
Al final de la sala, sentado sobre el trono imperial, se encontraba un hombre imponente de cabellos dorados.
Leonhart Viremont.
Emperador de Aurelion.
Su sola presencia llenaba el lugar.
—Sol del Imperio —saludó Viktor realizando una elegante reverencia.
Xenia lo imitó inmediatamente.
—Sol del Imperio.
Leonhart sonrió.
—Duque Edevane. Siempre es un placer verte.
Su mirada descendió entonces hacia la joven que lo acompañaba.
—Oh.
Sus ojos brillaron con curiosidad.
—¿Y esta hermosa jovencita es tu hija?
—Majestad, Xenia Edevane lo saluda —respondió ella con educación.
El emperador asintió satisfecho.
—Encantado de conocerte, Lady Xenia.
Tras los saludos iniciales, Viktor recuperó rápidamente la seriedad.
—Majestad, disculpe mi atrevimiento al presentarme de esta forma sin previo aviso, pero tengo algo importante que mostrarle.
Aquello captó inmediatamente la atención de Leonhart.
—¿Algo importante?
El duque dirigió una mirada a Xenia.
Ella comprendió la señal y avanzó unos pasos mostrando el pequeño frasco de cristal.
El emperador observó el recipiente sin entender demasiado.
—Mi hija ha estado interesándose por la alquimia durante los últimos meses —explicó Viktor—. Ha conseguido resultados bastante sorprendentes. Hace poco incluso creó algunas fórmulas que ni los alquimistas reales habían logrado reproducir.
Leonhart arqueó una ceja.
—Ya escuché algunos rumores sobre eso.
—Pues me temo que los rumores se quedaron cortos.
El emperador hizo una señal a uno de los sirvientes, quien recogió cuidadosamente el frasco para acercárselo.
—¿Y qué hace exactamente?
—Es una poción curativa —respondió Viktor.
—Yo mismo confirmé su eficacia.
Leonhart volvió la vista hacia Xenia.
—¿Es cierto?
—Sí, majestad.
—Puede acelerar la curación de heridas y aliviar dolores físicos.
Por primera vez el emperador mostró una verdadera expresión de sorpresa.
—Eso es... bastante extraordinario.
Sin perder tiempo, tomó una pequeña daga decorativa que descansaba junto al trono.
Los sirvientes palidecieron.
—¡Majestad...!
Pero Leonhart ya había realizado un pequeño corte sobre la palma de su mano.
La sangre apareció de inmediato.
Luego tomó la poción.
Y bebió un pequeño sorbo.
Pasaron apenas unos segundos.
La herida comenzó a cerrarse visiblemente.
La sangre desapareció.
La piel volvió a unirse.
Y el dolor constante que llevaba semanas sintiendo en una de sus caderas desapareció casi por completo.
Incluso la ligera molestia en una de sus sienes se desvaneció.
El emperador observó su mano con auténtica incredulidad.
Luego miró nuevamente a Xenia.
Y después volvió a mirar su mano.
—Sorprendente...
La palabra escapó casi como un susurro.
Después comenzó a reír.
Una carcajada profunda y sincera que resonó por toda la sala.
—¡Maravilloso!
Los presentes intercambiaron miradas sorprendidas.
Leonhart rara vez reaccionaba así.
—Duque Edevane, tu hija es extraordinaria.
Viktor sintió una mezcla de orgullo y alivio.
Mientras tanto, Xenia simplemente observaba al emperador con curiosidad.
Leonhart volvió a mirarla.
Y en ese momento una idea cruzó su mente.
—Lady Xenia.
—¿Sí, majestad?
—¿Te gustaría convertirte en alquimista imperial?
Tanto Viktor como Xenia se quedaron inmóviles.
—¿Eh?
—Podrías trabajar para la corona. Crear pociones para mí. Tendrías acceso a recursos, ingredientes raros y laboratorios mucho más grandes.
Los ojos de Xenia brillaron un instante.
Laboratorios más grandes.
Ingredientes raros.
Aquello sonaba peligrosamente tentador.
Pero antes de que pudiera responder...
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
Todos se giraron.
Un joven alto de cabello claro acababa de entrar con total naturalidad.
Clark Viremont.
Xenia parpadeó.
Viktor también.
Leonhart se llevó una mano a la frente.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que golpees antes de entrar, muchacho maleducado?
Clark ni siquiera pareció escucharlo.
Su atención ya estaba fija en otra persona.
Xenia.
Una sonrisa apareció inmediatamente en su rostro.
—Oh, Xenia.
Y caminó directamente hacia ella.
—Qué alegría verte.
Xenia sintió un mal presentimiento.
—¿Viniste a verme?
Ella lo observó con absoluta seriedad.
—No.
Clark pareció ignorar el rechazo.
—Qué lástima.
—Vine con mi padre a ver al emperador.
—Entonces fue una agradable coincidencia.
Viktor realizó una reverencia.
—Príncipe Clark.
Este asintió distraídamente.
Sus ojos seguían puestos sobre Xenia.
Leonhart observó aquella escena con interés.
—¿Ya se conocían?
—Claro —respondió Clark antes de que nadie más pudiera hablar—. Xenia es mi alquimista personal.
El silencio cayó inmediatamente.
Xenia giró lentamente la cabeza.
—¿Disculpe?
Clark la miró.
—¿Qué ocurre?
—¿Desde cuándo soy su alquimista personal?
—¿Desde cuándo?
El príncipe pareció realmente confundido.
—Bueno... me haces pociones.
—Eso no me convierte en su alquimista personal.
—Suena bastante parecido.
Una pequeña vena pareció aparecer en la frente de Xenia.
Leonhart soltó una carcajada.
—Vaya.
Miró a su hijo.
Luego a Xenia.
Y finalmente negó con la cabeza.
—Así que eres de mi hijo.
—¡No soy de nadie! —respondió Xenia inmediatamente.
—Qué decepción.
—¡Majestad!
—Al menos déjame comprarte algunas pociones antes de que este muchacho monopolice todo tu talento.
Clark asintió como si aquello fuera completamente razonable.
—Me parece justo.
Xenia los miró a ambos.
Luego a Clark.
Después al emperador.
Y finalmente volvió a mirar a Clark.
Ahora entendía perfectamente de dónde había heredado aquella personalidad.
Eran exactamente iguales.
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