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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 23 — La marca del destino

Uno de los nombres era el suyo; otra vez, su sangre marcada por destino. El silencio que siguió a la revelación en el Atrio de las Promesas fue más ensordecedor que cualquier explosión mágica. Xylia Brook contemplaba la marca en su propia palma, un estigma que palpitaba con una luz dorada y enferma, como si su propia linaje la estuviera reclamando desde el interior de sus células. A su lado, Lyraka observaba sus manos con una mezcla de asco y fascinación; sus venas se habían tornado de un violeta oscuro, casi negro, siguiendo el patrón de las runas que acababan de ver en el libro de obsidiana.

—No somos personas para ellos —susurró Lyraka, y su voz, antes llena de fuego, ahora sonaba hueca, como el eco en una cueva—. Somos componentes. Somos el azufre, el mercurio y la sal de un experimento alquímico que empezó hace tres mil años. Mi nombre no es mío; es una coordenada.

Ravenna Shadow intentaba, con dedos temblorosos, encontrar una lógica en el libro que pudiera salvarlas de la fatalidad de la profecía. Pero cuanto más leía, más se le hundían los hombros.

—No es solo que nuestros nombres estén aquí —dijo Ravenna, mirando a sus compañeras con ojos empañados—. Es el propósito de la "Corona de Ceniza". Siempre creímos que la corona era un objeto físico, un símbolo de soberanía que debíamos recuperar para traer el equilibrio. Pero el libro dice algo distinto. La corona es un estado de ser. Es la convergencia de cuatro sacrificios absolutos.

Xylia apretó los dientes, sintiendo cómo el calor de la marca en su mano se extendía por su brazo, quemando la piel bajo la armadura.

—Habla claro, Ravenna. ¿Qué es lo que exige de nosotras?

Ravenna tragó saliva, mirando hacia el abismo que rodeaba las ruinas flotantes.

—Para que el "Mundo Original" regrese, para que las ciudades olvidadas se reintegren a la realidad, las llaves deben ser giradas. Y nosotras somos las llaves. Pero una llave, al girar en una cerradura de este calibre, se rompe. El libro dice: *"Solo cuando lo que más se ama sea entregado al vacío, el círculo se cerrará"*.

Lyraka soltó una carcajada amarga, una que terminó en un sollozo ahogado.

—¿Lo que más amamos? ¿A estas alturas? Lo perdí todo cuando me desterraron. Perdí mi hogar, mi honor, mi posición...

—No, Lyraka —la interrumpió Xylia, su voz suave pero firme—. No perdimos todo. Nos tenemos a nosotras.

El peso de esa verdad cayó sobre ellas como una losa de granito. Se miraron las unas a las otras, reconociendo en los rostros de sus compañeras lo único que les había dado fuerzas para cruzar el Vórtice, para enfrentarse a sus ancestros y para sobrevivir a la luz negra. La hermandad que habían forjado en la traición y la sangre era el vínculo más puro que jamás habían conocido. Y era precisamente ese vínculo lo que el destino reclamaba como pago.

Shapira, el Eco, dio un paso hacia el centro del grupo. Sus manos, aún unidas al libro por hilos de energía, empezaron a brillar con una intensidad blanca. No podía hablar, pero su mente se proyectó en la de las demás con una claridad devastadora.

*“He dado mi voz para abrir el camino”*, sintieron que decía Shapira. *“Pero el camino no se conforma con el silencio. Quiere la ausencia.”*

—¿Quieres decir que para salvar el mundo tenemos que destruirnos entre nosotras? —preguntó Lyraka, dando un paso atrás, con sus dagas apareciendo en sus manos por puro instinto de defensa—. ¡No! ¡Me niego! He matado a mil enemigos por menos que esto. No voy a sacrificar a la única familia que me queda por un mundo que ya nos ha olvidado.

Xylia se acercó a Lyraka, ignorando las armas. Puso sus manos sobre los hombros de la guerrera de las sombras.

—Mírame, Lyraka. Mírame a los ojos. ¿Qué mundo vamos a salvar si no lo hacemos? El mundo actual es una mentira gobernada por déspotas. Las ciudades olvidadas están llenas de gente, de historias, de la verdadera esencia de nuestro pueblo. Si no giramos la llave, el vacío terminará por devorarlo todo, incluyéndonos a nosotras, pero sin sentido alguno.

—¡Me da igual el sentido! —gritó Lyraka, las lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Te quiero a ti! ¡Quiero a Ravenna y su estúpida arrogancia! ¡Quiero a Shapira! Si el precio de la corona es vuestra muerte, que arda el universo.

Ravenna se unió a ellas, cerrando el libro de obsidiana con un golpe seco que hizo vibrar el aire.

—No es solo nuestra muerte, Lyraka. Es el olvido de lo que fuimos. El libro dice que al convertirnos en la Corona, nuestra individualidad se disolverá. Seremos un concepto. Seremos el equilibrio. Pero ya no seremos Xylia, Lyraka, Ravenna y Shapira. Seremos... algo más. Algo eterno, pero frío.

El dilema moral las desgarraba por dentro. Habían luchado tanto por su libertad, por dejar de ser las herramientas de sus reyes, solo para descubrir que su mayor acto de libertad era elegir convertirse en una herramienta del destino. Era la paradoja final: para ser verdaderamente libres de la mentira de sus padres, debían aceptar la verdad de su sacrificio.

Pasaron horas, o quizás siglos —el tiempo en el Atrio no tenía sentido—, discutiendo, llorando y recordando. Recordaron la primera vez que se vieron en las fronteras de los reinos en conflicto, el odio inicial que se transformó en respeto y luego en amor. Recordaron las batallas compartidas, las noches junto al fuego donde soñaban con un futuro donde no tuvieran que esconderse.

—Mi padre siempre decía que la luz del sol lo era todo —dijo Xylia, mirando hacia el cielo violeta—. Pero la luz del sol solo muestra la superficie. En esta oscuridad, con ustedes, es cuando mejor he visto.

—Yo siempre busqué la corona para demostrar que era mejor que los hombres que me despreciaban —confesó Ravenna—. Pero ahora me doy cuenta de que la corona es una carga que nadie en su sano juicio querría llevar. Y sin embargo, no hay nadie más capaz que nosotras para soportarla.

Shapira se arrodilló, rodeando con sus brazos las piernas de sus hermanas. Era un gesto de súplica y de despedida. Estaba lista. Ella, que ya había entregado su voz, era la que menos tenía que perder y la que más deseaba que sus hermanas encontraran la paz, incluso si esa paz significaba la transformación total.

—Comprendo —dijo Lyraka finalmente, bajando sus dagas y dejando que se desvanecieran en humo sombrío—. Comprendo que el amor no es solo proteger la vida del otro. Es permitir que el otro cumpla su destino, aunque eso signifique que no podamos volver a tocarnos o a decir nuestros nombres.

Se tomaron de las manos, formando un círculo alrededor del libro encadenado. La energía de los nombres en la página empezó a subir por sus pies, fusionando su esencia con la piedra del anfiteatro. El aire a su alrededor se volvió denso, lleno de partículas de oro y amatista. Las ciudades olvidadas empezaron a emerger de la niebla, no como visiones, sino como realidades físicas que reclamaban su espacio en el tejido del mundo.

—Si vamos a hacer esto —dijo Xylia, su voz resonando con una autoridad divina que nunca antes había tenido—, lo haremos juntas. No como sacrificios, sino como soberanas. No nos destruyen; nos transformamos.

Comprendieron que el camino hacia la corona pasaba por la destrucción de lo que amaban.

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