Lía Aristizábal, una fotógrafa colombiana que llegó a España con el sueño de construir una nueva vida, decide convertirse en madre soltera mediante inseminación artificial después de alcanzar la estabilidad que tanto buscó. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que los bebés que espera pertenecen al hombre más egocéntrico e insoportable que ha conocido.
Harold Veneti, dueño del imperio constructor más grande del mundo, siempre soñó con ser padre, pero jamás encontró a la mujer indicada. Lo que nunca imaginó fue que, por un error de la clínica de fertilidad, su esperma terminaría siendo utilizado para inseminar a una latina decidida a criar sola a sus hijos.
Obligados por el destino a compartir mucho más que unos bebés, Lía y Harold deberán aprender a convivir entre discusiones, diferencias y una atracción imposible de ignorar.
¿Podrá el amor surgir entre dos personas tan distintas… o sus personalidades chocarán demasiado como para estar juntos?
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Parte 21
Lía
Ayudo a la abuela de Harold a preparar la comida con el pescado. Nunca he sido fanática del pescado; de hecho, durante años apenas lo probaba. Pero ahora, por primera vez, se me antoja. Hay algo en el olor del aceite caliente, en el chisporroteo dorado de la piel friéndose, que despierta en mí un hambre distinta.
Me sorprende.
Me recuerda a mi tierra. A las tardes en casa, a mi familia reunida, a las risas en la cocina pequeña mientras el arroz de coco se termina de secar y los patacones crujen al salir del aceite. Siempre era divertido. Siempre había ruido, siempre había vida.
Aquí también hay ruido.
Pero es distinto.
—¿Estás bien? —pregunta el hombre con el que ahora estoy casada.
Harold se acerca por detrás, su voz baja, casi íntima, como si solo existiéramos nosotros dos en medio del caos familiar.
—Sí, no te preocupes —le digo con una sonrisa.
Lo miro apenas un segundo, lo suficiente para sentir ese cosquilleo en el pecho. Pero de reojo noto otra cosa.
Ella.
La mujer.
Nos mira.
No aparta la vista de él.
Sigue cada movimiento de los ojos verdes de Harold como si estuviera cazando algo. No importa si él se mueve para tomar un vaso, si se inclina hacia su abuela o si simplemente se ríe. Ella lo sigue.
Y Lucas lo nota.
Lucas ve cómo esa mujer lo mira. Y hay tensión. Tensión en el aire, en la cocina, en cada respiración contenida. Es una tensión incómoda, pegajosa. La odio. Nunca me han gustado los ambientes cargados; me ponen nerviosa, me aceleran el pulso.
Pero algo dentro de mí me dice que esto debía pasar. Que, por alguna razón extraña, estoy aquí para vivir exactamente esto.
Suspiro.
Nos sentamos todos a la mesa.
La conversación comienza ligera, como si nadie quisiera tocar nada delicado. Recuerdan viejos momentos de los Veneti. Historias de infancia, travesuras, anécdotas que los hacen reír a carcajadas. Hay bromas privadas que no entiendo, pero sonrío igual. Me gusta verlos así, unidos, auténticos.
Sin embargo, hay una persona que no participa.
La mujer embarazada de Lucas.
No dice nada. No sonríe. No comenta. Solo mueve el pescado en su plato con el tenedor, como si estuviera inspeccionando algo desagradable.
—¿No quieres comer? —pregunta el hermano menor de mi esposo.
Ella hace una mueca y empuja el pescado con gesto incómodo. Por un segundo me recuerda a mí cuando era pequeña y me daba miedo la cara del pescado mirándome desde el plato.
—Lo hizo Lía. Quedó delicioso —dice Harold—. Habló de cómo lo hacían en su casa.
Siento una pequeña calidez en el pecho.
—Sí —añado—, normalmente lo acompañamos con arroz de coco, patacón, ensalada... y el pescado bien frito.
—Primera vez que quiero salir de vacaciones —dice Martín, el médico, creo—. ¿De verdad es tan bueno?
—Antes no me gustaba mucho —confieso mientras me llevo un bocado a la boca—. Creo que me daba pesar por los pobres animales... pero a veces saben muy rico.
Harold suelta una carcajada al escucharme.
Asiente, divertido, y acaricia mi espalda con naturalidad.
—Sí, bebé. Es verdad.
Me sonrojo un poco, pero no dejo de comer. No pienso dejar de disfrutar la comida que preparé.
Entonces sucede.
—Sabe asqueroso.
La frase cae como un cuchillo sobre la mesa.
El silencio es inmediato.
Lucas la mira.
Pero no es una mirada suave ni comprensiva. Es la misma mirada que Harold usa cuando alguien no le agrada. Es fría. Firme. Controlada.
Yo levanto la vista.
—Si no te gusta, te puedes ir.
Todos giran hacia mí.
No levanto la voz. No tiemblo.
Simplemente estoy cansada.
He trabajado toda la tarde en la cocina. Lo hice rápido, eficiente, concentrada. Gracias a la experiencia, puedo cocinar para muchos en pocas horas cuando me enfoco. Pero no vine aquí a cocinar y soportar desplantes. Vine a disfrutar. Nunca he salido realmente de vacaciones. Nunca he tenido el dinero ni el tiempo. Nadie va a arruinar mi primera experiencia en un lugar nuevo.
La expresión de la mujer cambia.
Furia.
—¿Por qué todos te quieren a ti? —dice de repente—. ¿Por qué todos me miran diferente? ¿Qué tienes de especial?
La miro directo.
—Nada. Esa es la cuestión. ¿Qué tienes tú de especial?
Sus ojos brillan, desafiantes.
—El primer nieto de los Veneti.
El silencio vuelve.
Yo mastico con calma antes de responder.
—De hecho, no están seguros de eso. Posiblemente le harán una prueba de ADN.
Ahora sí, nadie respira.
Todos voltean a verme. Luego a Harold.
Él se encoge de hombros.
—El matrimonio comienza desde la confianza —dice alguien.
—Entonces, estoy muy feliz comiendo —respondo—. Acabo de tener sexo maravilloso con mi ahora esposo. Por favor, deja de verlo como una cazadora, ¿sí?
Harold empieza a toser violentamente.
Me mira con los ojos abiertos de par en par.
Oh.
Quizás eso fue demasiado.
—Creo que es tiempo fuera —interviene la abuela con firmeza—. Terminemos de comer y cada uno se puede retirar a su respectiva habitación.
El silencio regresa.
Siento una punzada de culpa.
Tal vez me excedí. Pero estoy agotada. Demasiadas emociones en tan poco tiempo. No puedo seguir siendo la niña dulce y paciente cuando alguien me ataca.
Terminamos de comer.
Regresamos a la habitación.
Suspiro mientras me cepillo los dientes frente al espejo. Miro mi reflejo. Estoy roja, cansada, pero firme.
Harold entra y cierra la puerta un poco más fuerte de lo necesario.
Lo miro ladeando la cabeza.
Él no dice nada. Solo se acerca y me abraza por detrás.
Siento su pecho contra mi espalda.
Inhala profundamente el olor de mi cabello.
Lo dejo.
Termino de cepillarme. Me lavo la cara. Él sigue ahí, pegado a mí, como si necesitara asegurarse de que sigo aquí.
—Te pasaste de directa —dice cuando finalmente se ducha y se mete en la cama.
Me giro hacia él.
—Lo sé. Pero no más niña tierna. Estoy cansada. Hace mucho tiempo no iba a vacaciones. De hecho, creo que nunca tuve unas desde que empecé en este mundo.
Él suspira.
—Bien. Es normal. Sinceramente, en la familia tenemos una regla entre hermanos: opinamos, damos consejos, pero absolutamente nadie se mete.
Lo miro.
—¿Aplica para mí? No soy hermana de él.
Se ríe.
Su risa ronca me recorre la piel.
Me abraza fuerte.
—Sí y no. Eres mi esposa. Entonces ahora debemos incluir una cláusula donde las cuñadas tampoco se meten.
Sonrío apenas.
—¿Sabes cuántas conocidas que he tenido quisieran estar con alguno de tus hermanos?
—Te aseguro que toda España quisiera.
—Lo sé —digo con naturalidad—. Son lindos, altos, de buena familia. ¿A ustedes no los obligan a casarse con familias adineradas?
—No. Ya tenemos nuestras cosas. Lo que sí es sumamente importante es poder tener una buena mujer a nuestro lado. Hay mujeres que consumen... y otras que lo que quieren es salir adelante.
Lo miro.
—¿Y yo cuál soy?
Él no duda.
—Tú construyes.
Mi corazón se aprieta.
Me acerco más a él.
La tensión del día comienza a disiparse. Su mano recorre mi brazo con suavidad, sin prisa, sin exigencia. Solo presencia. Solo compañía.
Quizás fue un día difícil.
Quizás la familia es complicada.
Quizás todavía hay miradas incómodas, dudas, sospechas.
Pero estoy aquí.
Y por primera vez, no estoy huyendo.
Estoy enfrentando.
Y si tengo que ser directa, lo seré.
Si tengo que defender lo mío, lo haré.
Porque esta vez no vine a sobrevivir.
Vine a quedarme.
Todo aclarado con la rueda de prensa Harold lo dejo bien claro es su esposa y esta esperando un hijo.
Lía y Harold tan calienturentos los dos que tal hicieron el delicioso 😋😋😋🤤🤤🤤 y a Lía le dieron como timbre de ascensor en película de terror 🤣😂🤣😂🤣😂.
Pero Harold ama demasiado a Lía y le importara un carajo lo que diga su familia.
Harold y Lía van paso a paso descubriendose con mucha confianza y sinceridad así que se construye las bases de un buen matrimonio me encanta esa complicidad.