A pocos días de su boda, Valentina descubre que su hermana está embarazada de su prometido y que su familia apoyaba esa infidelidad. Valentina no lloro, no grito, no reclamo, solo hizo las maletas y salió de esa casa donde siempre ha sido la que sobra.
Pero justo cuando ella creía estar sola, aparece en su vida Mateo Alcázar, el hermano mayor de su ex prometido. Mateo siempre llega en el momento justo cuando ella necesita respaldo y para poder protegerla de todo lo que está por venir, Mateo le pide que se case con él, así estará bajo su protección y nadie podrá volver a humillarla.
¿Aceptara Valentina la propuesta? ¿Por qué Mateo está dispuesto a protegerla?
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Capítulo 21
Capítulo 21
Blanca fue la primera en decirlo en voz alta.
—Vos sentís algo por Mateo.
Casi escupí el café.
—No.
—Ni lo pensaste.
—Porque no hay nada que pensar.
Blanca se apoyó contra el mostrador de la galería y me miró con esa cara insoportable de amiga que ya decidió la verdad antes de preguntarte.
—Valen, el tipo durmió en tu sillón porque se lo pediste.
—Eso no es amor. Es mala postura.
—Y vos dejaste la puerta abierta.
—Hacía calor.
—Estamos en invierno.
La odié un poco.
No porque mintiera.
Porque no.
Desde la noche de la reunión, Mateo se había quedado cerca, pero sin invadirme. Eso era peor que sus órdenes. Cuando daba órdenes, yo podía pelear. Cuando se callaba y me dejaba espacio, yo no sabía dónde poner las manos, ni la rabia, ni esa tranquilidad rara que me daba escucharlo moverse en el living.
—No lo amo —dije.
Blanca levantó las manos.
—Yo no dije amar.
—Pero ibas a decirlo.
—No hace falta. Ya lo dijiste vos.
Me levanté.
—Tengo trabajo.
—Tenés un lienzo en blanco hace una hora.
—Es arte conceptual.
—Es negación con pinceles caros.
No respondí porque entró Bruno.
—Señora Alcázar.
—Bruno, si venís a decirme que Mateo quiere verme, decile que tengo laburo.
—No. Vengo a decirle que Tomás Soria está afuera.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Blanca lo vio. Bruno también, aunque tuvo la decencia de mirar para otro lado.
—Que pase —dije.
Tomás entró con mal aspecto. Barba de dos días, camisa arrugada, ojos cansados.
—Necesito hablar con vos.
—Eso nunca viene con buenas noticias.
Miró a Bruno.
—A solas.
—No —dijo Bruno, tranquilo.
Tomás soltó una risa seca.
—¿Ahora también opinan los empleados?
—Ahora también se respeta la seguridad —respondió Bruno.
Yo levanté la mano.
—Basta. Hablá.
Tomás dudó.
—Camila desapareció unas horas anoche.
Sentí una punzada incómoda.
—¿Y?
—Volvió alterada. Federico está diciendo que Mateo la amenazó.
—Mateo amenaza de frente. No necesita esconderlo.
Tomás me miró.
—¿Te escuchás?
Sí.
Y no me gustó.
—¿A qué viniste, Tomás?
—A advertirte. Si Camila hace una denuncia, puede meterte a vos. Va a decir que la presionaste con el informe del embarazo.
Blanca murmuró una puteada.
—No usé ese informe —dije.
—No importa. Lo tiene miedo, y el miedo la vuelve creativa.
El teléfono de Bruno sonó. Atendió, escuchó y cambió de cara.
—Señora, tenemos que irnos.
—¿Qué pasó?
—Camila acaba de aparecer en un video. Dice que usted y el señor Alcázar la están extorsionando.
Sentí que el piso se me iba.
Tomás dio un paso hacia mí.
—Vení conmigo.
—No.
—Valen...
—Dije que no.
Bruno abrió la puerta.
Afuera, en la vereda, había dos autos que yo no conocía. Hombres que no eran de Mateo. Cámaras. Alguien gritó mi nombre.
Todo pasó rápido.
Demasiado.
Un hombre me agarró del brazo.
Bruno lo empujó. Blanca gritó. Tomás intentó ponerse delante de mí.
Otro hombre abrió la puerta de una camioneta.
—Subí —me dijo al oído—. Si gritás, tu amiga paga.
Vi a Blanca, pálida, con otro tipo bloqueándole el paso.
Ahí entendí qué era ser rehén.
No era que te ataran.
Era que encontraran exactamente qué parte tuya apretar.
Subí.
Con el corazón golpeándome tan fuerte que casi no escuché cuando mi teléfono cayó al piso.
Lo último que vi antes de que cerraran la puerta fue a Bruno peleando en la vereda y a Tomás gritando mi nombre.
Pensé en Mateo.
No porque lo amara.
No.
Porque, si alguien podía encontrarme, era él.
La camioneta arrancó de golpe y me golpeé la rodilla contra el asiento de adelante. Mordí una queja. No iba a regalarles eso también.
Uno de los hombres revisó mi cartera. Tiró al piso el labial, las llaves, un recibo viejo de la galería. Cuando encontró la foto de mi madre, la miró sin interés y la dejó caer.
—Eso no —dije.
Me miró.
—¿Qué?
—La foto.
Sonrió, la levantó con dos dedos y la sostuvo fuera de mi alcance.
—¿Esta?
Me obligué a respirar.
—No tiene valor para ustedes.
—Entonces no te importa.
La dobló apenas.
Sentí una furia tan limpia que por un segundo se me fue el miedo.
—Si la rompés, cuando Mateo te encuentre voy a pedirle que empiece por tus manos.
El hombre dejó de sonreír.
No sé si por mi tono o por el nombre de Mateo. Me devolvió la foto de mala gana y volvió a revisar mi cartera.
Me la guardé contra el pecho.
Ahí, en esa camioneta sucia, entendí algo que me dio más miedo que los tipos armados: yo ya pensaba en Mateo como una consecuencia. Como una cosa que llegaba después del daño. Eso no era amor, me dije. Era supervivencia.
Pero mi cuerpo no entendía de argumentos.
Cuando el vehículo dobló otra vez, escuché sirenas lejos. Uno de los hombres puteó y llamó a alguien.
—Nos están siguiendo.
El jefe le arrancó el teléfono.
—No seas pelotudo. Nadie nos siguió.
Yo cerré los ojos.
Por favor, Mateo.
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.
Pero me está aburriendo esta novela. Mucho misterio.