1 - El Juego Prohibido de los Rivales:
En el mundo de los Sterling y los Vane, el amor no es un sentimiento; es una debilidad que se paga con herencias, prestigio y sangre.
2 - El Juego Mortal de los Rivales:
Cuando las piezas de ajedrez están bañadas en sangre, ganar la partida significa perder el alma ante el enemigo.
NovelToon tiene autorización de Leydis_Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Guerra de Linajes II
Marco miró a Julian con miedo, y luego volvió a mirarme a mí.
—No es lo que parece, Bianca. Es... es complicado. Tienes que irte de aquí. Draven te está usando para llegar a los archivos de la firma.
—Ella no se va a ninguna parte —intervino Julian, su voz volviéndose una amenaza física—. Bianca está bajo mi protección. Y si alguien de tu linaje intenta interferir, recordaré todas las deudas que vuestro bufete tiene conmigo.
Marco retrocedió un paso, claramente intimidado.
—Esto es una locura —murmuró—. Vas a destruirnos a todos, Bianca.
Él se alejó, perdiéndose entre la multitud. Me sentí sola en medio de un océano de tiburones, y el único que no parecía querer devorarme de inmediato era el gran tiburón blanco que me sujetaba del brazo.
—Vayamos a la mesa principal —dijo Julian—. El juego va a comenzar.
Nos sentamos en una mesa circular en el centro del salón. Los líderes de las otras familias se sentaron a nuestro alrededor. Había una tensión palpable, como si estuviéramos sobre un barril de pólvora a punto de estallar. En el centro de la mesa, había una caja de madera antigua, vacía.
—Señores —comenzó un hombre anciano, el mediador del Cónclave—. Como todos saben, el tributo de los diamantes de sangre no ha llegado. Julian Draven, se te acusa de negligencia o, peor aún, de querer quedártelos para financiar tu propia expansión a costa de los demás.
Julian se reclinó en su silla, luciendo perfectamente relajado.
—Los diamantes fueron robados —dijo con calma—. Pero no por alguien de fuera. El ladrón está en esta sala. Y tengo las pruebas.
Hubo un estallido de voces. La acusación era gravísima.
—¿Y dónde están esas pruebas, Draven? —preguntó Sokolov, el ruso, golpeando la mesa.
Julian me miró. Me tomó de la mano sobre la mesa, entrelazando sus dedos con los míos. El contacto fue eléctrico, una descarga que recorrió mi columna vertebral.
—Mi prueba es la señorita Moretti —dijo, sonriendo de esa manera que me hacía querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo—. Como abogada de élite, ella ha estado auditando los movimientos financieros de los Belcastro y los Moretti. Ella ha encontrado la discrepancia en el transporte. Bianca, querida, diles lo que descubrimos en el manifiesto del muelle 14.
Me quedé helada. No habíamos descubierto nada. Julian me estaba lanzando a los lobos, obligándome a improvisar en un juego donde un error significaba la muerte. Pero recordé lo que había visto en el muelle antes de ser secuestrada. Recordé las insignias que no estaban en los uniformes.
Miré a la multitud, vi a Marco mirándome con desesperación, y luego miré a Julian. Él confiaba en mi inteligencia, o quizás solo estaba disfrutando de mi pánico.
—El manifiesto —comencé, mi voz ganando fuerza a medida que la adrenalina tomaba el control— mostraba que el cargamento nunca salió del muelle 14 hacia el almacén de Draven. Fue desviado a un hangar privado registrado bajo una corporación fantasma llamada *Luz de Oro*.
Vi cómo el color desaparecía del rostro de los Belcastro. Había acertado, o al menos me había acercado lo suficiente a la verdad que Julian quería que dijera.
—*Luz de Oro* —dijo el mediador, mirando a los Belcastro—. Esa es una de vuestras subsidiarias, ¿no es así?
—¡Es una calumnia! —gritó el patriarca Belcastro—. ¡Esa mujer es una Sterling disfrazada, solo quiere sembrar el caos!
—Esa mujer —dijo Julian, levantándose y arrastrándome con él— es la futura señora Draven. Y cualquier insulto hacia ella es un insulto hacia mí. El Cónclave tiene veinticuatro horas para devolver los diamantes, o los Draven declararán la guerra total a quienquiera que los tenga.
Salimos del salón antes de que nadie pudiera responder. El caos estalló a nuestras espaldas, gritos de acusación y amenazas de muerte. Julian me llevó rápidamente hacia el ascensor. Una vez que las puertas se cerraron, me soltó y respiró profundamente.
—Ha sido brillante, Bianca. Mejor de lo que esperaba.
—¡Me has utilizado! —le grité, golpeando su hombro—. ¡Me has puesto una diana en la espalda! ¡Ahora los Belcastro querrán matarme!
—Ya querían matarte antes de entrar aquí, Bianca —dijo él, volviéndose hacia mí y atrapándome contra la pared del ascensor—. Pero ahora, nadie se atreverá a tocarte porque creen que eres mi debilidad y mi fuerza al mismo tiempo.
—¿Por qué has dicho que soy tu futura esposa? —pregunté, mi voz temblando por la proximidad de su cuerpo.
Sus ojos se oscurecieron. Se acercó tanto que nuestras respiraciones se mezclaron.
—Porque es la única forma de que te quedes en esta mansión sin que mis propios hombres sospechen. Y porque, quizás, me gusta la idea de que el mundo crea que te he sometido.
—Nunca me someterás, Julian. Ni en un millón de años.
—Ya lo veremos —susurró, rozando mis labios con los suyos en un beso que no fue un beso, sino una promesa de algo mucho más peligroso—. Esto no ha sido más que el primer movimiento. Los Belcastro morderán el anzuelo. Y tú y yo vamos a recuperar esos diamantes.
El ascensor se detuvo. Al salir, me di cuenta de que ya no estaba en una habitación de lujo. Estaba en una suite diferente, decorada con flores frescas y sedas blancas. Sobre la mesa, había una caja de terciopelo.
—Ábrela —dijo Julian.
Dentro, había una gargantilla de esmeraldas y diamantes que parecía costar más que mi firma de abogados entera.
—Es una trampa de terciopelo, Bianca —murmuró él, colocándose detrás de mí—. Úsala esta noche. Tenemos una cena con tu primo. Vamos a ver cuánto está dispuesto a traicionarte por salvar su propio cuello.
Me miré en el espejo, con las joyas pesando en mi cuello. No sabía si era una prisionera o una jugadora, pero mientras veía a Julian sonreír detrás de mí, supe que el sabor de la venganza estaba cerca, y que la guerra de linajes acababa de cobrarse su primera víctima: mi inocencia.
—Una trampa de terciopelo —repetí para mí misma.
Julian me dio un beso en el hombro y salió de la habitación. Me quedé sola, sintiendo el frío de las esmeraldas contra mi piel. Estaba rodeada de lujo, pero nunca me había sentido más en peligro. El juego mortal de los rivales estaba en pleno apogeo, y yo era la pieza que podía ganar la partida... o perder el alma ante el enemigo.
La guerra apenas comenzaba.