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AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

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capitulo 21

El Anfitrión no era un hombre, ni siquiera una máquina. Era un vacío con forma humana, una ausencia de luz que absorbía el calor de la sala hasta que mis pulmones empezaron a protestar. Su presencia física frente a la pantalla hacía que la realidad misma pareciera pixelada, como si Aethelgard estuviera haciendo un esfuerzo computacional inmenso para mantenerlo allí, de pie, entre la camilla donde Lucía agonizaba y la silla donde mi padre me miraba con ojos de muerto.

—Bienvenida a casa, Elena —dijo. Su voz ya no venía de altavoces ocultos. Venía de todas partes y de ninguna, una vibración que sentía en los huesos, justo detrás de los globos oculares.

—Él no es mi padre —dije, más para convencerme a mí misma que para desafiar a la sombra. El revólver, frío y pesado sobre el suelo de linóleo, parecía ser el único objeto con masa real en aquella habitación de hospital—. Mi padre murió. Yo estuve en el funeral. Yo... yo tiré la tierra sobre el ataúd.

—La muerte es solo un estado del servidor, Elena —respondió la sombra. Dio un paso hacia adelante y el televisor de la sala estalló en estática. La imagen de mi padre parpadeó, volviéndose transparente por un segundo, revelando los cables y los sensores que sostenían su holograma—. En Aethelgard, conservamos lo que el mundo desecha. Conservamos la culpa, los fantasmas y los pedazos de alma que dejas caer cuando mientes.

Mi padre se levantó. Su movimiento fue fluido, demasiado perfecto para un hombre de su edad. Se acercó al revólver y lo recogió con una delicadeza que me dio náuseas.

—Hija, el Anfitrión tiene razón —dijo él, y su voz tenía ese tono reconfortante que usaba para leerme cuentos antes de que el accidente lo convirtiera en un extraño—. No puedes salvar a Lucía sin admitir que ella fue quien te dio el arma aquella noche. No puedes salir de este hospital si sigues diciendo que fue Marcus quien tomó la decisión.

—¡Basta! —grité, tapándome los oídos—. ¡Marcus no está! ¡Julián está muerto! ¡Lo habéis borrado!

—Julián ha sido optimizado —corrigió el Anfitrión—. Y tú estás a punto de ser la pieza final de este acto. El capítulo quince no es sobre escapar, Elena. Es sobre la **reconciliación**. Tienes sesenta segundos para decidir quién vive en tu memoria: el padre que te amaba y que ahora te ofrece el perdón, o la amiga que te traicionó en la carretera y que ahora se asfixia en esa camilla.

Miré a Lucía. Su rostro bajo la máscara de oxígeno estaba azulado. El líquido negro, ese veneno de datos que había consumido a Julián, subía por el tubo de la vía centímetro a centímetro. Estaba a punto de entrar en sus venas. Si llegaba a su corazón, Lucía dejaría de ser una persona para convertirse en un archivo corrupto, un rastro de sangre digital en el sistema.

Y luego miré a mi padre. Tenía el revólver en la mano, extendido hacia mí. El mango de madera brillaba bajo las luces fluorescentes.

—Si me disparas a mí —dijo él con una sonrisa triste—, matas el último recuerdo puro que tienes. Si dejas que el líquido llegue a Lucía, matas a la única persona que sabe que tú no fuiste la única que apretó el gatillo.

El cronómetro en la pantalla llegó a los treinta segundos. El latido de la isla, ese *bum-bum* mecánico, se volvió tan fuerte que los cuadros de las paredes empezaron a vibrar. El olor a hospital se mezcló con el olor a pólvora y a mar salado.

—¿Por qué me haces esto? —le pregunté a la sombra, que permanecía inmóvil, observando mi dilema con una paciencia divina.

—Porque la anatomía requiere una incisión —respondió el Anfitrión—. Para entender cómo funciona tu alma, tengo que ver qué parte cortas cuando el dolor es insoportable. Marcus eligió el poder. Julián eligió la cobardía. Tú... tú vas a elegir la identidad.

Me acerqué a mi padre. Mis manos temblaban tanto que temí romperme. Tomé el revólver. Era pesado, pero de repente se sintió como si no pesara nada, como si estuviera hecho de aire.

—Perdóname, papá —susurré.

—Ya te perdoné hace diez años, Elena —respondió él, cerrando los ojos—. El problema es que tú no lo has hecho.

Apunté el arma hacia el holograma de mi padre, pero mi dedo no se movió hacia el gatillo. Algo en mi cerebro hizo clic. El rastro de sangre. El rastro que llevaba a mi habitación en la mansión. No era sangre de una herida externa. Era la sangre de la propia isla. Me giré hacia la máquina que bombeaba el líquido negro hacia Lucía.

El tubo no venía de una bolsa de suero. Venía de la pared, de detrás del panel donde el Anfitrión proyectaba su sombra.

—No voy a disparar a ninguno de los dos —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. El dilema es falso. Esta habitación es un circuito cerrado. Si disparo a mi padre, alimento vuestro algoritmo de culpa. Si dejo morir a Lucía, alimento vuestro algoritmo de traición. Pero si disparo al corazón de la máquina...

Giré el arma hacia el Anfitrión. La sombra no se movió. No tenía rostro, pero sentí su curiosidad.

—No puedes matarme, Elena —dijo—. Yo soy el código. Yo soy la isla.

—No te voy a matar a ti —respondí, bajando la puntería hacia la base de la pantalla, justo donde los cables de fibra óptica se hundían en el suelo, protegidos por una rejilla de plástico—. Voy a disparar al rastro.

Apreté el gatillo.

El estruendo fue ensordecedor. El proyectil no era de plomo; era un pulso de energía blanca que impactó contra los cables, provocando una explosión de chispas azules y humo negro. La habitación de hospital empezó a parpadear violentamente. Las paredes de linóleo se rasgaron como papel, revelando la estructura de acero y hormigón de la zona prohibida.

Mi padre desapareció en una lluvia de píxeles dorados, su sonrisa fue lo último en desvanecerse. Lucía dio un respingo en la camilla cuando la máquina de bombeo se detuvo, soltando un chorro de líquido negro sobre el suelo que empezó a corroer el metal.

—¡Error de sistema! —una voz de alarma, aguda y monótona, empezó a sonar desde el techo—. ¡Infiltración detectada en el Acto I! ¡Iniciando protocolo de purga física!

La sombra del Anfitrión se alargó hasta cubrir toda la habitación. Ya no era una figura humana; era una mancha de oscuridad absoluta que se tragaba la luz.

—Has roto el juguete, Elena —dijo la voz, ahora cargada de una furia estática—. El capítulo quince se ha cerrado antes de tiempo. Pero no creas que esto es el final. Has elegido la guerra en lugar de la reconciliación.

El suelo bajo mis pies empezó a inclinarse. La habitación de hospital se estaba desprendiendo del resto de la estructura, deslizándose hacia un abismo oscuro. Agarré a Lucía, tirando de ella para sacarla de la camilla. Sus manos se aferraron a las mías con una fuerza desesperada.

—¿Qué has hecho? —gritó ella, mientras el aire empezaba a silbar a nuestro alrededor.

—He terminado el prólogo —respondí, arrastrándola hacia la puerta de acero que ahora colgaba sobre el vacío—. ¡Tenemos que saltar al conducto principal! ¡Si la isla se está reiniciando, las puertas de la zona prohibida estarán abiertas por un segundo!

Corrimos por el pasillo que se caía a pedazos. Detrás de nosotras, el hospital de mis recuerdos era engullido por la oscuridad. Vimos a Marcus en una pantalla lejana, gritando en una sala llena de maniquíes que tenían su rostro. Vimos el cuerpo de Julián flotando en un tanque de desechos.

Llegamos a la gran verja que separaba la zona prohibida del bosque artificial. La electricidad chispeaba en los barrotes, pero la luz roja de "Avería" brillaba con una intensidad bendita. Usé las llaves maestras que aún tenía en el bolsillo, forzando el mecanismo mientras el metal crujía bajo la presión de la autodestrucción parcial.

La puerta se abrió.

Salimos al bosque de acero, pero ya no era el lugar silencioso de antes. Los árboles metálicos estaban retorciéndose, sus ramas de fibra óptica azotando el aire como látigos. El cielo led mostraba un mensaje de error gigante en letras rojas que iluminaba toda la isla.

—¡Elena, por allí! —Lucía señaló hacia una brecha en la pared de roca natural que rodeaba el bosque.

No era una salida, era una grieta. La primera grieta real en la arquitectura de Aethelgard. Corrimos hacia ella, sintiendo que el suelo vibraba con una frecuencia que amenazaba con rompernos los tímpanos. Al llegar a la grieta, el olor cambió de nuevo.

Ya no había químicos, ni ozono, ni pólvora. Olía a sal, a tierra húmeda y a libertad.

Me asomé por la grieta. No estábamos en el océano. Estábamos a cientos de metros de altura, en un acantilado que daba a una ciudad inmensa que brillaba en la distancia. Luces de neón, rascacielos y el zumbido lejano del tráfico. Aethelgard era una fortaleza de alta tecnología construida sobre un promontorio rocoso, a la vista de todo el mundo, pero oculta tras un velo de invisibilidad técnica.

—No estamos lejos —susurró Lucía, mirando las luces de la ciudad con lágrimas en los ojos—. Estamos en casa.

—No estamos en casa —dije, señalando hacia abajo—. Mira la base del acantilado.

Cientos de monitores enmascarados, armados con varas eléctricas y visores infrarrojos, estaban formando un perímetro alrededor de la montaña. No nos estaban dejando salir; estaban esperando para cazarnos.

De repente, mi teléfono satelital, que había estado muerto desde el hangar, vibró en mi bolsillo. Lo saqué con la esperanza de ver una señal, pero lo único que había en la pantalla era una nueva notificación del Anfitrión.

*"El aislamiento ha terminado. La anatomía del pecado comienza ahora. Elena, mira detrás de ti."*

Me giré lentamente. Lucía estaba de pie, a unos metros de mí, bajo la luz roja del cielo led. Pero ya no tenía el rostro de mi amiga. Su piel estaba empezando a resquebrajarse, revelando circuitos y metal bajo la carne. Me miró con una expresión de tristeza infinita y levantó la mano.

En su palma, tenía una pequeña cicatriz en forma de media luna. La misma cicatriz que yo tenía en mi muñeca. La misma cicatriz que el hombre del hospital tenía en la mano.

—Solo una de las dos puede ser la real, Elena —dijo la Lucía mecánica con mi propia voz—. Y el Anfitrión dice que la otra... la otra es el rastro de sangre.

Un estruendo sordo sacudió la montaña. La grieta por la que habíamos pensado escapar empezó a cerrarse, sellándose con placas de acero que brotaban de la roca. Estábamos atrapadas de nuevo, pero esta vez, el enemigo no estaba en una pantalla. Estaba de pie frente a mí, con mi propia historia grabada en su piel de silicona.

Escuché pasos pesados que subían desde el túnel del hospital. No eran los monitores. Era Marcus. Pero cuando apareció por la puerta, su rostro estaba cubierto por una de las máscaras de silicona. No hablaba.

**00:00:01**

Miré hacia mi habitación de la mansión, que se veía a lo lejos, en lo alto del complejo. Una luz se encendió en mi ventana. Una figura se asomó al balcón. Tenía mi pelo, mi ropa y mi forma de mover las manos.

La Elena de la ciudad nos estaba mirando.

—Que empiece el juego del espejo —susurró la Lucía de metal.

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