Siempre hubo odio entre ellos. Desde el primer momento, las miradas estaban cargadas de desprecio, las palabras eran cuchillos y las peleas, inevitables. Eran enemigos por naturaleza… o eso creían.
Pero todo cambia cuando él descubre un secreto que nunca debió salir a la luz.
A partir de ese instante, la tensión deja de ser solo odio. Las emociones se vuelven confusas, peligrosas, irresistibles. Lo que antes era rechazo empieza a transformarse en algo mucho más intenso… algo que ninguno de los dos sabe cómo controlar.
¿Es posible que entre enemigos nazca el amor?
¿O todo es solo una ilusión provocada por lo que ahora los une?
En un mundo donde los instintos pueden más que la razón, cruzar esa línea podría cambiarlo todo… para siempre.
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Capitulo 8:No lo necesito
Me desperté en su cama.
El silencio fue lo primero que noté.
Después…
La ausencia.
Mi cuerpo estaba limpio.
Intacto.
Como si nada hubiera pasado la noche anterior.
Como si todo hubiera sido un sueño.
Pero no lo era.
Lo sabía.
Lo sentía.
Y él…
No estaba.
Apreté la mandíbula.
Molesto.
Más de lo que quería admitir.
Dante (pensamiento)
Claro…
Se va.
Como si nada.
Me incorporé despacio.
Mirando la habitación.
Buscando algo.
Una señal.
Lo que fuera.
Pero no había nada.
Solo vacío.
Dante (pensamiento)
Ni siquiera se quedó…
Después de todo…
Exhalé con fuerza.
Apartando esa idea.
—No importa…
Murmuré en voz baja.
Como si decirlo lo hiciera verdad.
Me levanté.
Me cambié sin apuro.
Cada movimiento medido.
Controlado.
Como si todo estuviera bien.
Como si nada me afectara.
Pero dentro de mí…
Todo era un caos.
Pensamientos.
Demasiados.
Dando vueltas sin parar.
Confundiendo todo.
—Me marcó…
Susurré apenas.
Llevando inconscientemente la mano a la zona.
El recuerdo seguía ahí.
Vivo.
Presente.
Imposible de ignorar.
Dante (pensamiento)
Dijo que lo haría…
Y lo hizo…
Tragué saliva.
—Como si fuera tan simple…
Mi voz sonó más baja.
Más rota.
Pero me obligué a recomponerme.
A endurecerme otra vez.
Dante (pensamiento)
¿Y después qué?
¿Desaparece?
¿Eso es todo para él?
Apreté los puños.
—No voy a llorar por esto.
Firme.
Casi como una orden.
—No por él.
Silencio.
Pesado.
Incómodo.
Dante (pensamiento)
No lo necesitáis…
No lo esperabas…
No te importa…
Pero ninguna de esas frases se sentía real.
Salí de la habitación.
Sin mirar atrás.
Sin dudar.
O fingiendo no hacerlo.
Recorrí el camino de regreso a mi reino.
Con la misma postura.
La misma frialdad.
La misma máscara.
Intacto por fuera.
Intocable.
Pero por dentro…
Todo seguía girando.
Desordenado.
Doloroso.
Incontrolable.
Dante (pensamiento)
No significa nada…
Un paso más.
Dante (pensamiento)
No debería significar nada…
Otro más.
Y aun así
No podía dejar de pensar en él.
Entré a mi habitación sin decir una palabra.
Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
El sonido seco retumbó en el espacio vacío.
Fui directo al baño.
Sin pensar.
Sin frenar.
Abrí el agua fría.
Y me metí debajo.
El golpe helado contra mi piel me hizo
tensarme de inmediato.
Pero no me moví.
No retrocedí.
Lo necesitaba.
Como si pudiera borrar algo.
Como si pudiera apagar lo que llevaba dentro.
Dante (pensamiento)
Bórralo…
Borra todo…
Lo de anoche… lo que sentiste… todo.
El agua caía constante.
Implacable.
Pero no se llevaba nada.
Nada cambiaba.
Nada desaparecía.
Entonces lo sentí.
El ardor.
La marca.
Llevé la mano a mi cuello casi por reflejo.
Mis dedos rozaron la piel…
Y todo se desmoronó.
El aire se me cortó.
—… Mierda…
Mi voz salió quebrada.
Más débil de lo que quería.
Dante (pensamiento)
Está ahí…
No se fue…
No se va a ir.
Salí de la ducha sin importarme nada.
El agua todavía cayendo detrás de mí.
Goteando por todo el suelo.
El frío ya no importaba.
Nada importaba.
Solo eso.
La marca.
Lo que significaba.
Lo que implicaba.
—No…
Negué.
Una vez.
Otra.
Pero no servía.
No cambiaba nada.
Y entonces...
Exploté.
Tomé lo primero que encontré.
Y lo lancé contra la pared.
El ruido fue fuerte.
Violento.
Otro objeto.
Y otro.
Todo lo que estaba a mi alrededor empezó a caer.
A romperse.
A desaparecer.
Como si así pudiera soltar lo que tenía adentro.
—¡Mierda!
El grito salió cargado de rabia.
De frustración.
De algo mucho más profundo.
Dante (pensamiento)
Es demasiado…
Todo es demasiado…
Mi respiración estaba descontrolada.
Irregular.
Dolía.
—No era el plan…
Susurré.
Con la voz rota.
Mis manos temblaban.
—Nunca fue el plan…
Me dejé caer.
El cuerpo sin fuerza.
La mirada perdida.
—Estar con alfas… con betas… sí…
Tragué saliva.
—Pero no esto…
No así.
No de esa forma.
Dante (pensamiento)
No dejar que nadie me marque…
No dejar que nadie entre así…
Cerré los ojos con fuerza.
—Y él…
Mi voz apenas salió.
—Lo hizo igual…
Silencio.
Pesado.
Aplastante.
Dante (pensamiento)
¿Por qué no lo detuviste…?
¿Por qué no quisiste hacerlo…?
Apreté los puños contra el suelo.
Empapado.
Frío.
—No debía pasar…
Negación.
Otra vez.
Pero ya era inútil.
—No con él…
Mi respiración se fue calmando de a poco.
Pero el dolor…
Seguía ahí.
La marca ardía.
Constante.
Como un recordatorio.
—No significa nada…
Murmuré.
Casi sin voz.
Dante (pensamiento)
Decilo hasta que sea verdad…
Pero en el fondo...
Muy en el fondo...
Sabía que mentía.
—No lo necesito…
Grité.
Y lancé lo primero que encontré contra el vidrio del baño.
El impacto fue seco.
Violento.
El vidrio se resquebrajó… y luego se rompió.
El sonido quedó flotando en el aire.
—Carajo…
Susurré, mirando los fragmentos caer.
Mi respiración seguía agitada.
Desordenada.
—¿Qué hiciste?
La voz de mi hermano me atravesó de golpe.
Me giré.
El cuerpo me temblaba.
No podía ocultarlo.
—Yo… estoy bien.
Mentira.
Y lo sabía.
Él también.
Mi hermano soltó una risa baja.
Sin humor.
—Miéntele a cualquiera… pero no a mí.
Dante (pensamiento)
Mierda…
No ahora… no así…
Se acercó sin apuro.
Seguro.
Como si ya supiera exactamente lo que iba a encontrar.
Di un paso atrás.
Instintivo.
Inútil.
Su mano se alzó.
Y tomó mi mentón.
Firme.
Obligándome a quedarme quieto.
—Deja de...
Intenté.
Pero ya era tarde.
Su mirada bajó.
Directo a mi cuello.
A la marca.
Todo en mí se tensó.
Giré la cabeza rápido.
Demasiado tarde.
—No es…
—No lo necesito.
Lo interrumpí.
Apreté las palabras.
Como si eso pudiera hacerlas verdad.
Pero mi voz…
Se quebró.
Dante (pensamiento)
Decilo mejor… más fuerte…
Que suene real…
—¿No necesitáis a tu alfa?
La pregunta cayó pesada.
Directa.
Sin rodeos.
—Esa marca es de tu alfa destinado.
Silencio.
Denso.
Aplastante.
—Te dije que no importa.
Respondí.
Más rápido.
Más cortante.
Defendiéndome.
O intentándolo.
—Si no te importa…
Se inclinó apenas hacia mí.
Sus ojos clavados en los míos.
—¿Por qué dejaste que te marcara?
Y ahí estaba.
La pregunta.
La verdad.
La que no quería decir.
...Dante (pensamiento)...
Porque no lo detuviste…
Porque no quisiste…
Apreté los puños.
El aire no me alcanzaba.
—Yo…
Las palabras no salían.
Se atascaban.
Dolían.
Y entonces...
Las lágrimas cayeron.
Sin permiso.
Sin control.
—No pude…
Mi voz salió rota.
Baja.
Honesta de una forma que odié.
...Dante (pensamiento)...
No quise…
Y eso es peor.
Bajé la mirada.
Incapaz de sostener nada más.
—No pude detenerlo…
Susurré.
Pero ni siquiera eso era toda la verdad.
Mis manos temblaban.
Todo en mí temblaba.
—Y no sé por qué…
Mentira a medias.
Porque en el fondo…
Sí lo sabía.
Él me abrazó con fuerza.
Y esta vez…
No me resistí.
Me aferré a él.
Como si fuera lo único que me mantenía en pie.
Las lágrimas salieron sin control.
Silenciosas al principio.
Después inevitables.
—Calma…
Susurró en mi oído.
Su voz era firme.
Pero suave.
—Es normal…
Cerré los ojos con fuerza.
Intentando recomponerme.
Intentando dejar de sentir.
Inútil.
—Es normal sentir algo por tu alfa…
Su mano se movió despacio por mi espalda.
Buscando calmarme.
—No poder negarlo cuando está cerca.
...Dante (pensamiento)...
No quiero que sea normal…
No quiero que esto tenga sentido…
—Al final… aunque no te guste…
Hizo una pequeña pausa.
Como si supiera que lo que venía iba a doler.
—Es tu alfa destinado, hermano.
Apreté su ropa entre mis manos.
Con más fuerza.
—Pero…
Mi voz salió quebrada.
Inestable.
—No… no tenía que ser él.
Negué con la cabeza.
Una vez.
Otra.
—Miles de alfas en el maldito mundo…
Tragué saliva.
Las palabras dolían al salir.
—¿Por qué tenía que ser él?
Las lágrimas volvieron.
Más fuertes.
Más pesadas.
—¿Por qué justo él…?
...Dante (pensamiento)...
El único que no debía…
El único que no puedo tener…
—No podéis elegir a tu alfa.
La respuesta fue simple.
Directa.
Inevitable.
Y eso…
La hacía peor.
No.
No podía elegirlo.
Lo sabía.
Lo entendía.
Pero eso no significaba que tuviera que
Aceptarlo.
...Dante (pensamiento)...
No puedo elegirlo…
Pero sí puedo elegir qué hacer con esto.
Me separé apenas.
Lo suficiente para respirar.
Para pensar.
O intentarlo.
—Puedo ignorarlo…
Murmuré.
Más para mí que para él.
—¿No?
Levanté la mirada.
Buscando algo.
Una respuesta distinta.
—Puedo fingir que no me importa.
Mi voz tembló.
Pero seguí.
—Que no duele…
Apreté los dientes.
—Que no siento nada.
Silencio.
Largo.
Pesado.
...Dante (pensamiento)...
Decilo… convéncete…
Hacelo real…
—Sí…
Continué.
Casi en un susurro.
—Puedo actuar como si no me importara…
Mis manos dejaron de temblar de a poco.
O al menos eso intentaba aparentar.
—Como si nada hubiera cambiado.
Pero en el fondo...
Muy en el fondo...
Sabía la verdad.
...Dante (pensamiento)...
Todo cambió.
Desde el momento en que me tocó…
Desde el momento en que no lo detuve.
Bajé la mirada.
Otra vez.
—Como si no fuera él…
Mi voz se apagó.
—El que lo hizo.
Silencio.
Y esta vez…
Ni siquiera intenté negarlo