"De Colmillos a Cachetes:El olvido es un lugar curiosamente frío. No hay fuego eterno, ni torturas épicas con látigos de sombras; solo hay una nada grisácea que te va borrando los recuerdos como si fueras un dibujo mal hecho en una pizarra.
Yo, Sofía von Bloodrose, la "Dama de las Sombras de Astris", la vampira que hizo llorar a emperadores y que usó el corazón de más de un caballero como juguete para gatos, no iba a permitir que me borraran. No así.
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capítulo 24
La noche en el palacio de Ondaria Magna no traía descanso, sino una tensión eléctrica que vibraba entre las paredes de mármol. Elías se encontraba en su habitación privada, tratando de concentrarse en unos mapas que de repente carecían de sentido. El silencio fue interrumpido por el suave roce de una puerta abriéndose y el aroma a rosas y especias que ya asociaba irrevocablemente a Sofía.
Ella entró con la parsimonia de una reina que sabe que ya ha ganado la guerra. Llevaba un camisón de seda color borgoña que parecía fundirse con su cabello, dejando al descubierto la blancura lunar de sus hombros y el nacimiento de sus largas piernas.
—¿No puedes dormir, Majestad? —su voz era un susurro que se enredó en los oídos de Elías como una caricia física.
Elías levantó la vista y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se puso de pie, su instinto de cazador gritándole que acortara la distancia, pero Sofía levantó una mano, deteniéndolo con un solo gesto de sus dedos largos y finos.
—Quieto —ordenó ella, con una sonrisa que era puro fuego—. Esta noche, el Rey de Hielo solo tiene permitido observar.
Sofía empezó a caminar alrededor de él, pero siempre manteniéndose a un centímetro de distancia de su alcance. Pasó por detrás de su silla, rozando apenas la nuca de Elías con el aire que desplazaba su cuerpo, pero sin llegar a tocar su piel. Elías cerró los ojos, sintiendo el calor que ella desprendía, deseando desesperadamente hundir sus manos en ese cabello color vino.
—Has estado muy tenso desde el incidente con Isabella —dijo Sofía, apareciendo ahora frente a él. Se inclinó sobre el escritorio, haciendo que la seda se tensara sobre sus curvas. Sus ojos azules brillaban con una picardía que lo estaba volviendo loco—. Deberías aprender a relajarte.
Elías estiró la mano para tocar su mejilla, pero Sofía se echó hacia atrás con la agilidad de un gato, soltando una risita suave.
—Dije que no, Elías. Si me tocas, me voy.
—Sofía... esto es tortura —gruñó Elías, su voz volviéndose ronca. Estaba acostumbrado a tener el control de todo: de su reino, de su ejército, de sus emociones. Pero frente a esta mujer, se sentía como un principiante.
—Es justicia —replicó ella, rodeándolo de nuevo—. Durante meses me tuviste encerrada en un cuerpo de hámster. Me bañaste en sales de azufre, me esquivaste como a un estorbo y me llamaste "fofa". ¿De verdad creíste que te lo pondría fácil ahora que tengo manos para bofetearte y una boca para decirte "no"?
Se acercó a su oído, tan cerca que Elías pudo sentir la humedad de su aliento, pero cuando él giró el rostro para besarla, ella ya se había desplazado al otro lado de la mesa.
—**"¡La Jefa está ganando por goleada! ¡El Rey es un bloque de hielo derritiéndose! ¡Polly quiere palomitas para ver este desastre!"** —graznó el Capitán Pico Dorado desde lo alto del dosel de la cama, donde observaba la escena con un ojo abierto.
—¡Cállate, pájaro! —exclamaron ambos al unísono, aunque Elías no apartó la vista de Sofía.
Elías se dio cuenta de que no ganaría este juego de seducción con fuerza ni con autoridad. Sofía no era una súbdita, ni una de las princesas que buscaban su favor. Ella era su igual, y quizás, su superior en el arte de la manipulación emocional.
Dejó caer los hombros y se sentó de nuevo, mirando a Sofía con una vulnerabilidad que nunca había mostrado a nadie.
—Está bien —susurró Elías—. He perdido. Tienes razón, fui un idiota arrogante. Te vi como un animal cuando eras el alma más brillante de este palacio.
Sofía se detuvo, sorprendida por el cambio de tono. Se quedó quieta en el centro de la habitación, su expresión de picardía suavizándose por un momento. Elías se puso de pie lentamente, pero esta vez no intentó tocarla. Caminó hacia un pequeño cofre que descansaba sobre una repisa y lo trajo a la mesa.
—Dices que conozco tu corazón porque me viste en mis peores momentos —dijo Elías, abriendo el cofre—. Pero yo también conozco el tuyo. Sé que bajo esa lengua afilada y esos juegos, hay una mujer que sacrificó su comodidad por mi seguridad.
Elías sacó un objeto del cofre. No era un anillo de diamantes moderno ni una joya ostentosa. Era una sortija de oro antiguo con un rubí grabado con el sello de los Bloodrose.
—Mis espías encontraron esto en las ruinas del antiguo castillo de tu familia hace años. Siempre lo guardé porque sentía que su dueña algún día aparecería para reclamarlo. No sabía que esa dueña era la criatura que me robaba las semillas de girasol.
Elías se arrodilló, no con la sumisión de un vencido, sino con la solemnidad de un hombre que ha encontrado su norte. Tomó la pequeña espada de acero de Damasco —la que él mismo le había mandado a hacer cuando ella era hámster— y la colocó sobre la mesa.
—Sofía von Bloodrose —dijo, mirándola directamente a los ojos—, no quiero una alianza con otro reino. No quiero una socia comercial ni una muñeca de porcelana. Quiero a la mujer que me hace reír cuando quiero matar a alguien, a la que me desafía y a la que me salvó de mi propia soledad.
Sofía sintió que sus ojos se humedecían. Ya no era un juego.
—Prometo que nunca más habrá tazas de té para encerrarte, ni sales de azufre, ni soledad —continuó Elías—. Te pido que seas mi Reina, no por deber, sino porque sin ti, Ondaria Magna es solo un montón de piedras frías. ¿Te casarías con este Rey de Hielo y me ayudarías a no congelarme de nuevo?
Sofía se quedó en silencio, con el corazón martilleando contra sus costillas. Miró el anillo de su familia, miró la pequeña espada que representaba su tiempo como "Pelusa" y, finalmente, miró al hombre que amaba.
Se acercó lentamente y, esta vez, fue ella quien rompió la regla. Se inclinó y tomó el rostro de Elías entre sus manos, dándole un beso suave, pero cargado de una promesa eterna.
—Acepto, rubio —susurró contra sus labios—. Pero que quede claro: el rubí es mío, la corona es mía y tú... tú también eres de mi propiedad exclusiva.
—**"¡HABEMUS REINA! ¡Fiesta en el gallinero! ¡El Rey se puso de rodillas y la Jefa dijo que sí! ¡Traigan el pastel de bodas antes de que cambien de opinión!"** —chilló el Capitán Pico Dorado, bajando en picada para aterrizar en la mesa y picotear el borde del anillo, aprobando la unión.
Elías se puso de pie, rodeando la cintura de Sofía y atrayéndola finalmente hacia él. El frío de Ondaria parecía haber desaparecido por completo, reemplazado por el calor de un fuego borgoña que acababa de reclamar su trono.
**Continuará...**