De Rusia a México
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10
El destino decidió que ya no era tiempo de susurros, sino de colisiones. La madurez había transformado a los trillizos en versiones pulidas y peligrosas de sus padres, pero Mikhail seguía siendo el más indescifrable. Mientras él tejía redes digitales, en México, el éxito académico de Camila se convertía en la llave para abrir la puerta que su alma reclamaba. Sin entender la razón profunda, eligió una universidad en San Petersburgo para su intercambio; el imán del norte finalmente había vencido a la resistencia del mapa.
Mientras tanto, en la mansión, la guerra entre Masha y Alexei alcanzaba un punto crítico. Alexei, convertido en un hombre de presencia imponente y letal, había sido asignado como la sombra permanente de la princesa. Para él, la cercanía era una tortura táctica. Cada vez que ella pasaba a su lado, el perfume de Masha desarmaba años de entrenamiento de Igor.
La tensión esa noche no se podía cortar con un cuchillo; necesitaba un hacha. Alexei montaba guardia frente a la suite cuando Masha salió a la galería, vestida con un camisón de seda negra que parecía humo. Se detuvo a centímetros de él, desafiando esa frontera sagrada que Alexei protegía con su propio cuerpo.
—Quítate de mi camino, Alexei —siseó ella, sus ojos hipnóticos brillando con una rabia que apenas ocultaba una sed desesperada.
—Tengo órdenes de protegerte, Masha. No de dejarte deambular —respondió él, con voz de granito.
—¿Proteger o vigilar? —ella dio un paso más, acorralándolo—. Me odias porque no puedes controlarme. Y yo te odio porque eres el único que no baja la mirada. Eres un cobarde detrás de un arma.
El insulto fue la chispa. Alexei, el hombre entrenado para ser de hielo, perdió la compostura. La tomó de las muñecas y la inmovilizó contra el muro. El aliento de ambos se mezcló en un espacio de milímetros, a un suspiro de romper la ley sagrada de la Bratva y dinamitar el código de honor de los Petrov. El desastre fue evitado por el sonido de risas estruendosas en el piso inferior: Ivanito y Mikhail regresaban.
Esa era la otra cara de la moneda: la lealtad inquebrantable de los hombres. Alexei, a pesar de su conflicto con Masha, era el cuarto hermano no oficial. Desde niños, los tres varones formaron una alianza que ponía a los adultos de cabeza. Alexei enseñaba combate real a Ivanito; Mikhail instruía a Alexei en finanzas oscuras; e Ivanito era el músculo que los rescataba. Eran una unidad que operaba bajo el radar de las cámaras, las cuales Mikhail bloqueaba "accidentalmente" cuando era necesario.
Ivan, Luna e Igor observaban desde el despacho, entre el orgullo y el temor.
—Esos tres van a heredar mi imperio o lo van a quemar hasta los cimientos —sentenciaba Ivan, viendo cómo los jóvenes compartían un vodka en el gimnasio tras su entrenamiento.
—Al menos se cuidan las espaldas —añadía Luna, aunque por dentro rezaba.
La mansión Petrov estaba en un equilibrio precario. Por un lado, la lealtad de hierro de los hombres; por el otro, el deseo prohibido entre Masha y Alexei que amenazaba con estallar. El destino ya había unido a Misha con su alma gemela en la distancia, pero ahora se preparaba para cobrar el precio en el corazón de la familia, justo cuando el avión de Camila estaba por despegar hacia el frío