En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 04
El olor a pergamino viejo y humedad en la cámara subterránea fue el detonante. Atraeus sostenía los documentos que Malakor le había entregado, pero sus ojos ya no veían las letras borrosas ni los sellos de cera quebrada. El sonido de la lluvia golpeando los respiraderos del Mercado de Lenguas se transformó, en su mente, en el repique incesante de las gotas contra los vitrales de la Mansión Kade, veinte años atrás.
En aquel entonces, Atraeus no era el hombre que hacía temblar los cimientos de Vesperia. Era simplemente un niño de diez años con ojos demasiado grandes y una túnica de lana basta que desentonaba con la seda y el terciopelo que decoraba el Gran Salón.
—Quédate en las sombras, Atraeus. No hables, no mires a los invitados a los ojos. Recuerda que tu existencia es una cortesía, no un derecho —le había susurrado su madre, Elara, antes de empujarlo tras una pesada cortina de brocado.
Elara había sido una erudita, una mujer que conocía los secretos de las estrellas y la antigua lengua de los mages, pero que había cometido el error de enamorarse de Lord Valerius Kade. Para el noble, ella no había sido más que un receptáculo para su curiosidad y su deseo; para Atraeus, ella era el único ancla en un mundo que lo consideraba un error biológico.
Desde su escondite, el pequeño Atraeus observaba la opulencia del banquete. Lord Valerius estaba celebrando el nombramiento de su hijo "legítimo", Lucian, como escudero real. Lucian era todo lo que Atraeus no era: rubio, rebosante de una confianza arrogante y, sobre todo, reconocido.
—Padre —dijo Lucian, alzando una copa de cristal—. Prometo que el nombre de los Kade será el más respetado de la corte.
—Ya lo es, hijo mío —respondió Valerius, su voz llena de un orgullo que Atraeus nunca había probado—. Porque nuestra sangre es pura. No hay manchas en nuestro linaje que puedan debilitar nuestra posición ante el Rey.
Atraeus apretó los puños tras la cortina. Sentía un calor extraño en las venas, una vibración que su madre le había prohibido mostrar. Era la "Antigua Magia", un rastro de poder que Elara le había transmitido, pero que en un bastardo era visto como una aberración, una señal de brujería que justificaba la ejecución.
El recuerdo cambió. La fiesta terminó y la mansión quedó en silencio, salvo por los gritos en el ala este. Atraeus corrió por los pasillos, con el corazón martilleando contra sus costillas, hasta llegar al estudio de su padre.
Allí, su madre estaba de rodillas. Lord Valerius sostenía un pergamino —el mismo que años después Atraeus buscaría con desesperación—.
—¡Me prometiste que lo legitimarías! —gritaba Elara, con las mejillas bañadas en lágrimas—. Dijiste que si te servía con mis conocimientos, si te ayudaba a descifrar los códices de la Antigua Fundación, Atraeus tendría el nombre de su padre.
Valerius soltó una carcajada seca, un sonido que todavía perseguía a Atraeus en sus pesadillas.
—¿Legitimar a un bastardo nacido de una mujer que juega con fuerzas que apenas comprende? —Valerius la tomó por el mentón, obligándola a mirarlo—. Te utilicé, Elara. Tu mente era útil, tu cuerpo era placentero. Pero el niño... el niño es solo una prueba de mi indiscreción. Un recordatorio de que incluso los señores pueden tener deslices con la servidumbre culta.
—Él tiene más talento que Lucian —siseó Elara con una valentía que le costaría la vida—. Él lleva la verdadera chispa. Si lo rechazas, estás rechazando el futuro de esta casa.
—Esta casa no tiene futuro en la magia, sino en el acero y la política —respondió Valerius. Luego, hizo una seña a los guardias que esperaban en la puerta—. Lleváosla. Que sea entregada a la Inquisición de la Sangre. Digan que practicaba artes oscuras en mi propia casa sin mi conocimiento.
Atraeus, oculto en el umbral, vio cómo arrastraban a su madre. Ella no gritó. Solo buscó con la mirada a su hijo en la oscuridad del pasillo y movió los labios sin emitir sonido: *“Sobrevive, mi pequeño cuervo. Sobrevive y recuérdalos”*.
Aquella fue la última vez que la vio. Al día siguiente, Valerius Kade llamó a Atraeus a su estudio. No hubo golpes, no hubo gritos. Solo una frialdad que congeló el alma del niño para siempre.
—Tu madre ha muerto por sus crímenes, bastardo —dijo su padre, sin apartar la vista de sus mapas—. Te permitiré quedarte en las perreras. Limpiarás las botas de tus hermanos y comerás las sobras. Si alguna vez hablas de tu madre o de la magia que ella te enseñó, terminarás en la misma pira. ¿Entendido?
Atraeus no lloró. En ese momento, algo dentro de él se rompió para dejar espacio a algo nuevo: una red de hilos invisibles, una capacidad para leer las debilidades humanas que superaba cualquier hechizo.
—Sí, mi señor —respondió el niño, bajando la cabeza.
Pero por dentro, mientras miraba las botas pulidas de su padre, Atraeus Kade hizo su primer juramento. No juró lealtad a la corona, ni a los dioses, ni a su linaje. Juró que un día, todos esos nobles que se creían intocables estarían de rodillas, y él sería quien decidiera quién respiraba y quién se ahogaba en su propia sangre.
***
El presente regresó de golpe cuando Isolda puso una mano fría sobre su nuca. Atraeus parpadeó, regresando a la cámara del Mercado de Lenguas. Los documentos de Malakor seguían sobre la mesa, brillando bajo la luz de las velas como trofeos de una guerra que apenas comenzaba.
—Estabas muy lejos —susurró Isolda, rodeándolo con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro—. Tus ojos estaban muertos, Atraeus. Más que de costumbre.
—Recordaba el precio de una promesa rota —respondió él, su voz recuperando la aspereza del mando—. Mi padre creía que podía borrar una vida con una firma y una ejecución. Pero las huellas de la bastardía no se borran; se convierten en cicatrices, y las cicatrices son una armadura.
Isolda se movió para quedar frente a él, deshaciendo los nudos de su propia túnica que ya estaba medio rota. El deseo en ella siempre estaba teñido de una curiosidad voraz por el hombre oscuro que la gobernaba.
—A veces olvido que tú también fuiste una víctima —dijo ella, trazando con su uña una línea desde la garganta de Atraeus hasta su pecho—. Pero luego veo cómo manipulas a los hombres, y me doy cuenta de que no eres una víctima. Eres el castigo que este reino se ha buscado.
Atraeus la agarró por las muñecas, deteniendo su movimiento. Sus ojos estaban encendidos con un fuego frío.
—No quiero tu lástima, Isolda. Quiero tu ambición. Estos papeles... —señaló el estuche de cuero— ...son la prueba de que el Rey Helios es tan bastardo como yo. La única diferencia es que él se sienta en un trono de mentiras y yo me siento en la verdad de las alcantarillas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, excitada por la magnitud de la traición que se avecinaba.
—Voy a hacer que la corte se devore a sí misma —dijo Atraeus, soltándole las manos para rodear su cintura con una posesividad brutal—. Empezaremos con la Reina Lyra. Ella cree que es la araña más grande de este palacio, pero no sabe que yo he estado tejiendo mi red desde que era un niño en las perreras.
La atrajo hacia él con violencia, buscando el calor de su cuerpo para disipar el frío de los recuerdos. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a hierro y a una desesperación antigua. Atraeus la levantó, haciendo que ella envolviera sus piernas alrededor de su cintura, y la llevó hacia el diván de seda negra que dominaba la estancia.
En la penumbra, mientras se despojaban de las ropas que los separaban, el acto fue una manifestación de su poder compartido. Atraeus la tomó con una urgencia que no permitía delicadezas, y Isolda respondió con una pasión que rozaba la devoción. Ella disfrutaba de la oscuridad de él, de la forma en que su cuerpo fuerte y marcado por años de lucha en los bajos fondos la reclamaba como si fuera el único territorio que realmente poseía.
—Dime que los destruirás a todos —jadeó Isolda, con la cabeza echada hacia atrás mientras Atraeus enterraba su rostro en su cuello, marcándola con sus dientes—. Dime que verás a los Kade arder.
—Veré a todo el reino arder si con eso consigo las cenizas que me pertenecen —gruñó él, aumentando el ritmo de sus embestidas hasta que el mundo exterior, con sus reyes y sus leyes, dejó de existir.
Horas después, cuando la primera luz real de la mañana —no el resplandor falso de los baños— comenzó a filtrarse, Atraeus estaba sentado al borde de la cama, vistiéndose en silencio. Isolda dormía, con una sábana de seda cubriendo apenas sus caderas.
Tomó el estilete de plata y lo guardó en su bota. Luego, tomó el paquete de documentos.
—El mercado ha terminado por hoy —murmuró para sí mismo—. Es hora de llevar estos susurros a los oídos que más daño pueden causar.
Salió de la alcoba y atravesó los túneles de vapor. Al salir a la superficie, el aire de Vesperia era fresco y cortante. Miró hacia la colina donde se alzaba el Palacio de Marfil, la joya de la corona de Helios.
—Disfruta de tu desayuno, "hermano" —dijo Atraeus con una sonrisa letal—. Porque he vuelto para reclamar lo que nunca me diste: tu caída.
Se encaminó hacia el distrito noble. Tenía una cita con una dama que, aunque rica en oro, era aún más rica en los secretos que necesitaba para el siguiente paso de su plan. La red estaba lista para crecer, y la Reina Lyra pronto descubriría que no todas las amenazas venían del frente de batalla. Algunas nacían de las huellas de la bastardía que el reino había intentado pisotear.