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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14 — El sobre

Andrés no abrió el sobre hasta el lunes por la noche.

Sofía no lo supo de inmediato. Lo supo porque Valeria se lo dijo — con esa costumbre suya de informar todo lo que pasaba en la casa de su padre con la naturalidad de quien no entiende todavía que hay cosas que son privadas.

—Papá estuvo leyendo papeles toda la noche — anunció, sentada en el mostrador de la cocina de Doña Carmen mientras Sofía desayunaba —. Muchos papeles. Y después se quedó sentado mirando la pared.

—¿Y tú qué hiciste? — preguntó Sofía.

—Me senté a su lado — dijo Valeria, como si fuera la respuesta más obvia del mundo —. Y le traje a Carmelo porque Carmelo ayuda cuando uno está triste.

Sofía miró a esa niña de siete años con el pelo enredado y los ojos azules completamente serios.

—¿Y tu papá estaba triste?

Valeria lo pensó.

—No sé — dijo —. Tenía una cara rara. Como cuando quiere decir algo y no sabe cómo.

Andrés llegó al muelle esa mañana con el sobre en el bolsillo.

Sofía lo supo porque cada tanto lo tocaba — un gesto pequeño, casi inconsciente, como quien verifica que algo sigue ahí. No dijo nada durante la primera hora. El mar estaba tranquilo y el sol pegaba fuerte y Sofía hizo su trabajo en silencio mientras él manejaba la lancha con la vista fija en el horizonte.

Fue en el regreso que habló.

—Lo abrí — dijo.

—¿Y?

Una pausa larga.

—Es todo — dijo —. Empresas, propiedades, cuentas. En Caracas, en Margarita, en Porlamar. — Exhaló despacio —. Una fortuna que no pedí y que no sé qué hacer con ella.

Sofía lo miró de perfil. La mandíbula apretada. Los ojos en el agua.

—¿Qué dice exactamente el sobre?

—Que todo está a mi nombre. Que tiene abogados que se encargan de los detalles. — Pausa —. Que lo único que quiere a cambio es tiempo.

—¿Tiempo?

—Conocerme — dijo Andrés —. Conocer a Valeria. — Lo dijo sin emoción aparente, pero Sofía ya sabía leer lo que había debajo de esa calma —. Dice que no le queda mucho.

El motor de la lancha ronroneaba. Las gaviotas gritaban lejos.

—¿Qué vas a hacer? — preguntó Sofía.

Andrés tardó.

—No sé — admitió. Y para un hombre que raramente admitía no saber algo, eso era mucho —. Toda mi vida construí lo mío con estas manos. — Las miró un momento —. No sé si quiero lo de él.

—No tienes que decidirlo hoy.

—Lo sé. — La miró —. Pero necesito hablarlo con alguien.

—Aquí estoy.

—Lo sé — repitió. Y esta vez había algo en su voz que era más que gratitud.

Esa tarde fueron a casa de Elena.

No fue planeado — fue Andrés quien dobló hacia allá sin decir nada, como si sus pies supieran antes que su cabeza que era ahí donde tenía que ir.

Elena los recibió sin sorpresa. Puso café. Sentó a Valeria frente al televisor con una arepa y cerró la puerta de la cocina.

Se sentaron los tres alrededor de la mesa.

Andrés puso el sobre sobre la madera.

Elena lo miró. No lo tocó.

—¿Lo leíste todo? — preguntó.

—Todo.

—¿Y?

Andrés la miró.

—¿Por qué no me dijiste nunca que era él? — dijo. Sin rabia. Con esa manera suya de hacer las preguntas difíciles — directo, limpio, sin drama —. Don Rafael Villareal. El hombre más rico del puerto. Crecí escuchando su nombre en todas partes y nunca — nunca — se me ocurrió porque tú me dijiste que mi padre había muerto.

Elena cerró los ojos un momento.

—Porque para mí estaba muerto — dijo, en voz baja —. El hombre que me dejó con un niño de tres años y se fue sin mirar atrás no era el mismo que construyó ese imperio. O quizás sí era el mismo — y eso era peor.

Andrés escuchó.

—Te protegí — continuó Elena —. O intenté hacerlo. — Abrió los ojos y lo miró de frente —. Sé que me puedo haber equivocado. Sé que quizás tenías derecho a saber. Pero tomé la decisión que pude tomar con lo que tenía en ese momento — una misma, sola, con un niño que preguntaba por su papá todas las noches antes de dormir.

Silencio.

Andrés miró la mesa.

Sofía no dijo nada. No era su momento.

—¿Lo querías? — preguntó Andrés finalmente.

Elena tardó más de lo que Sofía esperaba.

—Sí — dijo —. Mucho. Ese fue el problema. — Una pausa —. A los hombres que uno quiere mucho les perdona cosas que no debería perdonar. Hasta que ya no puede más.

Andrés asintió despacio.

Extendió la mano sobre la mesa y puso la suya sobre la de su madre.

No dijo nada. Pero Elena cerró los ojos y respiró — de esa manera en que uno respira cuando suelta algo que llevaba años cargando.

Fue Valeria quien disolvió el peso de la tarde.

Abrió la puerta de la cocina con Carmelo bajo el brazo y los miró a los tres con sus ojos azules evaluadores.

—¿Están llorando? — preguntó.

—No — dijeron los tres al mismo tiempo.

—La abuela tiene los ojos rojos.

—Es el humo del café — dijo Elena, completamente seria.

Valeria los miró uno por uno. Tomó su decisión.

—Está bien — dijo —. ¿Hay más arepa?

Salieron de casa de Elena cuando el sol ya bajaba.

Caminaron los tres — Andrés, Sofía y Valeria — por las calles del pueblo en el atardecer dorado de Puerto Sereno, con la niña adelante persiguiendo su propia sombra alargada en el pavimento.

En algún momento Andrés se detuvo.

Sofía se detuvo con él.

La miró — de frente, directo, con esos ojos azules que a esta luz parecían tener el mar adentro.

—Sofía — dijo.

—¿Qué?

—Gracias.

—No hice nada.

—Estuviste — dijo él —. Eso es todo lo que hiciste. Y es todo lo que necesitaba.

Sofía lo miró.

Y Andrés hizo algo que no había hecho nunca en público — se inclinó y la besó. Despacio. Sin importarle las calles del pueblo ni la gente que pudiera estar mirando.

Cuando se separaron, Valeria estaba parada frente a ellos con los brazos cruzados y una expresión de jueza.

—En la calle no — dijo.

—¿Por qué? — dijo Andrés.

—Porque me da vergüenza ajena.

—Tienes siete años — dijo Andrés —. No sabes lo que es la vergüenza ajena.

—Sí sé — dijo Valeria —. Es lo que siento ahora mismo.

Sofía soltó la risa. Andrés la miró con esa media sonrisa suya que era mejor que la risa completa de cualquier otro hombre.

—Vamos — dijo, y tomó la mano de Sofía.

Y los tres siguieron caminando — Valeria adelante, ellos dos detrás con las manos entrelazadas — por las calles doradas de Puerto Sereno mientras el sol se metía en el mar.

Fue esa noche, cuando Andrés la acompañó a casa de Doña Carmen y se despidieron en la puerta, que ocurrió.

Pasó Miguel por la acera del frente — con su guitarra al hombro y su sonrisa de siempre — y los saludó desde lejos.

—¡Buenas noches! — gritó —. ¡Andrés, mañana hay partido de bolas criollas, ¿vas?

—Voy — dijo Andrés.

—¿Y llevas a tu mujer?

Lo dijo con naturalidad. Como si fuera lo más obvio del mundo. Como si llevara tiempo siéndolo.

Sofía sintió que el corazón se le detuvo un segundo.

Esperó.

Andrés no lo corrigió.

La miró a ella — con esos ojos azules tranquilos y profundos — y luego miró a Miguel.

—Sí — dijo —. La llevo.

Miguel siguió caminando con su guitarra y su sonrisa, ajeno completamente al terremoto que acababa de causar con tres palabras.

Sofía miró a Andrés.

Andrés la miró a ella.

—¿Tu mujer? — dijo ella, en voz baja.

Él no respondió de inmediato. Le apartó el pelo de la cara — ese gesto que ya era completamente suyo — y la miró de frente.

—¿Te molesta? — preguntó.

Sofía sintió el calor de eso recorrerle todo el cuerpo de arriba a abajo.

—No — dijo. Y era la verdad más simple y más profunda que había dicho en mucho tiempo.

Andrés asintió.

Y se fue.

Sofía se quedó en la puerta de la casa de Doña Carmen con el corazón haciendo cosas que ya no intentaba controlar.

Subió a su cuarto. Abrió el cuaderno.

Escribió una sola línea:

Me llamó su mujer.Y no lo corrigió.Y el mundo entero cambió de tamaño.

Fin del Capítulo 14 ✨

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Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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