Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
NovelToon tiene autorización de yana_vern para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Capítulo 21
La fiebre había bajado un poco a la tarde, pero a la noche me volvió a subir. Empecé con frío, después me empezó a doler el cuerpo, y al rato ya estaba hecha un bollito debajo del acolchado, temblando otra vez.
No quería decir nada. Ya bastante me había visto mal.
Pero el frío era tan feo que se me escapó igual:
—Tengo frío…
Escuché ruido del lado del sofá. Mateo se levantó y prendió la lámpara.
—Camila.
No le contesté. Tenía los ojos cerrados y apenas me salía la voz.
Se acercó, me tocó la frente y chasqueó la lengua.
—Otra vez tenés fiebre.
—Ya sé…
—¿Cuándo tomaste la medicación?
—A las nueve.
Se quedó callado un segundo. Después lo escuché servirse agua.
—Todavía no podés tomar otra. Sentate.
Negué con la cabeza sin moverme.
—No quiero.
—No seas terca.
—Tengo frío, Mateo.
No me respondió enseguida. Pensé que iba a seguir insistiendo con el agua o que me iba a retar otra vez. Pero no. La cama se hundió a mi espalda y, antes de que pudiera girarme, sentí su brazo rodearme la cintura.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Qué hacés?
—Quedate quieta.
—Pero…
—Temblás como una loca.
Quise decirle que no hacía falta, que podía arreglármelas sola, que no se me acercara así. No dije nada. Tenía demasiado frío y él estaba demasiado caliente. En cuanto sentí el calor de su cuerpo, dejé de tiritar tan fuerte.
Sin darme cuenta me pegué un poco más. Mateo se quedó duro.
—No te aproveches.
Le habría contestado algo, pero apenas me daba la cabeza.
—Callate —murmuré.
No sé si se rió o si solo largó el aire por la nariz. Ya me daba igual. Me acomodé como pude. Su brazo seguía alrededor de mi cintura y su pecho me calentaba toda la espalda. No era cómodo admitirlo, pero me estaba haciendo bien.
Un rato después dejé de temblar. La respiración se me fue calmando. El dolor en el cuerpo seguía, pero ya no sentía que me iba a partir al medio.
Me estaba quedando dormida cuando me volvió ese recuerdo de la noche del hotel. Borroso, incómodo, incompleto. El olor de él, el calor de él, el peso de un cuerpo que entonces me había confundido y ahora me volvía a enredar la cabeza.
Me puse tensa.
Mateo lo notó enseguida.
—¿Qué pasa ahora?
—Nada.
—Entonces no te muevas tanto.
No le contesté. Cerré los ojos otra vez y me dejé estar. Esa noche no tuve ganas de discutir. Ni fuerzas.
Cuando me desperté, ya estaba clareando. Tardé unos segundos en entender por qué tenía la cara apoyada sobre algo tibio y firme.
Después me di cuenta.
Estaba encima de Mateo.
Me quedé helada. O lo habría hecho, si no siguiera medio cocinada por la fiebre. Él estaba dormido, con una mano apoyada en mi cintura y la otra doblada debajo de la almohada. Tenía la cara más tranquila que de costumbre. Menos dura.
Lo miré un segundo y enseguida me quise matar.
¿Qué hacía mirándolo así?
Empecé a apartarme despacio, con cuidado de no despertarlo. Ya casi me había soltado cuando, sin abrir los ojos, me agarró de nuevo y me atrajo contra él.
—No jodas —murmuró, dormido.
Me quedé rígida.
—Mateo…
Ni me respondió. Solo me acomodó como si yo fuera una almohada que se le había corrido. Intenté moverle la mano y, de repente, me dio una palmada seca en la cola.
—¡Mateo!
Ahí sí abrió los ojos.
Nos quedamos mirando un segundo. Yo, con la cara ardiéndome. Él, como si todavía no terminara de ubicarse.
Después me soltó.
—Te estabas moviendo.
—¿Y por eso me pegás?
—No te pegué.
—Ah, claro.
Me incorporé rápido.
—Sos un desubicado.
—Yo te saqué la fiebre.
—Yo no te pedí que me tocaras el culo.
Mateo se pasó una mano por la cara, ya despierto del todo.
—Camila, andá al baño antes de que empieces a decir cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? ¿Vos escuchás lo que decís?
—Sí. Y vos también deberías.
Lo odié en ese momento. De verdad. Me bajé de la cama como pude y me encerré en el baño.
Apoyé las manos en la bacha y me miré en el espejo. Tenía la cara colorada, los ojos cansados y el pelo hecho un desastre. Parecía que no había dormido nada, cuando en realidad había dormido mejor que en varios días.
Y eso me puso de peor humor.
Cuando salí, él ya no estaba. Mejor. No tenía ninguna gana de cruzármelo después de eso.
Me cambié despacio y bajé al comedor. La señora Marta ya estaba ahí.
—Qué bueno verla arriba, señora. Hoy tiene mejor cara.
—No sé si mejor cara, pero por lo menos no siento que me pasa un tren por encima.
La mujer se rio un poquito.
—Le preparé algo liviano.
Entré al comedor y lo vi, a Mateo sentado en la mesa, tomando café como si nada. Ni me miró. A mí, por una vez, eso me vino bárbaro.
Me senté en silencio. La señora Marta me dejó un cuenco delante. Apenas acerqué la cuchara, me llegó el olor y se me revolvió el estómago.
—No…
Me levanté de golpe y salí casi corriendo del comedor, tapándome la boca.
Apoyé una mano en la pared del pasillo y empecé con arcadas. La señora Marta vino enseguida atrás mío.
—Tranquila, señora, tranquila.
Me sostuvo del brazo mientras yo intentaba respirar por la boca. Me lloraban los ojos del esfuerzo.
—Nunca me pasó tan fuerte —dije cuando pude.
—Es normal. A veces empieza así de golpe.
Me alcanzó un vaso de agua. Tomé un sorbito nada más. Tenía la garganta hecha bolsa.
—¿Quiere volver al cuarto?
Negué con la cabeza.
—No. Ya se me va a pasar.
En realidad no sabía si se me estaba pasando o si solo me estaba aguantando por orgullo. Me quedé con la frente apoyada en la pared un rato más, respirando despacio. La arcada aflojaba y volvía, aflojaba y volvía. Un desastre.
La señora Marta me acarició el brazo.
—No se asuste por estas cosas, señora. El cuerpo cambia y a veces una no entiende nada.
Solté una risa sin ganas.
—Eso ya lo noté.
—Después se acostumbra.
—Ojalá.
—Lo importante es que coma algo, aunque sea poco.
Asentí. Sabía que tenía razón. Lo que menos me convenía era pasarme el día con el estómago vacío y la fiebre dando vueltas. Igual me daba bronca sentirme así de débil, como si de golpe mi propio cuerpo hubiera dejado de obedecerme.
Y me daba todavía más bronca que Mateo hubiera visto justo eso.
No porque me importara quedar mal delante de él.
O eso quería creer.
Simplemente no me gustaba que me viera vulnerable.
No él.
Me quedé un rato más en el pasillo hasta que sentí que no me iba a descomponer ahí mismo. Después volví al comedor. Entré mirando al piso, pero igual terminé levantando la vista.
Mateo seguía en la mesa.
Esta vez sí me estaba mirando.
No con cara de asco. No con esa expresión fría que me clavaba siempre cuando pensaba que yo estaba haciendo un numerito.
Parecía serio. Concentrado.
Como si estuviera entendiendo algo recién ahora.
La señora Marta me cambió el desayuno por unas tostadas secas. Me senté otra vez y mordí una despacio. Esta vez no me cayó mal.
Mateo dejó la taza sobre el plato.
—¿Te pasa siempre con los olores?
Levanté la vista. No esperaba que me hablara.
—No siempre.
—¿Hace cuánto estás así?
—Hace unos días.
Se quedó callado un momento.
—Decile a la señora Marta qué cosas no podés comer.
Lo miré sin entender.
—No hace falta.
—Sí hace.
—Mateo…
—No te estoy preguntando.
Ahí estaba otra vez su tono de siempre. Seco, mandón, insoportable. Pero ya no sonaba igual que antes. O capaz era yo la que lo estaba escuchando distinto.
La señora Marta seguía parada al lado mío, esperando.
—La cebolla de verdeo me da asco —murmuré.
—Con razón —dijo ella—. No se la doy más.
Mateo no dijo nada. Terminó el café y se levantó. Yo pensé que se iba a ir sin agregar una palabra, pero antes de salir del comedor se frenó.
—Si al mediodía seguís con fiebre, avisá.
Se fue enseguida después de decirlo.
Yo me quedé quieta con la tostada en la mano.
No era gran cosa. Ya lo sabía.
No era una declaración, ni una promesa, ni nada por el estilo.
Pero tampoco era lo mismo de antes.
Y eso me alcanzó para ponerme nerviosa.